Una vez encendido el diálogo, falta levantarle el volumen al Gabinete
Todos salieron contentos.
Parece increíble que un país tenga, como principal noticia, que su Gobierno haya recibido a la oposición, escuchándola por primera vez en más de seis años.
Así reflejan hoy los diarios del mundo el inicio del diálogo político en la Argentina. Y es eso: algo que debería ser normal, aquí es noticia. Lo es, porque antes de ayer lo común era la disputa, el enfrentamiento, el ensañamiento con el que piensa diferente, su exclusión de la agenda política.
Ayer, en la primera reunión, el Gobierno sentó primero a funcionarios de segunda línea y la oposición, a sus líderes parlamentarios, los que tienen a la oratoria y la negociación como el espíritu de su existencia política.
Protocolares y ansiosos como niños chicos con juguete nuevo, los radicales decidieron que el primero en hablar fuera Hipólito Solari Yrigoyen, el decano de los presentes y titular de la Convención Nacional de su partido.
Estaban extasiados: semanas atrás eran descalificados en todas las lenguas y ahora entraban a la Rosada invitados por la Presidenta. Lo vivieron como bonus track del triunfo electoral, aunque con la duda siempre presente en torno si servirá o no para algo, buscando y reclamando un paso más, todavía, hacia delante.
Una nueva etapa
En cualquier democracia de mediana o alta intensidad el poder no se secuestra, sino que se comparte.
No se trata, en esos casos, de actitudes de generosidad, sino de comprender el espíritu de una democracia plural en donde unos piensan de una manera y otros, de otra. Pero en las que, en definitiva, si bien se puja por ser el anfitrión del diálogo (para lo cual hay que luchar y ganar elecciones), todos tiran para adelante cuando de lo que se trata es de sacar sus países adelante.
Lo que está pasando es bueno y hace soñar con un funcionamiento del sistema político sin crispaciones.
Pero requiere de ajustes: cómo se pasará de lo dicho a los hechos y, centralmente, de la apertura de otros diálogos que permanecen congelados desde 2003, como los de la Presidenta con su Gabinete de ministros.
No hay, desde cuando Néstor Kirchner estaba al frente hasta ahora, que está atrás, reuniones de Gabinete nacional. No se puso en funcionamiento el ámbito natural del debate, discusión y puesta en común –para su mejor coordinación en la aplicación- de las políticas públicas.
Por eso fue una mala señal la ausencia del nuevo ministro de Economía en la reunión secreta que la Presidenta tuvo días atrás con empresarios y los líderes sindicales en la Casa Rosada.
Con el nuevo aire que dio la derrota electoral propia, más que el triunfo de los muchos que se anotaron como exitosos en las últimas elecciones, es posible, hay chances todavía, de que el diálogo no quede en un entretenimiento.