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Dime de qué dialogas y te diré qué quieres
¿Cuáles son las verdaderas intenciones de quien convoca al diálogo? Una jugada con buena fachada, pero con intenciones todavía ocultas. La oposición exige consensuar temas y el Gobierno prepara su ataque con una "reforma política" que, casualmente o no, deja fuera de juego a movimientos que ganaron la última elección, como los de Cobos, De Narváez, Solanas y Macri.
Todavía no empiezan a hablar y ya no se quieren escuchar. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner formuló una convocatoria al diálogo, luego de casi siete años de gobierno matrimonial monologuista.
No bien hizo el anuncio, todo el mundo salió a festejarlo. Pero con el correr de las horas, empezó a esbozarse el temario que regirá a los encuentros que tienen al Gobierno como anfitrión y al resto, como invitados.
“Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía”, pensaron a coro los desconfiados opositores que, para ser sinceros, tampoco tenían a mano una propuesta superadora y una agenda consensuada entre ellos, salvo un núcleo de reclamos básicos y más o menos estandarizados en el discurso.
Y no se equivocaron.
Con Aníbal Fernández a cargo del asunto, estrenando su rol de Jefe de Gabinete, está garantizada la omnipresencia de Néstor Kirchner. Nada quedará atado al azar.
Así, de lo primero que se habló fue de “reforma política”, algo a lo que nadie se opondría. Pero a poco de andar, se pudo desentrañar la posibilidad de que se trate de un subterfugio que busca consolidar las estructuras partidarias viejas. Por lo menos cuatro de quienes le ganaron a los K hace unos días lo hicieron sorteando ese tipo de organizaciones políticas: Julio Cobos, Mauricio Macri, Francisco de Narváez y Fernando “Pino” Solanas.
Buen golpe oficialista. La oposición no estaba preparada para recibirlo y está quedando groggy, rápidamente.
Barajando y dando de nuevo –atentos a los datos que van dejando en claro las verdaderas intenciones de la convocatoria- en las vísperas de la consumación del anunciado, esperado y necesario diálogo político, vale la pena preguntarse quién debe fijar la agenda. O por lo menos, en qué debe basarse.
Algunos puntos que pueden marcar un itinerario hacia la agenda son:
• La gente, al votar en contra del gobierno, ya dio las pautas de qué temas no quieren que sean tratados.
• De la misma manera, está claro que se castigó la ausencia de institucionalidad (al adelantar los comicios y llenar las listas de candidatos “testimoniales”.
• Las urnas le dijeron no a la prepotencia, al maniqueísmo, a la soberbia y a la degradación a ultranza de quien no comparte las mismas ideas.
Se pidió diálogo, está claro entonces. Pero no sobre los temas que uno sólo quiera llevar a la mesa: un buen diálogo político, en cualquier país del mundo, se construye colectivamente entre los participantes.
De tal modo, si la agenda ofrecida por el Poder Ejecutivo se basa en su propio salvoconducto electoral después de la derrota, será una circunstancia legítima, pero de baja estofa.
De la misma manera, si lo que la oposición busca es un escenario para gritar sus múltiples “no”, estará bastardeando una herramienta fundamental para el sostenimiento de una democracia de mayor intensidad.
En definitiva, lo que se espera del tan mentado diálogo es que hablen de lo que la sociedad necesita como “acuerdos básicos” para que el país no caiga en uno de sus clásicos abismos cíclicos.
Sin dudas, la economía y todo lo que la rodea es el tema central en discusión, ahora que no hay efervescencia electoral: la inclusión social, la exclusión que genera delito, la prestación de servicios públicos de calidad y a qué costos, entre muchos otros temas de los que ya habla la gente, en cualquier rincón del país, a diario.
Así, de lo primero que se habló fue de “reforma política”, algo a lo que nadie se opondría. Pero a poco de andar, se pudo desentrañar la posibilidad de que se trate de un subterfugio que busca consolidar las estructuras partidarias viejas. Por lo menos cuatro de quienes le ganaron a los K hace unos días lo hicieron sorteando ese tipo de organizaciones políticas: Julio Cobos, Mauricio Macri, Francisco de Narváez y Fernando “Pino” Solanas.
Buen golpe oficialista. La oposición no estaba preparada para recibirlo y está quedando groggy, rápidamente.
Barajando y dando de nuevo –atentos a los datos que van dejando en claro las verdaderas intenciones de la convocatoria- en las vísperas de la consumación del anunciado, esperado y necesario diálogo político, vale la pena preguntarse quién debe fijar la agenda. O por lo menos, en qué debe basarse.
Algunos puntos que pueden marcar un itinerario hacia la agenda son:
• La gente, al votar en contra del gobierno, ya dio las pautas de qué temas no quieren que sean tratados.
• De la misma manera, está claro que se castigó la ausencia de institucionalidad (al adelantar los comicios y llenar las listas de candidatos “testimoniales”.
• Las urnas le dijeron no a la prepotencia, al maniqueísmo, a la soberbia y a la degradación a ultranza de quien no comparte las mismas ideas.
Se pidió diálogo, está claro entonces. Pero no sobre los temas que uno sólo quiera llevar a la mesa: un buen diálogo político, en cualquier país del mundo, se construye colectivamente entre los participantes.
De tal modo, si la agenda ofrecida por el Poder Ejecutivo se basa en su propio salvoconducto electoral después de la derrota, será una circunstancia legítima, pero de baja estofa.
De la misma manera, si lo que la oposición busca es un escenario para gritar sus múltiples “no”, estará bastardeando una herramienta fundamental para el sostenimiento de una democracia de mayor intensidad.
En definitiva, lo que se espera del tan mentado diálogo es que hablen de lo que la sociedad necesita como “acuerdos básicos” para que el país no caiga en uno de sus clásicos abismos cíclicos.
Sin dudas, la economía y todo lo que la rodea es el tema central en discusión, ahora que no hay efervescencia electoral: la inclusión social, la exclusión que genera delito, la prestación de servicios públicos de calidad y a qué costos, entre muchos otros temas de los que ya habla la gente, en cualquier rincón del país, a diario.