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La involución argentina

La Argentina muestra síntomas de una afección que puede ser irreparable: la involución de la democracia. La campaña electoral se ve marcada por el fuerte tono autocrático de las autoridades y esto atenta contra la institucionalidad.

Cada vez más países asumen gobiernos democráticos y dejan para los libros de historia las formas absolutistas de gobierno. El mundo gira en torno a la búsqueda de nuevas formas de participación y la experimentación de esas prácticas genera polémica, agregándole más intensidad a la democracia.

Los partidos políticos en todo el globo pasaron –entre un siglo y otro- de ser la expresión electoral de pasiones colectivas, a transformarse en usinas de conocimiento, maquinarias de afrontamiento de los nuevos, diversos y complejos desafíos de la realidad.

Como casos paradigmáticos y cercanos, agreguemos a la lista cuestiones muy concretas que marcan el paso hacia delante.

Paraguay logró romper la hegemonía que durante 60 años tuvo un único partido, mientras que Brasil tiene a un ex obrero metalúrgico de presidente que no sólo sabe cuáles son las claves que favorecen el crecimiento de su propio país, sino que le da letra a las principales potencias.

En Chile, muy cerca de nuestra Mendoza, una mujer hija de una víctima de la dictadura superó el trauma, fue ministra de Defensa y ahora preside el país.

Citamos estos casos para que al volver sobre nuestros pasos y observar la realidad argentina, podamos reflexionar comparativamente sobre nuestra propia situación.

Estancados en el lamento, “somos la letra de un tango”, tal como describió la argentinidad la escritora Graciela Scheiness. Y desde ese abatatamiento político –que posee consenso social, hay que admitirlo- nos ha sucedido la involución institucional.

Veamos algunos indicadores de esto:

• En la Argentina los militares ya no provocan golpes de estado: los llevan adelante los políticos, convocando al caos cuando ven que les puede ir mal en las elecciones.

• Aquí, se cambia la fecha de las elecciones a gusto y placer de quien gobierna, dejando de lado cualquier posibilidad de que los sectores que piensan diferente se organicen.

• Mientras durante el primer gobierno democrático se creó un Consejo de Consolidación de la Democracia, integrado por referentes de la oposición, ahora la presidenta advierte que si pierde la elección, “la democracia está en riesgo”, disminuyendo la dimensión del sistema político al mundo del éxito o fracaso de sus pretensiones particulares.

• Fue una sana costumbre de la democracia, en sus comienzos, ofrecerle a la oposición la titularidad de los organismos de control; una práctica hoy desterrada.

Las democracias avanzadas consideran al opositor como parte del sistema, pero en la Argentina se ha llegado al extremo de demonizar a todo aquel que manifieste disidencias.

Esta última norma no escrita es un rosario habitual de rezo obligatorio en los despachos oficiales, pero no sólo para exorcizar a quien no profese las mismas ocurrencias que el jefe: son etiquetados como tales los propios que no estén de acuerdo, aunque más no sea en simples matices.

Las instituciones argentinas involucionan, a contramano de lo que pasa en el mundo y en los países vecinos cuyas democracias, en su momento, ayudamos a recuperar.

Hay un desafío para la ciudadanía argentina: decodificar lo que nos pasa a tiempo, para poder buscarle un remedio democrático que impida que, en esta época de epidemias, el nepotismo, la autocracia y el autoritarismo, infecten el cuerpo débil de la institucionalidad bombardeada, condenándola a ser una sombra de lo que fue.

En definitiva, detener el proceso de involución.