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De sogas en casa del ahorcado, el factor Duhalde y la ganancia del pescador Cobos


El octavo aniversario de la caída del gobierno de la Alianza pasó sin ruido. Los sucesos de diciembre de 2001 que empezaron con saqueos en supermercados de Guaymallén y Las Heras para extenderse luego como producto de un efecto viral a todo el país, y que terminaron con el helicóptero presidencial llevándose a Fernando de la Rúa de la presidencia, le venían como anillo al dedo al Gobierno nacional para reafirmar su liderazgo, cuestionar la represión de aquellos días y montarse sobre su propia estabilidad política.

Sin embargo, no fue así. “Qué raro”, malpensó un dirigente radical mendocino que estaba preparado para aguantar por octava vez el chubasco de los pecados de su partido.

Días atrás, la propia presidenta Cristina Fernández sufrió un episodio triste y preocupante en su helicóptero, cuando la amenazaron de muerte mediante un mensaje que se coló en la frecuencia radial de la nave.

Y en esta sumatoria antojadiza de hechos, deben sumarse algunos hechos inconexos per sé que deben ser analizados en conjunto para entender por qué los Kirchner prefirieron no hablar de sogas: “alquilan” –por voluntad popular- “la casa del ahorcado”.

Los hechos, son los siguientes:

- El rumor destituyente de que Cristina no terminará su gobierno, difundido a nivel mundial por el prestigioso semanario británico The Economist.

- La disconformidad de los intendentes del conurbano bonaerenses tras la derrota de junio, pero sobre todo, por la pretendida férrea construcción de los Kirchner en esa provincia.

- La “bomba de tiempo” de este mismo conurbano, cuya existencia no se cansa de mencionar –a su modo y con su parsimonia irritante- el gobernador Scioli.

- La reactivación de la interna policial bonaerense, “la mejor peor policía del mundo”, que se arroja cadáveres y hacen tambalear, con resonantes casos, la estabilidad del principal estado argentino.

Frente a este panorama, ¿se entiende ahora por qué el Gobierno prefirió no llevar agua para su molino con los tristes sucesos de diciembre de 2001?

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En aquellos años, se habló con fuerza de que, más allá de la espontánea necesidad de la gente por obtener alimentos estaba la muñeca política de encumbrados dirigentes del peronismo, intentando hacer caer al gobierno de la Alianza.

Se dieron nombres: el diario Los Andes informó, por aquellos días, de las sospechas de que detrás del desastre, además de una situación anárquica que regaba de nafta al país había un grupo de dirigentes con el fósforo en la mano.

Entre ellos, se llegó a mencionar a Carlos Ruckauf y su “Plan R”: que cayera el Gobierno y que resultara designado presidente. Pero en estos días el propio destituido, de la Rúa, cambió el eje. Pudo haber sido Ruckauf el promotor de algún plan, pero el ex presidente esta vez habló de la partenidad real del golpe: “Eduardo Duhalde”, dijo, y agregó que lo hizo “junto a algún radical enojado”.

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Tras las efímeras presidencias de Puertas, Camaño, Rodríguez Saá, el por entonces senador Duhalde vino a “ordenar las cosas”, asumiendo el cargo por el que había competido y perdido en las elecciones contra la Alianza: la presidencia de la Nación.

Ahora, tras inventar a Néstor Kirchner y luego desentenderse de su criatura, el bonaerense vuelve –un año y medio antes- a agitar las aguas de la política argentina, proponiéndose a sí mismo como precandidato a la primera magistratura, dispuesto, inclusive, a competir en las internas del PJ contra el propio Kirchner, su esposa o a quien le toque de ese grupo encarar la sucesión.

Al anuncio de Duhalde le siguió, este fin de semana, el de Carlos Menem. Pero no hay que engañarse: la candidatura del riojano es casi por deporte. La de Duhalde, no.

Así, la disidencia peronista se está viendo forzada a un realineamiento. Todos veían a Duhalde detrás de una trama política amplia que unía más por espanto que por amor, al antikirchnerismo. En ese grupo, más adentro o bien periféricamente, abrevaba una amplia prole duhaldista con nombres como Francisco de Narváez, Felipe Solá y hasta el independiente pero aliado Mauricio Macri. También, los hermanos Rodríguez Saá, el escritor Jorge Asís, el chubutense Mario Das Neves y el boca sucia Carlos Reutemann.

Todo el mundo sabe, además, que Cobos, indirectamente, venía hablando con Duhalde. Lo hacía a través de voceros, en una relación que jamás se cortó, hasta ahora, en que la situación se volvió confusa.

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Duhalde se impuso a sus “hijos” y entenados, en quienes, después de lo que le pasó con Kirchner, se niega a confiar.

Con ello, ha generado más dispersión que unión y ya se sospecha que no será fácil para el peronismo resolver su interna, tal como lo dispone la nueva ley que busca reforzar, precisamente, las estructuras partidarias mayoritarias. No será fácil, atento a que Duhalde no logró captar el apoyo tras de sí del arco antikirchnerista del PJ. Y esto puede ser un factor favorable a dos situaciones: una recreación de una amplia alianza con Néstor Kirchner al frente y una dispersión centrífuga de peronistas que ven en Julio Cobos a una figura capaz de captar el descontento.

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Con el río revuelto, ya muchos peronistas disidentes, como los mendocinos, aseguran que quien está con la caña de pescar en la mano y una tanza firme, es Cobos. Juran amor eterno por su figura y, aunque con dolor, confían en que encontrarán allí el refugio que no consiguen en su bienamado “movimiento”.