¿No hay una que nos venga bien? Del gatopardismo al gataflorismo
“Cambiar todo para que nada cambie”, podría ser la definición que la ciencia política le da a “gatopardismo”, esa palabra que resume en una paradoja el espíritu de la novela El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
Pero cuando hablamos de “gataflorismo”, los argentinos sabemos de que se trata: no hay una decisión que nos venga bien, sería más o menos la definición, para no entrar en detalles sobre el origen del término, una histérica Gata Flora.
Esa misma histeria es la que exhibimos ahora los argentinos frente a la imposición de una agenda política –legítima, interesante, desafiante- por parte del Gobierno nacional, nos guste o no; seamos sus partidarios u oponentes.
Y vale la generalización de “los argentinos” porque esta condición no es atribuible exclusivamente a la dirigencia opositora, ya que la misma sociedad –tal vez harta de manipulaciones y mentiras o creyendo que de lo que se trata no es más que del gatopardismo al que nos habíamos habituado- se ha vuelto intolerante y militantemente escéptica.
La democratización de los medios de comunicación fue una iniciativa del radicalismo hace un par de décadas y el proyecto de Ley de Medios se nutrió de las discusiones de los movimientos sociales, más cerca en el tiempo. Pero el radicalismo no representó ni a sus principios de la época alfonsinista ni se sumó a los sectores sociales que la impulsaron: se quedó en el “no”.
Una reforma política que permitiera una mayor democratización de los partidos políticos y su fortalecimiento, como expresión acabada de núcleos de coincidencias básicas en un país fue el motivo por el que muchos radicales y peronistas huyeron del seno de sus estructuras madres. Levantaron la bandera de la reforma política los bordonistas de Pais a quienes se les negó internas abiertas en épocas de Menem, los frepasistas que se rebelaron a sus partidos, los radicales de Carrió y los de López Murphy y tantos otros.
Pero hoy, cuando –por entretenerse mirándose en el espejo- le arrebatan esas banderas desde el Gobierno kirchneristas, dan vuelta la cara y muchos de ellos dicen el monosílabo que portan a flor de piel: “no”.
Ni hablar de la asignación universal por hijos, el último anuncio de la Presidenta: fue el eje de la creación del ARI el primer partido al que se fue Carrió, cuando sostenía ideas de centroizquierda, fue defendido por la Central de los Trabajadores Argentinos (la CTA) y, aun con matices, respaldado por sectores de la centroderecha.
Hoy, hasta Cáritas ha festejado el anuncio, con las reservas que la Iglesia tiene –por muchos otros motivos- para con el actual Gobierno. Pero desde la política, la respuesta es la misma: “no”.
¿Existe la posibilidad de que la oposición presente propuestas alternativas? ¿De que lea, acaso, antes de hablar, en qué consisten los proyectos oficiales y sepan cuestionar con puntualidad y sapiencia en dónde está el error, por qué no son buenas las ideas o en qué pueden aportar para que la Argentina cambie?
Es triste que un Gobierno avance con arrogancia y cierto autoritarismo, que comunique con prepotencia y hasta que se recluya en las viejas estructuras corruptas de un partido cuando nació –gatopardista- anunciando el nacimiento de la “nueva política”.
Pero es más triste y dramático aun que la oposición no se articule más que alrededor de sus propios intereses, o bien en defensa de otros que ni siquiera les son propios.
Eso ocurre cuando los partidos se transforman en maquinarias de marketing y en empresas de colocación de empleos para grupos selectos y no en representantes de ideas que, como tales, son permanentes y no cambiantes de acuerdo al sponsor que consigan.
Y sucede cuando los cargos legislativos son ocupados por políticos que representan a la política y no a la gente; que son sólo militantes y no cuadros –dirigentes preparados y, además, militantes, por supuesto- formados en los más diversos temas que requieren respuesta.
