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Maradona, síntesis de una Argentina de la desmesura

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No es muy diferente aquella Argentina del “que se vayan todos” a la del “me la chupan todos” de hoy: se trata de un territorio abarcado por el exceso, configurado por la exaltación, condicionado por la intolerancia.

Lo dicho por el director técnico de la selección nacional de fútbol Diego Maradona en Uruguay, al término de un partido en el que se logró clasificar para participar del Mundial de Sudáfrica en 2010, representa el fiel reflejo de un país que se niega a cambiar y que apuesta, cada vez que tiene oportunidad, a la confrontación, la descalificación del que piensa diferente y la crispación de las partes.

Con este panorama, no hagamos apuestas en torno a colegir como nuestro destino indudable el liderazgo que marcan –ya en el plano político y económico- naciones como nuestros vecinos Brasil y Chile: nos supera la desmesura.

Se llame Maradona o Kirchner, o se detente cualquier otra posición de poder (aunque más no sea por obra de una casualidad), lo que prima en esta rara raza argentina es la vocación de eliminar al que cuestiona, limitar a quien critica y denostar a quien no comulga con el fanatismo imperante.

Y tal vez en esta última oración radique el secreto no develado de esta impaciencia que destruye: el fanatismo es un subproducto de la pasión y, probablemente, un anticuerpo contra la razón.