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El mendocino ya entró en la historia

La gestualidad del vicepresidente trasmitió una emoción que traspasó las pantallas televisivas. Su decisión fue histórica y valiente. Ahora está en manos de Cristina evitar una crisis institucional. La Presidenta debería enojarse más con su marido que con Cobos.
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Julio Cobos se ganó esta madrugada un lugar en la historia. Con inocultable nerviosismo, con una gestualidad transparente que demostraba el peso que sentía sobre sus espaldas, sin especulación personal –aunque cae de maduro que puede convertirse en un serio candidato a presidente del post kirchnerismo—, rememorando su juventud, preguntándose públicamente porqué le tocaba a él como hubiera hecho en su lugar cualquier ser humano normal, el vicepresidente no votó en contra de la resolución 125 de Cristina Fernández, votó a favor de la racionalidad, a favor del consenso, a favor de la paz social, a favor de una nueva Argentina sin divisiones maniqueas.

Cuarenta minutos tardó Cobos en pronunciarse. Los cuarenta minutos más largos de los últimos tiempos. Sabía que después de hacer pública su decisión, se convertiría para 36 de sus pares en héroe y para los otros 36 en villano. El contraste de miradas entre Ernesto Sanz y Miguel Angel Pichetto dejaba clara la división de aguas. En lo único que se pusieron de acuerdo ambos en sus roles de líderes de la oposición y del oficialismo respectivamente, fue en rechazar el pedido antireglamentario de Cobos de un cuarto intermedio que le permitiera justamente salir del centro de la escena.

Pero no pudo y quizás esa incomodidad genuina, fue lo más impactante del momento. Cobos se pronunció con tanto cuidado que silenció a los mismos que horas antes le pedían que renunciara si llegaba a osar hacer lo que finalmente hizo, asestarle un golpe letal a la hegemonía política del kirchnerismo.

La jornada fue histórica. No sólo por el rol protagónico de Cobos, sino porque la clase política en general y el Congreso en particular se empezó a reconciliar con la sociedad. Diputados y Senadores volvieron a existir en los hechos, a tener razón de ser para el común de la gente.

En el Senado hubo asistencia perfecta. Hasta Carlos Menem tuvo su momento de gloria cuando habló por primera vez desde que asumió su banca (estaba con neumonía y se ausentó en varios lapsos del día pero volvió para el momento cumbre de la votación) y fue aplaudido por la multitud de ruralistas que seguía desde Palermo los pormenores de la votación por pantalla gigante. Una postal política imposible de imaginar unos meses antes.

Ahora la pelota vuelve a la Casa Rosada.  Básicamente porque el proyecto se cayó en el Congreso y porque el gobierno deberá en el mejor de los casos enviar otro proyecto distinto y obviamente más consensuado.

Pero más allá del trámite administrativo, el kirchnerismo debería estar ya mismo poniendo barbas en remojo, si es que se puede reponer rápido de este primer nock out político. Porque al gobierno en el senado no le alcanzó –a pesar de la Banelco-- ni con el voto de Ramón Saadi.  No le alcanzó porque la votación en realidad se había perdido 30 horas antes.

La mayor diferencia entre el paso de la resolución 125 por la  Cámara de Diputados y la del Senado fue justamente que las entidades del campo entendieron que no podían abandonar el lugar desde donde iniciaron, instalaron y finalmente ganaron la pulseada: la calle.  En esto no debería equivocarse ni el gobierno, ni la oposición ni el propio Cobos: los que le ganaron la pulseada a Néstor Kirchner fueron los manifestantes callejeros, las más de doscientas mil personas que sin el aparato oficial se movilizaron el martes para apoyar al campo.

Ahora Cristina deberá reaccionar rápido. En principio para derogar la resolución 125 y después para ver si se anima a convocar a las entidades rurales a conversar y consensuar un nuevo proyecto. Pero además para ver cómo reaccionará con su compañero de fórmula.

Si los K vuelven a equivocarse y siguen forzando la situación pidiendo la renuncia de Cobos, por ejemplo, la crisis institucional ahí sí se habrá instalado nuevamente en la Argentina. No porque el vicepresidente haya votado en contra de la Presidenta. Sino porque será intolerable para la sociedad semejante apriete político.

Pero es difícil adivinar la reacción del matrimonio presidencial. Básicamente porque no hay antecedentes. Hasta ahora Néstor y Cristina nunca tuvieron que hacerse cargo de una derrota. Y perder dignamente no es para cualquiera. A simple vista y sólo por reiterar lo que nos tiene acostumbrados el oficialismo, no sería extraño volver a escuchar que algún vocero del elenco gubernamental califique de traidor al vicepresidente.

Desde ya que sería un error fatal. Pero hay que esperar. Ahora lo único que está claro es que en lo inmediato las retenciones móviles por las que el campo luchó durante 128 días quedarán en el olvido.

El campo ya está festejando pero lo mejor es que seguramente se pondrá rápidamente a trabajar. Y la economía y las finanzas del país, desde ya, que lo necesitan.