Peronismo: una dolorosa derrota callejera
La baja de presión que sufrió Néstor Kirchner, que le impedirá seguir la sesión del Senado en el Congreso, además de las explicaciones médicas del caso, es el correlato de una situación creada por el mismo ex presidente para hacer una ostentación de poder y que, sin embargo, se convirtió en un golpe aleccionador que no esperaba.
Si bien no existen cifras oficiales sobre la cantidad de gente que asistió a una y otra marcha, las imágenes difundidas por la televisión evidenciaron el poder de convocatoria que tuvieron las entidades agropecuarias. Tal vez sin imaginárselo, lograron doblegar al aparato político y social más poderoso de la Argentina. En Palermo hubo más personas que en la Plaza de los Dos Congresos. Y es un dato que, políticamente, asusta a cualquiera.
El enigma es saber si todos los que fueron al Monumento a los Españoles son fieles seguidores de De Angeli, Buzzi, Miguens, Llambías y compañía. Una de las posibilidades es que muchos hayan decidido apoyar esa marcha para responder al planteo desafiante hecho por Néstor Kirchner, cuando decidió llevar la disputa entre el campo y la Casa Rosada “a la calle”, el terreno en el que, hasta hoy, el peronismo mandaba.
Se puede tomar como un cacerolazo sin cacerolas. Como sea, es una señal de protesta que el gobierno tendrá que advertir, más allá del resultado de la votación de hoy en el Senado. Y la respuesta de Cristina Fernández y de su gabinete deber ser inmediata: saber que, aprobado o no, la polémica iniciada por el proyecto de retenciones móviles trascenderá el Congreso como alguna vez escapó de la órbita del Ministerio de Economía.
Aún si hoy gana, el gobierno no está en condiciones de festejar. Lejos de eso, necesita mostrar cintura política para trazar un plan que apunte al día después. Para eso, Cristina tiene que olvidar las disputas personales y encaramarse en rol de estadista que el pueblo necesita y reclama.
La votación de los senadores no está garantizada. Con un final tan abierto, la incertidumbre por no saber cómo seguirá la historia se acrecienta.
Si para algo sirvió el error de llamar a una marcha el mismo día y a la misma hora que los sectores agropecuarios, es para entender que existe la necesidad de reflejar mayor madurez política. Dejar de lado las demostraciones de poder que, a veces, se vuelven en contra.
Más allá de quién gane, el conflicto quedará sin resolver y la situación económica de recesión más inflación debilitará más a un gobierno que todavía no cumple el primer año de mandato.
Aunque gane en el Senado, ya perdió en la opinión pública, y en un hecho inédito que no se producía desde el auge del alfonsinismo en las elecciones de 1983, perdió también en la calle.
Afortunadamente, la Argentina de hoy no es aquella inmadura, dolorida y golpeada de 1983. A la presidenta le sobra poder y consenso para desarrollar un plan agropecuario nacional en serio. Un plan que, aprovechando las ventajas inusitadas que brinda el mundo, genere la prosperidad necesaria para que la distribución de la riqueza sea un hecho concreto.
Si bien no existen cifras oficiales sobre la cantidad de gente que asistió a una y otra marcha, las imágenes difundidas por la televisión evidenciaron el poder de convocatoria que tuvieron las entidades agropecuarias. Tal vez sin imaginárselo, lograron doblegar al aparato político y social más poderoso de la Argentina. En Palermo hubo más personas que en la Plaza de los Dos Congresos. Y es un dato que, políticamente, asusta a cualquiera.
El enigma es saber si todos los que fueron al Monumento a los Españoles son fieles seguidores de De Angeli, Buzzi, Miguens, Llambías y compañía. Una de las posibilidades es que muchos hayan decidido apoyar esa marcha para responder al planteo desafiante hecho por Néstor Kirchner, cuando decidió llevar la disputa entre el campo y la Casa Rosada “a la calle”, el terreno en el que, hasta hoy, el peronismo mandaba.
Se puede tomar como un cacerolazo sin cacerolas. Como sea, es una señal de protesta que el gobierno tendrá que advertir, más allá del resultado de la votación de hoy en el Senado. Y la respuesta de Cristina Fernández y de su gabinete deber ser inmediata: saber que, aprobado o no, la polémica iniciada por el proyecto de retenciones móviles trascenderá el Congreso como alguna vez escapó de la órbita del Ministerio de Economía.
Aún si hoy gana, el gobierno no está en condiciones de festejar. Lejos de eso, necesita mostrar cintura política para trazar un plan que apunte al día después. Para eso, Cristina tiene que olvidar las disputas personales y encaramarse en rol de estadista que el pueblo necesita y reclama.
La votación de los senadores no está garantizada. Con un final tan abierto, la incertidumbre por no saber cómo seguirá la historia se acrecienta.
Si para algo sirvió el error de llamar a una marcha el mismo día y a la misma hora que los sectores agropecuarios, es para entender que existe la necesidad de reflejar mayor madurez política. Dejar de lado las demostraciones de poder que, a veces, se vuelven en contra.
Más allá de quién gane, el conflicto quedará sin resolver y la situación económica de recesión más inflación debilitará más a un gobierno que todavía no cumple el primer año de mandato.
Aunque gane en el Senado, ya perdió en la opinión pública, y en un hecho inédito que no se producía desde el auge del alfonsinismo en las elecciones de 1983, perdió también en la calle.
Afortunadamente, la Argentina de hoy no es aquella inmadura, dolorida y golpeada de 1983. A la presidenta le sobra poder y consenso para desarrollar un plan agropecuario nacional en serio. Un plan que, aprovechando las ventajas inusitadas que brinda el mundo, genere la prosperidad necesaria para que la distribución de la riqueza sea un hecho concreto.
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