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¿A qué juega Cobos?

Julio Cobos tuvo la semana y media más trascendente de su carrera política. Dejó de ser un personaje ninguneado en la escena política nacional para convertirse en la cara de la alternativa para el diálogo en el ya aburrido conflicto entre el gobierno nacional y los sectores agropecuarios. Ese ascenso vertiginoso, sin escalas ni anuncios previos, también se convirtió, aparentemente, en su karma. Y por estas horas está recibiendo los latigazos de un enfurecido poder kirchnerista que busca obligar al vicepresidente a regresar al ostracismo y no dejarlo salir de ese lugar, al menos, hasta diciembre de 2011.

Todo indica que Cobos hizo su apuesta fuerte. Intentó repetir la historia que lo catapultó y le permitió proyección nacional: cortarse solo, hacer su juego, buscar tropa propia y mostrar cierta autonomía en relación con el statu quo del momento. Lo hizo cuando partió el radicalismo mendocino y relegó a un segundo plano a su mentor, Roberto Iglesias. Y al parecer, pretendió hacerlo también con Néstor Kirchner, en la puja menos pensada para saber cuál de los dos influye más en el concepto de “concertación”.

Sin embargo, los momentos y los contextos son diferentes. Como gobernador, Cobos podía mostrar aspiraciones políticas más allá del Arco de Desaguadero. Como vicepresidente, el objetivo cambia, porque los objetivos se reducen a una sola opción. ¿Qué hay más allá de la vicepresidencia? La presidencia. A partir de este cuadro, el comportamiento de los últimos días sólo puede responder a tres premisas: quiere sentarse en el sillón de Rivadavia (en el futuro); apela al instinto de supervivencia de un hombre transparente que alimenta el mito de ser el yerno que toda suegra mendocina quiere tener, o, sencillamente, ejecuta letra por letra un plan trazado por el gobierno para que el titular del Senado actúe como si estuviera enfrentado al eje central.

En términos futbolísticos, Cobos representa al equipo chico del interior que llegó a jugar en Primera. Consiguió ganar espacio en las tapas de los diarios luego de jugar de igual a igual contra los grandes, y de visitante. Pero si no encuentra el equilibrio necesario en el corto plazo estará condenado a pelear el descenso; especialmente, porque no cuenta con jugadores que, por sus características, sean capaces de bancar la presión del juego.

En ese panorama, el principal aliado político en estas horas parece ser Hermes Binner. De los tres gobernadores que aceptaron la invitación del vicepresidente, el de Santa Fe es el que más complica al kirchnerismo, porque su raíz socialista lo hace inmune a cualquier tipo de crítica proveniente de un gobierno que se jacta de popular, democrático y preocupado por la redistribución de las riquezas.

Cobos nunca fue un militante extremo. Sus movimientos políticos fueron consecuencia de su intuición acerca de por dónde podía ir la cosa. Mal no le fue. Aunque esta vez no tiene el camino allanado. Son más las personas que quieren verlo agachar la cabeza y pedir perdón que quienes lo ven con el perfil del político cercano a la gente que puede convertirse en una promesa electoral a gran escala.

El sentido común que aplicó para llamar al diálogo y al debate legislativo para poner un punto y coma al conflicto le dio réditos sólo por un rato. Ese tiempo, por breve que resultara, le hizo inflar el pecho y sentirse invencible, del lado del clamor popular, el salvador... hasta que desde la Casa Rosada le dejaron claro que, o bajaba lo decibeles y olvidaba sus ínfulas de grandeza o se verían obligados a poner en marcha todo el aparato para desestabilizarlo y hacerle entender por la fuerza que, para el Ejecutivo, su nombre es prescindible.

La última hipótesis, por descabellada, no deja de tener cierta lógica, y tal vez Cobos sea un camaleón político que sabe cómo, dónde y cuándo entrar en acción de acuerdo con las necesidades que se plantean. Quizá las peleas no existen, quizá todo sea parte de una estrategia diagramada para mostrar que alguien del gobierno estaba en condiciones de calmar las aguas o quizá todo sea parte de una simulación para encontrar una salida con el menor costo político posible y seducir a la clase media desencantada. Quizá –siempre quizá- nada de esto sea cierto.