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Los vaivenes de un peronista orgánico, pintoresco y muy polémico
Carlos Ciurca tocó esta noche la cima de su carrera política cuando Celso Jaque lo designó como ministro de Seguridad. Pero en su historia hubo sinsabores: tuvo que afrontar denuncias que mellaron su imagen. Pequeña historia de un lasherino auténtico que nunca le hizo asco al bombo peronista.
Muy polémico, a veces pintoresco, intuitivo, dueño de vínculos valiosos en el universo K y siempre orgánico dentro del PJ. Estas son las características de Carlos Ciurca, quien esta noche tocó la cima de su carrera política, cuando inesperadamente el gobernador Celso Jaque lo designó ministro de Seguridad.
De entrada fue un personaje fácilmente identificable para la prensa. El día de su asunción, en 2002, apareció en los diarios tocando el bombo con los militantes peronistas de Las Heras en la peatonal Sarmiento. Así festejó “Carlitos”. Llegó a una banca de Diputados cargando toda la liturgia peronista. Se mostró en carne viva. Y recibió críticas por eso.
Pero los vientos cambiaron para Ciurca cuando el entonces presidente Néstor Kirchner hizo sus primeras visitas a Mendoza. En una tierra que siempre fue hostil para los Kirchner, el lasherino contaba con el privilegio de ser uno de los pocos que tenía buena sintonía con el jefe de la Casa Rosada. La relación se originaba en que un hermano de Ciurca fue funcionario de los K en Santa Cruz. Los gestos y abrazos del presidente en Mendoza lo transformaron en un bendecido.
Sin embargo, poco después, el justicialista mordería el polvo en un escándalo que lo hizo retroceder muchísimos casilleros. Fue en 2004, cuando estalló en la Legislatura provincial un escándalo por el supuesto pago de coimas para aprobar una ley de transporte. La norma era vital para Julio Cobos, quien perseguía el objetivo de adquirir 150 colectivos para modernizar la viejísima flota de micros.
Hubo quienes señalaron a Ciurca como uno de los protagonistas de la polémica, que enlodaba, entre otros, al entonces ministro de Gobierno de Cobos, Alfredo Cornejo. Hasta hoy hay quienes lo vinculan al reparto de dinero non santo entre “compañeros” diputados. Pero la Justicia provincial nunca pudo corroborar estas denuncias.
Era lógico que, luego de tanta exposición negativa, sobreviniera un periodo de ostracismo. Pero Ciurca supo “comerse” esa época en silencio. Trabajando hacia adentro de la política, sin dejar que trascendiera la furia o el odio a sus detractores.
Erosionado y todo, Ciurca nunca dilapidó su capital político en el PJ. Siempre fue una pieza vital para dar batallas políticas en el seno del partido de Perón. Jamás perdió sintonía con las bases lasherinas. Una anécdota lo pinta de cuerpo entero: dicen que solía ser el encargado de armar los sanguches de milanesa para la gente que trabajaban en la interna. Y era impecable en ese aspecto.
Incansable, podía dar cuenta de, al menos, una brillante victoria: la que depositó a Guillermo Amstutz como candidato a gobernador del PJ en 2003, cuando todos apostaban porque llegara a ese lugar Jorge Pardal.
Así, con denuncias a cuestas y todo, consiguió la reelección como diputado provincial en 2005. Poco después Ciurca dio un golpe de timón que fue trascendental para su carrera política: cuando arrancó la pelea entre Amstutz y el nuevo intendente de Las Heras, Rubén Miranda, tomó partido por el segundo. O sea, por el ganador.
La suerte había vuelto a cambiar para este ex suboficial del Ejército, con título de psicólogo social y una vida entera dedicada a la política de base. Desde entonces, tuvo la buena estrella de seguir a un caudillo extremadamente influyente en el peronismo de la era jaquista.
Por otro lado, nunca hubo dudas respecto de su lealtad plena con el kirchnerismo y la causa de los derechos humanos. Ni aquí en Mendoza, ni en Buenos Aires. Y estuvo subido a la ola cuando, desde la Nación, cayó un bombardeo letal por la alianza del gobernador con Juan Carlos Aguinaga, el subsecretario Carlos Rico y la plana mayor del Partido Demócrata.
Hoy, cuando la varita de la suerte lo tocó definitivamente, “Carlitos” fue auténtico. Llamó por teléfono a los justicialistas de la Legislatura, para anunciarles que lo habían nombrado ministro de Seguridad y para demostrarles que el apoyo de ellos era muy importante para el desafío que iba a afrontar. Fuesen figuras relevantes o no en el escenario interno del PJ, Ciurca no se olvidó de sus "compañeros". Fue, una vez más, orgánico dentro del PJ. No se le subieron los humos.
Su breve paso por la comisión Bicameral de Seguridad le dio el antecedente mínimo y necesario para que Jaque le pudiera dar el control de la Policía. Aunque para estar donde está hoy, lo ayudó más su presencia en los comités y el no hacerle asco al bombo justicialista, ese que retumba y hoy parece volver para controlar a pleno los destinos de la provincia.
Era lógico que, luego de tanta exposición negativa, sobreviniera un periodo de ostracismo. Pero Ciurca supo “comerse” esa época en silencio. Trabajando hacia adentro de la política, sin dejar que trascendiera la furia o el odio a sus detractores.
Erosionado y todo, Ciurca nunca dilapidó su capital político en el PJ. Siempre fue una pieza vital para dar batallas políticas en el seno del partido de Perón. Jamás perdió sintonía con las bases lasherinas. Una anécdota lo pinta de cuerpo entero: dicen que solía ser el encargado de armar los sanguches de milanesa para la gente que trabajaban en la interna. Y era impecable en ese aspecto.
Incansable, podía dar cuenta de, al menos, una brillante victoria: la que depositó a Guillermo Amstutz como candidato a gobernador del PJ en 2003, cuando todos apostaban porque llegara a ese lugar Jorge Pardal.
Así, con denuncias a cuestas y todo, consiguió la reelección como diputado provincial en 2005. Poco después Ciurca dio un golpe de timón que fue trascendental para su carrera política: cuando arrancó la pelea entre Amstutz y el nuevo intendente de Las Heras, Rubén Miranda, tomó partido por el segundo. O sea, por el ganador.
La suerte había vuelto a cambiar para este ex suboficial del Ejército, con título de psicólogo social y una vida entera dedicada a la política de base. Desde entonces, tuvo la buena estrella de seguir a un caudillo extremadamente influyente en el peronismo de la era jaquista.
Por otro lado, nunca hubo dudas respecto de su lealtad plena con el kirchnerismo y la causa de los derechos humanos. Ni aquí en Mendoza, ni en Buenos Aires. Y estuvo subido a la ola cuando, desde la Nación, cayó un bombardeo letal por la alianza del gobernador con Juan Carlos Aguinaga, el subsecretario Carlos Rico y la plana mayor del Partido Demócrata.
Hoy, cuando la varita de la suerte lo tocó definitivamente, “Carlitos” fue auténtico. Llamó por teléfono a los justicialistas de la Legislatura, para anunciarles que lo habían nombrado ministro de Seguridad y para demostrarles que el apoyo de ellos era muy importante para el desafío que iba a afrontar. Fuesen figuras relevantes o no en el escenario interno del PJ, Ciurca no se olvidó de sus "compañeros". Fue, una vez más, orgánico dentro del PJ. No se le subieron los humos.
Su breve paso por la comisión Bicameral de Seguridad le dio el antecedente mínimo y necesario para que Jaque le pudiera dar el control de la Policía. Aunque para estar donde está hoy, lo ayudó más su presencia en los comités y el no hacerle asco al bombo justicialista, ese que retumba y hoy parece volver para controlar a pleno los destinos de la provincia.