Este es el único punto sin grieta en el pensamiento argentino

La culpa (siempre) es del otro. Necesitamos alguien que nos diga todo, nos controle, nos sancione. "Insultame que me gusta".

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Gabriel Conte

Si alguien tiene la culpa, ese es “el otro”.

Nadie es responsable de algo que podría haber estado controlado por el Estado y no lo estuvo.

“Yo no controlo mis actos si no me tutela alguien más, con poder, fuerza y amenazas punitivas”.

Esas tres afirmaciones constituyen el eje de un concepto sobre el cual, a simple análisis, parece girar un “pensamiento argentino” sobre los hechos y las cosas.

Esta conclusión no es científica: surge de presenciar discusiones en torno a cuestiones de la vida cotidiana entre personas que en lo político partidario se identifican en diferentes lados de “la grieta”.

Uno de esos asuntos de debate, diálogo y discusión que termina generalmente en acuerdo entre personas que habitualmente actúan con encono entre sí ante otros asuntos, es el de los accidentes o incidentes de tránsito. Allí la coincidencia pasa porque alguien más debe obligarnos a no emborracharnos, a conducir a velocidades y de manera segura, controlar que no conduzcamos bajo los efectos de la ebriedad, y que decida qué normas y cuáles sanciones por su incumplimiento nos van a permitir vivir un poco más.

Ni siquiera somos capaces de manejar nuestro propio destino: de lo entregamos al Estado.

Por supuesto que, a la hora de coincidir, con una sonrisa socarrona, de costado, antes del abrazo con beso, es saber cómo, cuándo, dónde, en qué horas y de qué maneras evadir las disposiciones que determina la normativa que exigimos que el Estado ponga ante nuestra falta de personalidad o incapacidad de ser por nosotros mismos.

La grieta vuelve cuando se discute si se quiere más o menos Estado en cuestiones que afecten el confort personal. Nadie se admite “comunista”, aunque quiera que la culpa de todo lo mal que le pueda pasar en su vida sea solamente del Estado. Además, ningún protagonista de la economía es enteramente liberal cuando exige que para que tenga éxito su “libertad de mercado”, el Estado acote a los otros y le otorgue zonas liberadas para ejercer sin competencia su tarea lucrativa.

¿Por qué abonamos este núcleo de creencias básicas que nos excluyen del autocontrol personal y delega nuestro éxito y/o fracaso en un “papá” gigante, que aveces es bueno y otras muy malo, pero que freudianamente al final, queremos matar?

Es probable que haya existido un período de nuestra historia en que la educación fue dominada por un concepto que nos concibió desde la mismísima enseñanza básica como dependientes de un liderazgo paternalista y nos secuestró la consciencia, como rehén de un sistema político, económico y social que se nutre de nuestras responsabilidades delegadas y nos deja como espectadores más que como protagonistas. O no.

Pero, ¿a quiénes demandarles una reflexión en torno a esto si nadie se cree responsable de lo que les pasa individual o colectivamente, si no es con la participación esencial de un tercero como gran tutor de todo?

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