Presenta:

Opinión

|

Argentina

Chimentos para todos

Los mendocinos nos jactamos de serios y poco habladores, pero lo cierto es que amamos el chusmerío como cualquier hijo de vecino. A propósito del "rumor sobre Cobos", una reflexión sobre la pasión por sacar el cuero.
313536.jpg

"Las palabras del chismoso son como bocados suaves,

y penetran hasta la entraña.

Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada".

Libro de los Proverbios. Antiguo Testamento. La Biblia.

A propósito de la "noticia" sobre Julio Cobos, originada ayer por un rumor tuitero y finalmente por una nota en un diario digital que se viralizó y por la cual el Senador mendocino decidió emitir un comunicado, me puse a pensar sobre el poder que tiene un chisme, y la atracción que nos genera tan solo escuchar esa palabra.

El ser humano, a lo largo de la historia, es cambio y evolución.

Los prehistóricos solo necesitaban agua, carne y alguna que otra hierba para comer. En la edad antigua, los griegos, romanos y las primeras civilizaciones agregaron la filosofía, la arquitectura, la escultura, el teatro y las olimpíadas. Desde oriente se propagaron las principales religiones y en el medioevo y la edad moderna se perfeccionaron las ciudades, las guerras, el arte, las máquinas.

Los contemporáneos nos encantamos ahora con el cine, internet, el celular, las redes sociales. Parece que nada tenemos que ver con aquellos habitantes del pasado.

Pero hay una actividad, una costumbre que no cambió: despierta máximo interés en todos (sí, en todos) y fue y es responsable de despechos, rupturas, traiciones, amores, guerras y reconciliaciones.

Porque, como un sortilegio, su pronunciamiento -generalmente susurrante, por lo bajo, en potencial- expone de una manera brutal: hace que muchos necios o embobados abran los ojos y descubran sus supuestos cuernos, que de golpe mujeres cándidas y virtuosas se transformen en descocadas y lascivas sexópatas, que prósperos empresarios o políticos sean en teoría viles ladrones o estafadores, que muchos caballeros valientes se conviertan en pusilánimes o que muchos que se ocultan dentro del clóset sean descubiertos. Todo simplemente con la magia de la palabra, por una oración dicha en voz baja. No importa si lo dicho es verdad o mentira. La ponzoña está depositada.

Esa tendencia imposible de resistir, ese delicioso aguijón verbal que acompaña al hombre desde los tiempos de las cavernas hasta la era de Jorge Rial y Viviana Canosa es la murmuración, el chimento, el cotilleo --dirían los españoles-.

"¡No se imaginan lo que tengo para contar!", "¡Tengo una bomba!", "¿Saben la última?"... Alguna frase como esas precede a la noticia que se transforma siempre en la más importante del día en la oficina, en la escuela, en las redacciones. Y, obviamente, todos suspenden lo que estaban haciendo y atienden expectantes alrededor del parlante.

"¡Ay! ¡No sé si decirlo!", hace como que se arrepiente. Se sabe que el protagonismo es como una droga y nunca es suficiente. "¡Dale, contá, contá!". "Ya tiraste la piedra, ahora lo decís". "No te hagas el interesante"; son las probables respuestas de los sedientos y entusiasmados receptores.

¿Los clasificamos?

Hace tiempo escuché a alguien decir que los chismes se pueden etiquetar con colores. Los hay blancos -inofensivos, verdes -de viej@s que andan con pendej@s, rojos -hot medio porno, negros -mortuorios o con malas noticias.

Hay chimentos calientes, y fríos. Y están hasta los desactualizados, -esos en los que el transportador de la primicia descubre que todos lo sabían menos él. Pero todos, en diferente grado, tienen una cuota de sadismo, de malevolencia, de picor.

Un experimento

Para probar que los mendocinos somos cholulos, que nos encanta saber de la vida ajena, y que sin distinción de sexo, clase social o edad somos amantes del chisme, aproveché Twitter y lancé dos o tres enigmáticos: uno dirigido a amigos, y otros sobre mi mundo del trabajo --el periodístico-.

Por supuesto, el contenido de ellos era la carnada perfecta: una pizca de comportamiento hot, enmarcado en una situación sexual/marital/engañosa, un cambio de preferencia sexual, una probable mudanza de "rutilante figura política mendocina" de un partido a otro, un candoroso romance juvenil.


Las reacciones no se hicieron esperar. Unos minutos después del exabrupto tuitero, tenía once mensajes directos --son aquellos que solo pueden ser leídos por mí- de periodistas, políticos y empresarios pidiéndome por favor que les cuente los nombres.

Tres llamadas telefónicas perdidas al celular, tres mensajes en Facebook y dos correos electrónicos engrosaban la lista de ansiosos por conseguir más información.

"No hay que ser careta: todos nos llenamos la boca diciendo que el chimento es algo malo y en mayor o menor medida, a todos nos gustan", dice una amiga a la que acabo de contar mi travesura. A los mendocinos, como al resto del mundo, nos gusta estar al tanto de todo. ¿Por qué las secciones de Sociales tienen tanto éxito en los diarios? ¿Por qué tenemos en la provincia un programa de TV en el que hace más de diez años se muestran los eventos y fiestas de la provincia? Hay algo de voyeur en ello, pero lo cierto es que mirando, enterándonos, nos sentimos aunque sea en una porción mínima, parte de ello.

En síntesis

Chusmear es un arma de doble filo.

Convengamos que es verdaderamente genial: quien tiene el dato se vuelve protagonista absoluto, es requerido, buscado, oído... recibe atención, interés, ruegos... juega un poquito al "señor importante" y siente hasta algo de omnipotencia porque puede complicar la vida o la reputación de otro.

Es parte de la vida diaria, todos lo hacemos, lo hemos hecho y lo haremos.

Para algunos, el chusmerío es inmaduro, pero divertido.

Calificado de detestable, destructivo y peligroso por los más inflexibles, la verdad es que para la mayoría es interesante, recreativo, chistoso, atractivo, cautivante, apasionante.

Hasta dicen que el chisme es saludable. Hay estudios científicos (en Estados Unidos, ¿en dónde más?) que aseguran que chusmear disminuye el stress y la ansiedad.

"Nosotros no chusmeamos. Hacemos terapia de grupo", dicen mis amigas cuando se reúne el aquelarre.

Pero la otra faceta del chusmerío es más complicada, y tiene que ver con el precio que uno está dispuesto a pagar al transformarse en un "tirabombas". Eso pasa cuando se le va la mano, y de chisme con gracia pasa a ser hiriente, dañino o, peor, falaz. En casi todos los casos, esto no pasa "sin querer": la intención de joder al otro está clara... y entonces, como decía mi abuela... "si te gusta el durazno, bancate la pelusa". Te van a catalogar. Te van a apartar. Te vas a joder vos.

Si a cualquier mendocino le preguntás qué opina de tal o cual periodista de espectáculos, seguro que lo manda al muere. Pero a los programas, los ve.

¿Por qué nos gusta chusmear?

Porque envidiamos.

Porque nos molestan los triunfos de los otros que nos señalan todo lo que nos falta. El chimento entonces nos sirve como una suerte de venganza, una represalia, una posibilidad de castigar al que envidiamos y hacerlo víctima gracias a nuestros labios viperinos.

En ciertos casos, hablar sobre los trapitos sucios de quien admiramos o envidiamos nos hace más llevadero el saber lo que no podemos hacer o lo que no somos y vuelve más digerible nuestra envidia.

En definitiva, gracias a una sesión de cotorreo en la que nos enteramos que a Pipo la mujer le pone los cuernos, a Pupi le robaron el otro día, a Pepe lo echaron del laburo o a Pipa la plantó el novio -¡y por un tipo!-, podemos decir a modo de cierre algo así como "Y bueno, nadie es perfecto", y nos vamos a dormir tranquilos.

¿Una conclusión? Si querés que todo el mundo se entere de algo, encargate de que se lo cuenten a alguien en voz baja como si fuera un secreto... y sentate tranquil@, a ver como se expande.