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San Martín

El Liceo Espejo, el busto del prócer, la educación y la "verdad"

¿Quiénes son los dueños de la verdad? Una opinión más para el debate sobre cómo hay sectores que se adueñan de símbolos y hacen con ellos lo que quieren.
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 La “verdad” suele tener muchos dueños. De esa manera, según quién esgrima la suya será el tenor que adquiera. Puede verse matizada o, directamente, ser exhibida en versiones radicalmente opuestas.

Eso sucede cuando aparecen grupos o sectores que se transforman en lo que el mendocinismo impuso, desde que hay memoria, como “patrones de la vereda”: son los que se apropian de un tema, ejercen su patronazgo y deciden qué se puede decir y qué no sobre “su” asunto. Se imponen como fiel en la balanza de todo lo que se diga. Y como “dueños” de esa verdad, todo lo que lo ponga en duda su accionar adquiere la calidad de “mentira”.

Algo así pasa con los resabios de corporativismo que resultan muy difícil erradicar. En algún momento, adquirieron un peso específico tan grande que condicionaron el ejercicio mismo de la democracia. Pero ahora les queda un valor simbólico que, por irrisorio y mal usado, aparece lisa y llanamente como ridículo.

Hablamos de algunas cosas que tienen que ver con la educación de las personas.

Dos hechos, uno puntual y público y otro silencioso y soterrado, sirven para el análisis y –por qué no- para el debate.

En primer lugar, hablaremos de la polémica surgida desde este diario con una imagen de un José de San Martín adornado con colores y guirnaldas que, según lo hizo saber un preocupado lector de MDZ allegado al Liceo Militar Gral. Jerónimo Espejo, había sido “travestido”. Así lo planteamos.

No hubo posibilidad de que se respondiera a las consultas sobre el hecho consumado de parte de las autoridades del centro educativo del Ejército. Su respuesta llegó 12 horas después de que se les enviara un correo electrónico.

Luego de que la imagen del busto del Libertador diera la vuelta al país, el Coronel Alejandro Gabriel Mónaco reconoció que “sacada de contexto se interprete otra cosa y es absolutamente entendible”. El militar, que es el director del LMGE que le hado una larga lista de gobernadores, legisladores y empresarios a Mendoza, nos mandó a leer otro diario, en el que habían preferido publicar la aclaración, antes que la noticia, sin haber dado cuenta de ésta. Sintetizando: un diario centenario “aclaró” la nota de este diario sin haber contado antes qué es lo que había sucedido.

Y lo que había pasado es que se había “tuneado”, por usar un término actual, la imagen del General San Martín y también –según se dijo, aunque no obtuvimos una fotografía- la del propio prócer que le presta su nombre al centro educativo.

En todo caso, a la luz de muchos otros acontecimientos, se trató de un hecho de menor envergadura. Pero hay que medirlo en el contexto en el que se produjo.

Según las autoridades del Liceo, fue en un festejo de Quinto año, algo habitual. Muchos padres y gente vinculada a ese centro militar se dedicaron a justificar lo sucedido en que luego el busto fue limpiado y subrayando que “no fue dañado”.

También se usaron argumentos insólitos como que “hay que humanizar a los próceres de bronce”, argumento siempre bien compartido, pero en su cabal expresión y en el respeto por el relato histórico.

Hasta allí, una versión de la “verdad”.

Otra, pudo ser: ¿Qué hubiera pasado si quien le hacía eso al busto de San Martín era una persona ajena al ámbito del Liceo? ¿Se admitiría como “broma”, “chanza”, “humanización del prócer de bronce”? ¿O se habría denunciado un “atentado” digno de la máxima represión?

Una conclusión, la del autor de esta nota, es: hay un sector, el militar, que todavía se cree dueño de los próceres, sobre todos de los generales y que cree puede hacer con su imagen y su memoria lo que les venga en gana. 

Justifican en una cuestión de grupo, de corporación, los hechos que se protagonizan dentro de sus “cuatro paredes”. Una frase que pintaría la situación es: “Lo que pasa aquí adentro es cosa nuestra y nadie debe opinar”.

De ser así, y con el real afán de polemizar para agitar la salida a la luz de la verdad más cercana a la real, podríamos concluir en que si los sacerdotes se encierran en una iglesia y disfrazan las efigies religiosas, ¿les cabe el derecho porque son los “dueños” de lo que allí pase? En cierta forma, muchas veces se rebotó el reclamo por cosas que pasaban dentro de ámbitos religiosos, militares, policiales, sindicales y hasta políticos como “algo que pasa puertas adentro y que solucionaremos sin intervención de nadie”.

Una postura corporativista. Un resabio antidemocrático.

La educación, igual

Algo similar está ocurriendo con las decisiones que toma un Ministerio de Educación de la Nación al que solo le queda un poder simbólico, pero un tremendo poder simbólico: no tiene escuelas, pero define qué debe metérseles en la cabeza, desde chiquitos, a nuestros hijos.

Pasó con la figura de Domingo Faustino Sarmiento, entre otras cosas.

Y también armaron unas jornadas de discusión de la adhesión de Mendoza a la Ley de Educación, pero al mismo tiempo se dijo desde el poder político que “la ley ya está casi aprobada”. Vale decir: armaron un circo como para barnizar de “participacionismo” la discusión de una ley que no piensan cambiar.

Además de que no hubo tiempo real de que los docentes la estudiaran, los padres no tuvimos nada que ver. 

De repente nos enteramos que “nos representamos y gobernamos” a pesar de la intervención en el tema de nuestros representantes. Es decir, cambiamos la Constitución de facto.

Lo que dice hasta tanto se modifique la Carta Magna es que "nadie delibera ni gobierna sino a través de sus representantes".

Pero como los padres que no somos parte de las instancias políticas tenemos que trabajar, no pudimos participar de un debate para el que se suspendieron las clases, dejando a los niños a nuestro cuidado y perdiendo un día más de formación que aporta a la mentira de los “180 días de clase” al año. Los docentes se juntaron y algo hicieron. No sabemos qué. No se informó sobre conclusiones y, si lo hicieran en los próximos días, ¿deberíamos creer en lo que nos digan las autoridades educativas? Tanto se operó como “dueños de la verdad” del sector Educación que todo huele a sospecha.

Desde el “Tupperware” en el que se han transformado las políticas del sector, se toman decisiones insólitas, que los docentes no saben cómo ejecutar. A la vez, para que parezcan acompañadas popularmente, se alienta a una tribuna a que aplauda y justifique cada decisión oficial.

Pero la realidad es más fuerte.

Hoy, los docentes están tratando de “descular” cómo enseñarán la nueva parrilla de materias que se han craneado en el Palacio Pizzurno en Buenos Aires. 

Por ejemplo, los chicos no sabrán leer, escribir ni sacar cuentas y mucho menos, interpretar críticamente un texto o una idea, pero sabrán todos, absolutamente todos, hablar lenguaje de señas. Muy bueno, pero ¿una prioridad?

Y finalmente, ya están buscando quiénes están en condiciones para dar clases de una nueva materia: “Culturas juveniles”. ¿Hay que enseñarlo? ¿Quiénes? ¿Cuál es el objetivo? ¿Qué se espera de los formados en este ámbito?

Nuevamente, una verdad. Hay muchas. El asunto es quién tiene el poder de imponer la suya al resto.