¿Para qué te sirve ser solidario?
Hace un cuarto de siglo que hago notas de carácter social en villas, cárceles, escuelas, hospitales y en el desierto y la montaña en cada uno de los departamentos de Mendoza, algunos más, algunos menos. Durante tantos años ya, me he topado con cordilleras y cordilleras de necesidades y con algunos cerros de solidaridad.
Por lo común, mi experiencia me ha mostrado que siempre son más solidarios los que menos tienen que aquellos que más tienen. Los que menos tienen siempre entienden mejor lo que se necesita y están siempre con el otro. Y no lo hacen para sentirse bien, sino porque es necesario y, el apoyo que ofrecen, es duradero y genuino.
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Sostengo que, si no existiera la solidaridad y los buenos ejemplos entre los habitantes de los barrios pobres, probablemente viviríamos en estado de virtual guerra civil: es tanta la falta de oportunidades, la injusticia social y la mala distribución de las riquezas que, a veces, me pregunto cómo soportan los que más soportan.
No obstante, está muy bien que aquellos que tienen más bienes –la famosa clase media y algunos pocos ejemplos de las lejanas e indolentes clases media alta y alta– ejerzan actos solidarios, porque dan una mano a los que menos tienen y porque, además, así caen un poco más en la cuenta de que los pobres son iguales que ellos, pero sin oportunidades de progreso ni privilegios.
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Luego del acto solidario, todo estructuralmente sigue igual. El mayor beneficiado, a todas luces, siempre será el donante. Ser solidarios, para los que tienen, los hace un poquito mejores personas, porque los oblida a dejar de ser el centro de la necesidad.
Sin embargo, si tenemos que ser honestos, a pesar de la solidaridad, jamás esa ayuda le termina por cambiar la vida a nadie. Si queremos cambiar la vida a alguien, deberemos llevarnos a esa persona a nuestra casa y hacerlos gozar de los mismos derechos y calidades de vida de los que gozan nuestros hijos. Ojo: hay quienes lo han hecho, esos son los imprescindibles.
Por eso, considero que hay que promover la solidaridad y ejercerla cada uno en la medida que considere. No obstante, gran error cometeremos si pensamos que los cambios estructurales vendrán de la mano de estas acciones.
La Majada y la llegada del circo
Pondré un ejemplo entre tantos que viví. Hace un tiempo atrás, luego de leer una nota de Mdz realizada por Gabriel Conte y Pachy Reynoso en la escuela de “La Majadita” y de enterarme de un robo a ese establecimiento, comencé una serie de notas “solidarias” sobre esa escuela, trabajando codo a codo con la directora de entonces y diversos actores sociales.
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Por acción directa de mucha gente –también de autoridades–, se consiguió mucho: un flamante salón multiuso totalmente equipado, el traslado allí de la posta sanitaria, baños nuevos, reinstalación de cocinas y heladeras a gas, arreglo de las aulas, tendido de red eléctrica y luego agua hasta la mismísima puerta de la escuela; también útiles escolares, una biblioteca, comida, calzados, ropas, etcéteras.
No exageramos si decimos que, la calidad de la vida y la educación cambió luego de todo lo que se hizo, pero el gran cambio se logró gracias al protagonismo que la propia comunidad de la escuela ejerció. Si no hubiera sido así, se hubiese tratado de un acto de caridad: de un paracaídas de colores que cae sobre un chañar (bueno, algo así sucedió después, sigamos).
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En medio de toda esta tarea, me llamó desde Buenos Aires Juan Carr, el titular de la enorme Red Solidaria, que tanta buena obra hace en el país con su poderosa organización.
Juan había leído mis notas y estaba “conmovido” y quería ayudar. Me preguntó cómo y yo entonces le conté de un ambicioso proyecto paralelo que llevábamos adelante en la zona, con un grupo de personas (actores sociales, empresarios, oscs) para conectar a comunidades del secano al acueducto que se construyó (una enorme y festejada obra para ese territorio del olvido): se trataba de donar metros de mangueras para llevar agua a la gente del desierto.
Le dije a Juan que habíamos conseguido muchos miles de pesos y muchos kilómetros de manguera y que, con un ejemplar protagonismo de las propias comunidades –insisto en esto–, cientos de personas y tres parajes completos ya tenían agua. También le dije que sumara a su red a la campaña.
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Él, no obstante twitteó la iniciativa, eligió otro camino: traer en un avión desde Buenos Aires hasta la escuela del paraje La Majada, a uno de los más famosos pintores argentinos, Milo Lockett, quien mucha tarea como tal había realizado. Se organizó una colorida caravana al desierto y, junto a él, llegaron un montón de periodistas de Buenos Aires y de Mendoza, casi en tren de fiesta. Corrijo: en tren de fiesta.
Jamás olvidaré la cara de la laboriosa Iris Azcurra, la entonces directora de la escuela que tanto trabajó por su institución.
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Allí en el patio de sus niños, que llega hasta San Juan, había una perfomance casi surrealista: manojos de camionetas cuatro por cuatro, una exhibición de cuadros que cada uno valía una casa con pileta, periodistas rubias y porteñas sacándose fotos con niños y chañares de fondo, un enorme micro de Vendimia Solidaria del Multimedios Uno, un camión del Dákar, el ¡club de fans de Chayanne!, funcionarios peinados para la fotos, entrevistas con preguntas insólitas al pintor como si fuese Andy Warhol en la Quinta Avenida, botas de cuero encima de jeans y sombreros de cowboys dejando escapar indecibles cabelleras que respiran Pampa Húmeda y por aquí y allá cajas y cajas de empanadas y vinos varietales y ¡aguas minerales! y todo salido de la nada y llegados hasta la verdad de una escuela que ya, antes, había sido transformada por sus propios habitantes y la ayuda de algunos que, en ningún caso, salieron en la foto de aquella puesta en escena.
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Recuerdo que eses día me quedé menos de una horita, junto a Iris, compartiendo el asombro con comentarios por lo bajo y algún mate con sopaipilla. Después, nos dimos un beso y me marché sin almorzar ni saludar, de puro nudo en la garganta. En aquel momento, me pregunté para qué sirvió montar ese circo solidario.
Ahora, con el tiempo digo que, tal vez, quizás, quién sabe, en lo simbólico, para mucho, pero en lo práctico para poco. Que la escuelita tuviera días después un generoso espacio en el diario La Nación y en canales de televisión del país y varios medios provinciales, la convirtió en “nota de color” por un ratito, pero el verdadero cambio –el profundo, el sustentable, el necesario– fue producto de un trabajo largo, subterráneo y profundo y tuvo como protagonista mayor a una humilde directora de escuela del secano lavallino y a su comunidad educativa. Y llevó un buen tiempo.
Hacelo por vos
Sin embargo, no seré ingrato y reconoceré el trabajo de Juan Carr, de Millo Lockett y también de los medios que se acercaron hasta la escuela a pintar el paisaje del desierto invadido por mass media comunicacional argentina.
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Ojalá los medios tuviera como habitual de sus agendas acercarse a contar las cosas que les ocurren a la mayoría de la población y no los vaivenes económicos y financieros, estéticos y sanitarios, existenciales y religiosos, de seguridad y justicia, tecnológicos y de placeres, de un veinte por ciento de privilegiados que dictan las reglas y que, a veces, son solidarios, como pasatiempo, como forma de calma, de devolución, de culpa, de suma, de recuerdo doloroso, de vidriera o de simple dulzura.
No contar lo que le ocurre a la mayoría de las personas, es uno de los peores pecados del periodismo, pero nos estamos yendo de tema.
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Es así: la solidaridad siempre transforma más al que da que al que recibe. Por eso, en relación a los comentarios agresivos y pretendidamente aleccionadores de gente en diarios o redes sociales, digo también que concretar donaciones no te hace dueño o abanderado de las miserias de nadie.
Hacelo, pero no lo levantés como bandera; hacelo porque te hace bien a vos, pero no porque le vayas a cambiar la vida a nadie.
Hacelo porque le hará bien a tus hijos, pues aprenderán a reconocer al distinto como, al menos, alguien bastante parecido. Hacelo porque es importante llevar un poco de cariños y proteínas, pero la vida de la gente pobre es mucho más compleja, tanto como las soluciones a sus problemas.
La política
Déjenme que me explaye en mi evaluación: como periodista, he visto de todo: desnutrición y muerte, sarna, violación, tuberculosis, analfabetismos severos, torturas y puñados de miles de hermosas gentes en estado de completo olvido.
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Vi nacer y crecer villas miserias como rosales alrededor del Lago o palmeras en las calles principales de los barrios privados.
Con gente diversa y saludable, una y otra vez hicimos solidaridad y de muy ambiciosa manera en muchos lugares. No obstante, también comprobé cómo –sólo en algunos casos– fue la política quien vino después a remendar un poco todo aquel desatino estructural e ignominioso en que habíamos caído a causa del como dictadura y neoliberalismo. Hasta nuevo aviso, he aquí una verdadera transformadora social para sacar a millones y millones de personas de la pobreza.
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¿Qué falta mucho? Pero claro, ¡falta muchísimo! ¿Qué puede estar o no estar el peronismo o el kirchnerismo o el que sea en el poder? ¡Por supuesto! ¿Qué el radicalismo de centro-izquierda y otras fuerzas progresistas aportaron mucho bueno de lo suyo? ¡Claro que sí! ¿Qué dictadura, derechas y neoliberales hicieron mierda generaciones argentinas? ¡Así lo pienso yo!
No obstante, lo repito: ha sido, es y será la política la única transformadora social, aun sabiendo que la pobreza como tal no será eliminada. Si países-ejemplo para muchos que charlan en restoranes de lujo (como EEUU, Francia, Inglaterra y Alemania) cuentan sus pobres de a millones y millones, el sistema en sí mismo que aplicamos no está gritando en la cara que no es respuesta de fondo a problemas de fondo.
El justo precio
Hay que dar el justo valor a la solidaridad: no está bien que alguien por ser solidario se crea el potestas de la pobreza de nadie. Reiteremos: no está bien que nadie crea o piense que está salvando a alguien, salvo que se lo lleve a su casa por el resto de sus vidas.
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La solidaridad es un valor altísimo para una sociedad y como tal, debe ser promovido y ejercido, sobre todo entre niños y jóvenes, sin esperar nada, ni pureza ni reconocimiento ni nada, a cambio. Y si llega, hay que ser discreto y saber aceptar, porque el mundo está lleno de gente que se disfraza de fantasma o supuesto ermitaño para lograr más notoriedad a su notoriedad.
Sin embargo, no siempre es tomada así esta señora: a veces la solidaridad es a veces, títere de la culpa; a veces, excusa de negocios (como esos famosos desfiles de modelos “a beneficio”); a veces, placebo de mentes atormentadas; a veces, matiné de solitarios; a veces, excusa para afilar las garras; a veces, depósito de cosas que ya no sirven.
Esto no está bueno: es como ser bueno sólo para que alguien te dé el premio de un paraíso o alguna zanahoria semejante. O como dice la canción de Calamaro: "Algunos hombres son buenos porque tienen miedo".
Ulises Naranjo.