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Opinión

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Mendoza

Apuntes desde fuera del pogo

Si al sonido se lo lleva el viento no importa. Si este señor suena bien o mal tampoco. No se cuestiona a un Dios que ofrece sólo un show por año. Para muchos esto podrá ser rock and roll, pues para otros tantos no.
Foto: Nacho Gaffuri / MDZ
Foto: Nacho Gaffuri / MDZ

Más de 120.000 almas vibraron el sábado en la noche en San Martín en una gélida noche incendiada a puro motor de ritual exacerbado. Nunca me conmovió el fervor ricotero, nunca me sentí tocado por ninguna de las perdurables canciones de Solari. No estuve allí el sábado, ni por fervor, ni por labor. Ustedes podrán decir entonces: “¿con qué autoridad viene este tipo a hablar sobre un fenómeno al que no asistió ni siquiera en calidad de cobertura periodística?”. Eso ya lo leyeron, digo, lo que pasó el sábado con una Mendoza que escribió una importante página en la historia del rock, la lista de temas que hizo el Indio, la emoción inconmensurable de quienes asistieron, lo bien que se portó la gente etcétera etcétera. Yo quiero simplemente esbozar unas líneas sobre cómo a esta altura en la iconografía ricotera, el hecho artístico ha sido desplazado por un fervor que se debate entre el ritual más visceralmente primitivo,  y un concepto de show entendido en términos del más voraz taquillazo hollywoodense. Así como también cuestionar qué hay de verdadero rock and roll en todo esto.

Las primeras galerías de fotos de la antesala del concierto del sábado tomadas por el compañero Nacho Gaffuri daban cuenta de la altísima ansiedad de los fans del Indio. Allí, en medio de un frío arrasador,  miles de personas de diferentes generaciones esperaban su momento religioso. En Facebook un amigo posteaba “no haría ese sacrificio ni por un concierto de Queen con Freddie Mercury resucitado”. Más allá de la ironía, sabemos que cuando somos fanáticos la adversidad no importa. Cruzamos ciudades, provincias u océanos con tal de ver alguna vez en vivo a nuestros ídolos. Soportamos horas de espera, frío, lluvia, calor, tumultos. Después de todo, compartir eso entre pares es parte de la mística de un concierto en vivo.

El carácter excepcional de las presentaciones del Indio alimenta el fervor de sus seguidores, que días antes de que empiece su show esperan en absoluto trance. Hay algo de premeditado artificio místico en todo esto.  Ya sea por ostracismo de Solari, o bien por estrategia comercial, o tal vez por decisión artística; sus recitales han sido concebidos en estos últimos años como eventos híper masivos de muy espaciada frecuencia.  De esta manera, multitudes se desplazan una vez al año de una punta a la otra del país para ser partícipes del ritual. En Mendoza los títulos de todas las crónicas han tenido que ver con el récord histórico de asistentes a un concierto del Indio, y con el evento de mayor masividad en la historia de nuestra provincia. Los textos de estos artículos contienen una obnubilada descripción de la masa convocada, la lista de canciones, algunas frases de Solari desde el escenario, y listo. Ni siquiera blogs especializados y escritos por sangre joven se permiten una mirada que supere el concepto de fiestón.

Pensaba en otros rockeros que han sobrepasado la barrera de las 6 décadas. Tanto de aquí como de afuera. Un Charly García que, en lo que no es precisamente su mejor momento artístico, ha entregado una serie de conciertos con diferentes sets de canciones en un teatro porteño, una gira nacional, el lanzamiento de un vinilo, y se aventura con una atípica incursión en el Colón. A pesar de todo se lo castiga. Hasta sus fans dicen que en vivo suena mal. ¿Y del Indio qué? Tal vez por temor a vulnerar su estatus de Dios del rock argento, nadie se atreve a cuestionar nada. Desde hace años sólo se habla del ritual masivo de sus conciertos. No importa si graba material, a pesar de que sabemos que pronto lanzará nuevo disco. No importa si suena bien o mal, y acústicamente sería muy difícil saberlo en una puesta para más de 100 mil personas. Si al sonido se lo lleva el viento, allí estará la devoción de sus seguidores para captar lo que se pueda a puro motor emocional.

Así son las cosas. Un Charly con variadas búsquedas. Unos Rolling Stones celebrando sus 50 años con shows multitudinarios, pero también con pequeños conciertos anunciados horas antes para sorpresa de sus seguidores. Un Bruce Springsteen que en estos días dio cátedra de rock, tanto en Santiago como en Buenos Aires, con una presentación de 3 horas y media de pura entrega física, incluyendo salto hacia la platea para quedar literalmente en manos de su público.

En cambio, el mérito del fenómeno Solari es más patrimonio de la fidelidad de sus seguidores que de su espíritu de verdadero rocker. No hay búsquedas, no hay pulsión, no hay voluntad de salir de gira. Hay un señor sumido en la distancia. Hay un dibujo de artista que supo erigirse en poeta popular y terminó cual Dios apoltronado en su rancio trono. Hay un hombre mezquino y gruñón, con poco contacto con su público y con la prensa.

Otras figuras co generacionales del Indio son capaces de pararse en un escenario enorme o pequeño y verdaderamente conmover por sí mismos. Solari en cambio depende de la megalomanía. Cada concierto suyo parece tener como premisa central superar en convocatoria al anterior. Una mecánica muy parecida a la del estreno de cada tanque hollywoodense de alguna saga de súper héroes. Esto, queridos y queridas, está muy lejos de la verdadera esencia del rock.