Cristina, te dijeron que no
La segunda derrota en un mismo día para los partidarios del Gobierno la construyeron ellos mismos: negar la realidad, diseñar una excusa a la medida de sus sueños y acusar a los demás –muy contradictoriamente- de un fracaso electoral que, por otro lado, desmienten.
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Bajo esas circunstancias resulta impensable que se avance en una autocrítica. Mucho menos, que sean capaces de repetir la fórmula que ya utilizó Néstor Kirchner, la de un autoimpulso que los “salve” –como en 2009- de la profecía cantada por las urnas en las elecciones primarias del domingo.
Esta reacción extemporánea no es algo nuevo en la política argentina. La soberbia y la petulancia, motores del fanatismo, han dejado en el camino a muchos gobiernos, sueños y proyectos. Montados en una eternidad que nadie les legó, muchas veces a lo largo de la historia vieron desmoronarse castillos construidos en el aire, en los que olvidaron construir sus zapatas con los pies y raíces puestos sobre la tierra.
No ha triunfado, en estas elecciones, un contraparadigma del kirchnerismo. Simplemente, se le ha puesto un freno a sus pretensiones de esa rara “hegemonía contrahegemónica” que creen estar construyendo a fuerza de soledad, porfía y autojustificación. Una revolución desde arriba y con revolucionarios que cobran puntualmente su salario a fin de mes (y que cuando dejan de cobrarlo, como hemos visto, comienzan a entender lo que llaman “los problemas del modelo”). Que no bajan de ninguna sierra: a lo sumo, de las torres de Puerto Madero, adonde han mudado la mística peronista que alguna vez desbordó las fábricas, los barrios y los ranchos del país.
Quienes ganaron, por su parte, no niegan del todo los proyectos puestos en marcha en la última década. No representan un contraproyecto.
La ley de Matrimonio Igualitario surgió luego de que la Ciudad de Buenos Aires avanzara en el tema y con base en un proyecto de los socialistas santafecinos. La Asignación Universal por Hijo fue algo que estuvo en las mil plataformas de campaña de Elisa Carrió. La Ley de Medios la trabajó durante más de una década la CTA, universidades y estudiantes, por citar algunos ejemplos.
Los opositores, con su triunfo, tampoco han dado soluciones a los problemas latentes ni las darán. Y si lograran pensar cómo avanzar en temas clave como inflación, impuestos y empleo, difícilmente puedan “cambiar el mundo” desde una banca en el Congreso. De hecho, tampoco hay un hilo conductor de los “triunfadores” a lo largo de las 14 provincias que le dijeron “no” a Cristina y al cristinismo kirchnerista.
Pero es posible que la sociedad, “la gente” –como ahora les gusta llamar a esa masa que se acreditan para sí unos y otros y que somos nosotros- vea en la oposición la posibilidad de enviarles un mensaje a los que gobiernan, ya que por sí solos no escuchan.
En una Latinoamérica, como dicen, en la que "sus presidentes se parecen a su pueblo por primera vez", y los tuteamos, valga decirle a la Presidenta: "Cristina, te dijeron que no".
“Hey, aquí estamos”, parecen decir los votantes. Una especie de cacerolazo muchísimo más democrático que un cacerolazo, pero con el mismo fin: llamar la atención sino castigar. El oficialismo recibió 6,8 millones de votos, 4 millones menos que en 2011.
Y algo positivo para el Gobierno en ello, aunque no quiera escuchar el mensaje: si así fuera, se les estaría dando la posibilidad de rever el carácter negativo voto y volver a premiarlos, si correspondiere, si escuchan, si practican la clave de la política que no es otra cosa que el diálogo.
“Hey, no nos compran la voluntad”, se escuchó en las urnas. Es que nadie ha dimensionado, todavía, el volumen de los fondos repartidos desde el Ministerio de Planificación Federal a los municipios “amigos”, por quienes se hizo campaña en forma abierta y categórica, y a quienes se privilegió en la “repartija” sin que ello los haya vuelto colorados.
No se sintieron comprados por eso los beneficiarios de las 1000 obras que le dieron a Neuquén por no controlar los efectos ambientales de las explotaciones que surgen por el acuerdo entre YPF y Chevron;
ni los que recibieron un primer paso hacia la tecnología, desde alguna de los cientos de miles de netbooks; ni aquellos que perciben una cuota mensual de equiparación por el solo hecho de ser pobres sin oportunidades.
Dicho en una columna anterior, a raíz de gestos que ya hacían prever lo que se venía, definamos que la terquedad reconoce, al menos, dos orígenes: uno es la convicción y otro es la soberbia. Una persona convencida de que lo que hace, propone y promociona está bien y que por lo tanto les hará bien a los demás, con consenso suficiente alrededor de su idea, es un ser con convicciones y por lo tanto, en este caso, su terquedad la enaltece.
En cuanto a la soberbia, se dice que es un estrato superior de la vanidad. Una especie de sublimación de los caprichos. El narcisismo es su origen y el egocentrismo, su derrota. La terquedad, termina por fulminar a su portador.
El carácter de testaruda que alguna vez el veterano José Mujica vio en la Presidenta, se hace carne cuando lo que pasó se niega y se opera desde medios de comunicación que cuestan millones de pesos del Presupuesto para decir: “Esto que pasó, no pasó. Repitan conmigo”.
De esta forma, un movimiento que nació escuchando el descontento popular y trazando un factor común entre muchos que tenían origen diverso y se sentían convocados por un grupo de ideas y proyectos en común, se vuelve algo equiparable a una marcha de zombies.
A la Presidenta se le dijo “no” en las urnas. Y no se trata de un golpe de estado, ni de una maniobra de grupos mediáticos (aunque que las hay, las hay).No se puede menospreciar la expresión más sagrada de lo popular: el sufragio libre, universal y obligatorio.
El peronismo nunca, hasta ahora, ha concluido su paso por el poder en forma pacífica. Ésta es su oportunidad histórica: replantearse, sucederse a sí mismo o sostener sus errores si así lo quieren, pero sometiéndose a las reglas de juego ya existentes, no cambiándolas de acuerdo a las necesidades de un grupo de burócratas que buscan la perpetuidad, a cualquier costo.

