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Opinión

La mente del votante mendocino

Reale, Bollati, Rodríguez y Alé se meten con “Qué tenemos en la cabeza cuando votamos”.

Acaba de ser editado un nuevo libro del sociólogo y consultor Hugo Haime: “Qué tenemos en la cabeza cuando votamos”. En él, basado en su larga experiencia conduciendo campañas a nivel nacional y provincial, además de su participación en la comunidad internacional dedicada a esos menesteres, se permite desmitificar afirmaciones que se pronuncian como verdades a la hora del inicio de la temporada proselitista, desde un lado u otro (desde quienes se postula o desde el de quienes los catapultan).

Haime construye un mapa del cerebro de los argentinos y además, lo regionaliza. “Las demandas de los ciudadanos son más simples que las de los dirigentes políticos”, dice. “Básicamente son: la generación de condiciones que posibiliten el bienestar económico, la seguridad para sus vidas y sus bienes, y el funcionamiento adecuado de los sistemas educativos y de salud”.

Para el autor, “estos deseos básicos (seguridad, protección, inserción social, bienestar económico), que hacen a condiciones mínimas pero esenciales de la vida cotidiana de las personas, están presentes en las demandas que toda sociedad realiza a sus gobernantes y dirigentes”.

Desmitifica también el rol que los medios tienen en la toma de una decisión electoral. “La idea –dijo– que apunta que son los medios de comunicación los que moldean a la opinión pública, yo la discuto en el libro claramente”.

“Una cosa –explicó en diálogo para esta nota– es que los medios construyan la agenda y otra muy diferente que nos estén dictando, no solo qué pensar, sino cómo debemos votar. Eso no sucede”.

Con ese eje de análisis, al que llama “espiral de silencio”, lleva a convencerse de que “desde los medios de comunicación uno domina las mentes y, desde allí, sostiene la teoría de la manipulación de la información y las encuestas”.

Haime (foto, arriba) define un aspecto que nos interesa a los mendocinos en su nuevo libro, pero es un interesante puntapié para la polémica, ahora que estamos arrancando el período de campaña. "El mendocino –afirma- se define como emprendedor y legalista, se caracteriza por ser orgulloso, prolijo, tranquilo, conservador, familiero y cerrado. Los valores de su conducta se movilizan por el progreso y la institucionalidad".

En debate

Pero, ¿están de acuerdo los consultores mendocinos con esa afirmación y, en aspectos generales, con el planteo de Haime?

Martha Reale coincide en que “el voto es en términos generales una acción motivada por la emoción y no por la razón. Difícilmente una persona defina su voto en virtud de la propuesta del candidato. Aunque existe la excepcionalidad,  prima mayoritariamente la percepción que el votante tiene acerca de un determinado candidato y no los aspectos reales o formales que envuelven al mismo”.  Sostiene que “dicha percepción puede estar influenciada por factores concretos como ideología, coyuntura política o económica, hastío, necesidad de atender algún interés particular, entre otras. Pero siempre está impregnada de subjetividad”.

Advierte, ante nuestra consulta, que “en los últimos tiempos ha ganado terreno la teoría que sostiene que la figura del consumidor ha ido opacando paulatinamente a la del ciudadano. Dicha teoría señala que a la hora de decidir nuestro voto somos cada vez más consumidores y menos ciudadanos. Lo cierto es que hay elementos  empíricos que demuestran que la coyuntura económica ejerce una fuerte influencia en el humor social y por lo tanto, termina jugando un rol estratégico en la definición del voto”.

Reale indica que “más allá de los rasgos que caracterizan al votante en general, es pertinente aclarar que cada elección tiene particularidades que determinan tendencias en el electorado. Las elecciones de medio término, por citar un ejemplo, son por definición plebiscitarias de la gestión de gobierno. En las legislativas el voto opera mayoritariamente como elemento de premio o de castigo a la gestión”.

El perfil del elector mendocino

Pero Reale corrige, en algún aspecto, las afirmaciones de Haime. Lo hace desde su propia experiencia local. “Los electores mendocinos somos más conservadores que institucionalistas. Hay una tendencia errónea a creer que el mendocino pone en valor la institucionalidad porque rechaza la reelección del gobernador. Dicho comportamiento responde más a una cuestión de conservadurismo que de institucionalidad. Tenemos resistencia a los cambios. El ejemplo más ilustrativo en este sentido es el de la reelección de la figura del gobernador (sea del partido que fuese). Rehusamos reelegirlo porque para ello habría que reformar la Constitución,  pero aceptamos y convalidamos con el voto las reelecciones indefinidas de los intendentes, simplemente porque ello está instituido”.

Para el economista y consultor Elbio Rodríguez, “dificilmente se pueda hablar del 100% de los mendocinos para definir las motivaciones del voto, ni en la caracterización del mendocino”.

Está claro que para esta nota sólo se les brindó un ínfimo resumen, un recorte del libro de Haime, ya que todavía no está en todas las librerías y difícilmente lo puedan haber leído.

Pero los términos analizados son de manejo cotidiano en las oficinas de los expertos consultados. Rodríguez, sostiene entonces que “es cierto que el predominio de determinados valores son un prisma a través del que se lee la realidad”. Y hace un aporte interesante: “Hay tres motivaciones básicas o primarias que, según el predominio de una sobre otra, juegan un rol fuerte en la lectura de las propuestas electorales y de los candidatos y que son: la distribución del ingreso; la seguridad personal y en orden social”.

“En ese sentido –agrega Rodríguez-  no solo los mendocinos sino la gran mayoría de la población, ve en las posibilidades del progreso económico y social una primera motivación fuerte (vinculada a la distribución del ingreso) y en la exteriorización social de sus logros una segunda motivación. Esta última mucho más vinculada a la seguridad personal y a un orden social estable y previsible”.

Sobre la “mendocinidad” del elector, Rodríguez indica que “es posible que los mendocinos tengamos alguna diferencia de personalidad respectos a otras regiones, vinculadas al nivel de exigencia a las autoridades respecto a la realización de estas motivaciones. Es decir, tengamos -en mayor porcentaje que en otras regiones-de  individuos con más exigencias respecto a estas realizaciones. Aunque en el ciclo de vida -a mayor edad- estas exigencias vayan disminuyendo (quiero una vejez tranquila)”.

Enrique Bollati, por su parte, afirma que “hay tantos tipos de mendocinos que sólo decir que somos argentinos es una exageración”. Se pregunta: “¿los bolitas que viven acá desde hace 20 años qué son? Hay tendencias más generales o comunes que otras, se tiende a profesar una especie de conservadurismo laico, como lo he definido alguna vez, donde se privilegian pautas culturales como el esfuerzo, el trabajo, la familia, etc. pero no lo hacen todos ni lo hacen o entienden de la misma forma”.

Construye su propia definición e la mendocinidad: “Somos legalistas cuando nos conviene y cuando no decimos que las leyes son malas o la justicia está corrupta y autojustificamos ir en contra de la legalidad. Y no es que seamos especialmente “panqueques”, esta es más una característica humana que mendocina... Si no, mirá a los yankees y el avión de Evo, o los ensalsamientos o diatribas cambiantes a la Corte Suprema según el fallo del que hablemos...”.

Sobre las identidades regionales, Santiago Alé, de “Diagnóstico y Análisis”, afirma que “cada zona geográfica en Argentina tiene sus características, pero no es menos cierto que se igualan a la hora de recibir información, y es ahí donde se empiezan a  parecer, a igualar, porque todas las zonas perciben el mejoramiento o no de sus sociedad. No comparto eso de esquematizar a alguien de manera tan simple como lo hace Haime cuando habla de los mendocinos. Las sociedades han ido mutando y adaptándose, guardando algunas caractrerísticas propias, pero lejos de poder ser encasilladas de esa manera, sobre todo a partir de la crisis del 2000 – 2001”.

El rol de los medios

Elbio Rodríguez se allana a discutir el rol de los medios en las campañas. Al respecto, nos dice que comparte “con muchos estudiosos del tema que los individuos tienen un comportamiento selectivo de la noticias, buscan si en ellas encuentran algún recorte que coincida con sus puntos de vistas o intereses y si no lo encuentran caen en lo que llamamos disonancia cognoscitiva: se transforma en un ruido molesto”.

Reale, en tanto, encuentra un punto en común con Haime. Es en que los medios de comunicación no son determinantes en el voto. “Aunque tengo al respecto una mirada con matices –dice- en lo personal considero que si bien los medios no tienen la capacidad de influir definitivamente en la decisión del voto, sí pueden provocar alguna incidencia en el resultado final de una elección”. Pero, define, “lo cierto es que son los candidatos quienes ganan o pierden elecciones, pero no es menos cierto  que una campaña publicitaria conceptualmente bien diseñada, puede ayudar a generar una mayor empatía en el electorado  y como consecuencia, aportar al candidato algunos puntos (nunca más de 4 o 5) para acercarse al triunfo; o bien ayudarle a obtener un resultado decoroso”.

Pero para Santiago Alé encuentra un punto de unión con Haime. “Comparto lo que dice Haime sobre los medios. Su influencia no es única ni lineal, depende de quien escribe y como lo hace y el medio donde desarrolla la actividad. Si los medios influyeran sobre el votante,  CFK en las elecciones del 2011 tendría que haber sacado el 10% de los votos...y sacó el 54%”, dice.

Agrega que “las campañas electorales modernas retoman el añejo principio de Epicúreo, que desde hace más de 2000 años señalaba que el fin de la vida era lograr el bienestar y evitar el dolor. A la hora de elegir hoy las sociedades, incluida la mendocina, lo hace a partir del binomio ´agrado/desagrado´ o ´beneficio/perjuicio´. Por eso –dice- cuando vemos algunos carteles electorales como ´ayudame  meterlos presos´  no es un mensaje agradable o de beneficio, no dice nada concreto y espanta más que sumar. Nada es seguro ni uniforme en una sociedad plural y muy variada, que se pronunciará en 24 distritos separados y diferentes entre sí pero igualados por la información que recibe, igualados por las políticas aplicadas y en donde el agrado o desagrado dependerá de cada uno”.

Pero quien advierte que “generalizar siempre es peligroso” es Enrique Bollati. Afirma que si en algo influyen los medios, eso es “en la instalación de la agenda”.  Deciden “de qué temas se habla y de que temas no tanto”.

Dice que “ningún vecino con dos dedos de frente duda de que haya corrupción estructural dentro del Estado, de 1810 en adelante (y antes también, claro), sin embargo se habla fuerte de corrupción desde el “lanatazo” con el tema de Báez, que fue reproducido ampliamente. Ángeles Rawson y seguí. No se habla de matriz productiva, no se explicitan modelos deseados de país, porque no está en la agenda, en buena medida. Cuando lo hacés, es porque tenés otras influencias. Vos y yo discutimos matriz productiva, por ejemplo, porque tenemos una historia política que nos lleva a eso, y no porque esté en los medios. Es más, tratamos de instalarlo y nos dan poca bola, ¿o no?”, pregunta, al finalizar, Bollati, con su habitual animada confianza.