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Opinión

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Mendoza

El pasado y los dueños de Mendoza

Mas allá de la defensa que hacen, me permito una crítica acerca del análisis que realizan en torno a la identidad cultural.
Foto: Nacho Gaffuri/MDZ
Foto: Nacho Gaffuri/MDZ

El concepto de Patrimonio cultural, sin duda, no es un tema menor, teniendo en cuenta la dimensión material y simbólica que lo implica. En líneas generales, se dice, que el patrimonio cultural de nuestra provincia debe ser protegido, conservado, restaurado. Que estas acciones permiten reforzar la identidad cultural de la provincia y que, ante la amenaza del paso del tiempo y las inacciones oficiales, el patrimonio esta en peligro de demolición o extinción.

Mas allá de la defensa que hacen, críticos de arte, arquitectos, periodistas, funcionarios, restauradores, de nuestros sacralizados bienes culturales, me permito una crítica acerca del análisis que realizan en torno a la identidad cultural y el porqué de la conservación de “ciertos bienes”. Pareciera que las discusiones sobre el patrimonio y la identidad cultural de la provincia, y las políticas culturales orientadas a conservar los bienes “auténticos”, fueran solo para especialistas en el pasado. Es decir quienes desde la arquitectura, la literatura y el arte definen lo que se entiende por identidad y patrimonio cultural provincial. Es, en parte cierto, desde una mirada que relacione la cultura con el poder. Dichos especialistas debaten en la actualidad la importancia de preservar y conservar distintos monumentos históricos del legado cultural mendocino a raíz de la amenaza del tiempo, que corroe todo a su paso.

Pero cabe preguntarse ¿Que preservamos cuando conservamos? Ese conjunto de bienes y monumentos históricos que nos identifican como provincia y pueblo es apreciado, por los defensores del patrimonio, como un “don”, algo que recibimos del pasado, con tal prestigio simbólico que no cabe discutirlo. La existencia de estos bienes en el tiempo, hace imaginar que su valor es incuestionable y los vuelve fuente del consenso colectivo, mas allá de las divisiones entre clases sociales que expresan la sociedad y diferencian los modos de apropiarse del patrimonio ¿común? De ahí que podemos ver en los distintos debates que se vienen realizando sobre el patrimonio mendocino el aspecto tradicionalista de la discusión.

Recuerdo un párrafo de una entrevista realizada hace varios años en el extinto “altillo de la cultura” de diario UNO, al arquitecto Italiano Francesco Zurli, “Los monumentos antiguos son sin duda objeto de estudio para los historiadores y los cultores el arte, pero su razón de ser y su valor no esta en proveer materia de erudición, sino en salvar las raíces de la civilización”. Indudablemente el concepto de cultura que subyace a esta lectura es tan arcaico como los monumentos que pretende conservar. Dicho concepto de cultura, ligado al de civilización, tiene sus raíces en el pensamiento antropológico clásico de fines del siglo XIX de la Inglaterra victoriana en su corriente evolucionista (representado por Morgan y Taylor) donde el modelo civilizador de la cultura dominante europea debía imponerse, no sin conflictos, a los denominados pueblos primitivos. Mas allá de esta aclaración histórico-conceptual, es pertinente tomar en cuenta que lo que se pretende escenificar o ritualizar como monumentos de origen de la cultura y la identidad, a los cuales hay que preservar, constituye un objeto de estudio fundamental, pero desde una perspectiva que ubique a los objetos del patrimonio no desde el carácter fundante de una cultura, sino mas bien en el marco proceso social que los produjo, en las maneras en que se pretende preservarlos como atestiguadores de la dominación social y cultural. Es decir, la historia material de un pueblo no se construye como se narra, sin conflictos ni luchas, sino justamente debe analizarse como proceso donde algunos luchan por mantener sus intereses, de clase social, y otros por transformar sus condiciones de vida. La historia de Mendoza, que no escapa a este análisis, expresa también la disputa de aquellos grupos hegemónicos que desde las independencias latinoamericanas hasta los años ‘30, se constituyeron en “dueños naturales” de la tierra y la fuerza de trabajo de las otras clases, fueron ellos los que fijaron el alto valor de ciertos bienes culturales: los centros históricos de las grandes ciudades, la música clásica, el saber humanístico, todos ellos heredados de la

tradición cultural europea. Por ello el patrimonio existe como fuerza política (como plantea el antropólogo García Canclini) “...en la medida en que es teatralizado en conmemoraciones, monumentos, museos.” y aclara “La teatralización del patrimonio es el esfuerzo por simular que hay un origen, una sustancia fundante, en relación con la cual deberíamos actuar hoy”. Esto no significa para nada que haya que ignorar por doquier bienes antiguos o monumentos históricos, descuidando su protección, sino que, desde esta idea de “proceso”, poder establecer un debate acerca de las características que adoptan las políticas y planteos sobre el patrimonio en un contexto sociocultural determinado. Vincular estos factores (poder, cultura, clases y patrimonio) no implica desechar la idea de la conservación técnica ni la relevancia cultural de las obras históricas. Pero aclaremos que como espacio educativo, el patrimonio debe ser reformulado en términos de capital cultural de un proceso socio-histórico particular, producto de luchas, mas que de una narración descriptiva de los “hitos fundantes” de una cultura; y que, como todo capital, éste, también se acumula, produce rendimientos, se conserva, y es apropiado en forma desigual por diversos sectores sociales y culturales. Así, la identidad, dejaría de ser explicada en base a su santuario de museos y monumentos, ya que estos son, con frecuencia, testimonios de la dominación, más que una apropiación justa y solidaria del espacio territorial y del tiempo histórico.