Cuánto sabemos sobre la historia del vino (Parte 2)
La vid, al expandirse en torno al Mediterráneo por iniciativa de los griegos, brinda una bebida moderadamente alcoholizada, espesa y licorosa, aromatizada con especies y hierbas, a veces adicionada con resina de pino para que soportase mejor el calor. Debía ser cortada con agua antes de ser consumida. Por mucho tiempo será una bebida de excepción, reservada a los privilegiados; las clases populares se satisfacían con cerveza.
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Los galos (antepasados de los franceses) descubren el vino en el siglo VI antes de Cristo a través de colonos griegos instalados en Massilia (hoy Marsella) y por cargamentos enteros que compraban a sus vecinos romanos. Los arqueólogos calculan en unos cien millones la cantidad de ánforas que habrían importado de este modo, antes de la conquista de la Galia por Julio César.
De consumidores, los galos no tardarán en convertirse en productores. Ellos serán los inventores del tonel de roble ceñido con hierro. En el siglo III de nuestra era, éste remplazará en todas partes a las ánforas para transportar y conservar el vino. Los romanos, hábiles técnicos, mejoran las técnicas vitícolas. Introducen el injerto y, desde el siglo I antes de Cristo, las botellas de vidrio y los tapones de corcho. Finos gastrónomos, no dudan en dejar envejecer 15 años sus mejores caldos.
A comienzos de nuestra era, se llegó a temer que el viñedo avanzara sobre los campos de trigo, al punto de ocasionar hambrunas. En el año 92 a.C., el emperador Domiciano ordenó en consecuencia arrancar la mitad de las cepas. Pero la producción no demoró en recuperarse, especialmente cuando los invasores germanos se dejaron ganar por la ebriedad. Debido a las invasiones y a la inseguridad, se dejó de almacenar los toneles debajo en los graneros y se los ocultó en los sótanos. Gracias a eso, el vino ganará en conservación y en bouquet (aroma).
El cristianismo retoma la tradición enófila de las antiguas religiones y de la Biblia hebraica. El primer milagro de Cristo, según el evangelio de Juan, es la transformación de agua en vino en las bodas de Caná. Las referencias a la viña son múltiples en el Nuevo Testamento, como en el Antiguo, incluso en boca de Cristo: “Yo soy la verdadera cepa y mi padre es el viñador” (Juan, 15). Finalmente, en la última Cena de Jesús y sus discípulos, el vino adquiere una dimensión sagrada puesto que es asimilado a la sangre del que va a ser crucificado y entra así en el ritual de la Eucaristía.
Fuente: Revista Herodote

