Vivir solo: impacto en la economía, récord histórico e impacto social
Un informe reciente revela un máximo histórico de hogares unipersonales en Estados Unidos y reabre el debate sobre su impacto social y económico.
Irse a vivir solo representa, además de un desafío personal, una decisión sobre la economía personal clave.
MDZCada vez que aparece un titular anunciando que "más estadounidenses que nunca viven solos", como en el reciente informe basado en datos del censo de 2026, la reacción inmediata de los medios y los comentaristas sociales es activar la alarma de la melancolía. Se nos vende la imagen de una sociedad fracturada, triste y al borde del colapso emocional.
Pero si dejamos de lado el sentimentalismo y seguimos la ruta del dinero, la historia es muy diferente. Este récord histórico de hogares unipersonales no es necesariamente una tragedia social; es, ante todo, el motor de combustión perfecto para el Producto Interno Bruto (PIB). Y es hora de dejar de evaluar este fenómeno como una patología para entenderlo como lo que realmente es, un lujo costoso, una victoria de la autonomía individual y, sobre todo, un negocio redondo para el mercado.
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El mito de la tristeza vs. la realidad de la factura
Empecemos por derribar el mito más grande, vivir solo no es sinónimo de estar solo. De hecho, confundir el aislamiento residencial con el aislamiento social es un error de principiante. La sociología urbana lleva años demostrando que, paradójicamente, quienes viven solos suelen ser más activos socialmente que quienes viven en pareja. Al no tener la "burbuja doméstica" prefabricada esperándolos en el sofá, el soltero se ve obligado a salir, a habitar los "terceros espacios" como cafeterías, gimnasios o parques; y a mantener vivas sus redes de amistad.
Vivir solo, en muchos casos, es un antídoto contra el encierro doméstico. Sin embargo, donde este fenómeno realmente brilla no es en la psicología, sino en la economía.
La atomización es rentable
Para el capitalismo de consumo, un hogar compartido es una ineficiencia. Una familia de cuatro personas comparte un refrigerador, una conexión a internet, una suscripción a Netflix y una tostadora.
Cuando esa unidad se rompe, o cuando cuatro jóvenes deciden vivir cada uno en su propio apartamento, el consumo se multiplica. El mercado adora al individuo atomizado porque la soledad, o la privacidad, tiene un precio de entrada. Ahora necesitamos cuatro refrigeradores, cuatro conexiones de fibra óptica, cuatro sofás y cuatro tostadoras.
Este auge de vivir solo es un subsidio directo al PIB. La "economía del hogar unipersonal" impulsa la demanda de bienes duraderos, servicios de delivery, más frecuentes en solteros que no cocinan grandes cantidades, y entretenimiento. Si la economía dependiera del ahorro de recursos, estaríamos en crisis; pero como depende del consumo, la fragmentación de la sociedad es música para los oídos de las corporaciones.
No todos los "solos" son iguales
El gran error de las estadísticas generales es que meten a todos en el mismo saco. Para entender la realidad, hay que diseccionar ese número récord en sus dos componentes reales, que no tienen nada que ver el uno con el otro. Por un lado, está el profesional joven quien vive la soledad como estatus. Para este grupo, vivir solo es el símbolo definitivo de éxito. Es la capacidad financiera de comprar paz mental y no tener que negociar el uso del baño ni la limpieza de la cocina con nadie. Es un "lujo de privacidad". Este grupo dinamiza el mercado inmobiliario de alquileres de gama alta en los centros urbanos.
Por otro lado, está el adulto mayor. Esta es la soledad demográfica, y aquí entran los viudos y el creciente fenómeno del "divorcio gris" con parejas que se separan después de los 50. Este grupo no vive solo necesariamente por empoderamiento, sino por circunstancia.
Al mezclar ambos, los titulares confunden la libertad del primero con la vulnerabilidad potencial del segundo. Pero incluso en el segundo caso, el mercado encontró un nicho que va desde servicios de asistencia hasta tecnologías de compañía.
La ineficiencia espacial es el verdadero problema
Si hay algo que criticar, no es la moralidad de vivir solo, sino la estupidez de nuestra infraestructura. Seguimos construyendo ciudades y suburbios pensados para la familia nuclear de 1950 con una casa grande, jardín y estacionamiento del coche; cuando la realidad de 2026 nos grita que necesitamos apartamentos eficientes, modulares y bien conectados.
El problema no es que la gente quiera vivir sola; sino que el mercado inmobiliario no se adaptó a esta demanda. Al ocupar una persona el espacio diseñado para tres, generamos una crisis de vivienda artificial y una ineficiencia energética brutal porque calentar una casa así para una sola persona es un desastre ecológico.
La libertad cuesta
Dejemos de llorar por la supuesta "epidemia de soledad" cada vez que vemos estos gráficos. Que la gente pueda permitirse vivir sola es, en muchos sentidos, es un triunfo del desarrollo económico y de la libertad individual. Significa que las mujeres no necesitan un marido para tener un techo y que los jóvenes no están atados a sus padres por necesidad extrema.
Vivir solo es la forma más cara de vivir, sí. Pero millones de personas votan con su billetera y dicen que la autonomía vale cada centavo. La sociedad no se desmorona; simplemente se reorganiza en unidades más pequeñas, más caras y, le guste a quien le guste, más libres. El único que realmente celebra en silencio, mientras nosotros debatimos la moralidad, es el vendedor de electrodomésticos.
Las cosas como son.
*Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

