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Mucho más que el fin de Nicolás Maduro: nació la "Doctrina Donroe" y América no será la misma

La captura del dictador venezolano no sólo marca el comienzo de una transición en Venezuela. Es el acto fundacional de algo mucho más grande: el regreso aggiornado a la vieja doctrina imperial que llevó a EE.UU. a ser potencia regional y mundial.

Nicolás Maduro ingresando en la cárcel en Estados Unidos por orden de Donald Trump

Nicolás Maduro ingresando en la cárcel en Estados Unidos por orden de Donald Trump

Las horas posteriores a la operación bautizada por Estados Unidos como Absolute Resolve (Determinación Absoluta) fueron de mucha incertidumbre. Más allá de la captura de Nicolás Maduro, muchas incógnitas estaban abiertas. ¿Por qué llevarse solo al dictador y dejar intacta al resto de la cúpula del régimen, empezando por Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López, ambos con pedido de captura de la justicia estadounidense? ¿Lo habían entregado a Maduro para pactar su permanencia en el poder? ¿A Trump solo le importaba capturar a Maduro para después dejar intacto al chavismo y desentenderse de Venezuela?

Todos esos interrogantes fueron respondidos, y de forma categórica, por el propio presidente en la conferencia de prensa que dio el sábado al mediodía desde su búnker en Mar-a-Lago. Sobre todo, la respuesta a la pregunta que se hacía todo el mundo: ¿quién iba a quedar a cargo del gobierno en Venezuela? Trump contestó con honestidad brutal: “Nosotros estamos a cargo”. Luego explicaría: “Vamos a dirigir el país hasta que podamos hacer una transición segura, correcta y juiciosa”.

Esa afirmación se vio ratificada por todo lo sucedido desde entonces. El régimen aceptó, en los hechos, entregarle la totalidad de su petróleo a Estados Unidos a través de un esquema por el cual Washington confisca el crudo sancionado, lo vende y administra los fondos; empezó a cortar lazos con sus principales patrones externos, en especial con Cuba; y dio inicio, lento pero real, a la liberación de presos políticos. Trump prometió más de 100.000 millones de dólares de inversión de petroleras estadounidenses y dejó claro que Venezuela “comprará productos estadounidenses” con esos recursos.

Un país que con Chávez había roto décadas de relaciones íntimas con EE.UU. para hacer de Cuba, China, Rusia e Irán sus principales socios, pasará a estar absolutamente bajo la tutela militar, política y económica de Washington. La transición ya está en marcha y es, en buena medida, imparable.

La prioridad de Trump no es la democracia venezolana, sino quedarse con el control de los recursos estratégicos del país para asegurarse de que no vuelvan a estar al servicio de sus rivales geopolíticos. Pero es muy difícil que esto no termine desembocando en algún tipo de democracia, porque el régimen ya está herido de muerte. Además, la realización de elecciones es la parte final de la hoja de ruta que presentaron Trump y Marco Rubio a lo largo de la semana.

Sin embargo, lo más significativo de todo esto excede largamente a Venezuela. La forma con la que Trump admitió que va a controlar, a distancia, un país de la importancia estratégica de Venezuela —y que lo hará por razones estrictamente geopolíticas— confirma que Estados Unidos regresó a las bases de una doctrina que durante un siglo marcó su política exterior hacia el continente americano, y de allí, para el resto del mundo.

Lo explicitó Trump en la conferencia de prensa del sábado, al reivindicar la vieja Doctrina Monroe. “Ahora la llaman la Doctrina Donroe… la habíamos olvidado, pero ya no la olvidamos. Bajo nuestra nueva estrategia de seguridad nacional, el dominio estadounidense en el hemisferio occidental no volverá a ser cuestionado jamás”.

Los orígenes de la Doctrina Monroe

Para entender qué está intentando hacer Trump, hay que volver casi dos siglos atrás. La Doctrina Monroe nació en 1823, cuando James Monroe, quinto presidente de Estados Unidos, presentó ante el Congreso su mensaje anual. Estados Unidos tenía apenas medio siglo de vida y estaba lejos de ser una potencia mundial. Aun así, fijó tres principios que marcaron toda su política hacia el continente:

  • En América no puede haber nuevas conquistas ni colonias europeas.

  • Cualquier intervención europea en el hemisferio será vista como una amenaza a la seguridad de Estados Unidos.

  • A cambio, Estados Unidos promete no meterse en los asuntos internos de Europa ni en sus guerras.

Todo eso quedó resumido en la consigna “América para los americanos”. La traducción real era más precisa: América para los estadounidenses.

Esa doctrina, que al principio era poco más que una declaración de intenciones —Estados Unidos ni siquiera tenía fuerza militar para imponerla y se apoyó en la Royal Navy británica— terminó siendo, con el tiempo, la columna vertebral de la expansión de Washington en el hemisferio.

Trump ve todo ese siglo como el camino a seguir: un país que asume que el hemisferio occidental es su zona de influencia natural, expulsa a rivales externos y no pide permiso para hacerlo. Desde su óptica, la decadencia relativa de Estados Unidos en la escena global empezó cuando abandonó esa doctrina.

Venezuela siglo XIX, el debut de Monroe

El primer gran test del monroísmo llegó, justamente, en Venezuela. En 1895, el país estaba en disputa territorial con el Reino Unido por la Guayana Esequiba, un conflicto que sigue vivo hoy. Washington intervino diplomáticamente para obligar a Londres a aceptar un arbitraje internacional, con el argumento de que el Reino Unido no podía seguir extendiendo su dominio territorial en América.

La segunda aplicación decisiva llegó en 1898, con la guerra hispano-estadounidense. Estados Unidos se metió de lleno en la gesta de independencia de Cuba, hundió la flota española y se quedó no solo con la tutela de la isla, sino con Puerto Rico, Guam y Filipinas. Cuba obtuvo su independencia formal, pero con enmiendas y tratados que le daban a Washington derecho a intervenir y a mantener bases militares como Guantánamo.

En ambos casos, la lógica fue la misma: las potencias europeas no se meten en el hemisferio sin pasar por Washington. Y si se meten, se atienen a las consecuencias.

Del Buen Vecino a los golpes de la Guerra Fría

La Doctrina Monroe tuvo su cierre formal en los años 30, cuando ya nadie discutía que Estados Unidos era el actor dominante del continente. Franklin Delano Roosevelt lanzó entonces la Política del Buen Vecino: menos intervenciones militares directas, más diplomacia, más acuerdos comerciales, más retórica cooperativa.

Duró poco. Terminada la Segunda Guerra Mundial, se desató la Guerra Fría y América Latina volvió a ser un tablero de disputa. Esta vez no contra imperios europeos sino contra Moscú. Tras la Revolución Cubana, la obsesión era impedir que hubiera nuevos satélites de la Unión Soviética en la región.

El método fue poco agradable: apoyo a golpes de Estado en Guatemala, Brasil, Chile, Argentina; respaldo a dictaduras militares anticomunistas; intervención directa en Cuba, República Dominicana, Granada, Panamá. Pero el resultado fue exitoso para los intereses estadounidenses.

Cuando Estados Unidos miró para otro lado

Con el derrumbe soviético, Washington entró en otra fase: la soberbia del ganador. Hubo una lectura dominante, teórica y práctica, que resumió bien Francis Fukuyama con su tesis del “fin de la historia”: el comunismo estaba derrotado, el mercado y la democracia liberal se impondrían solos y el mundo convergería de manera más o menos pacífica. Todos querrían ser amigos de Estados Unidos, indefectiblemente.

En ese clima, América Latina dejó de ser prioridad estratégica. Washington siguió influyendo, por supuesto, pero bajó significativamente el costo político interno de dejar que prosperaran gobiernos abiertamente hostiles o inestables en la región.

Después del 11 de septiembre de 2001, la obsesión pasó a ser otra: el terrorismo islámico y Medio Oriente. La maquinaria militar, diplomática e informativa de Estados Unidos se volcó casi por completo a Afganistán, Irak, Irán, Siria. El patio trasero quedó librado a su suerte.

China ocupa el vacío

Quien aprovechó ese vacío fue China. En 20 años, Beijing pasó de ser un actor marginal a convertirse en el principal comprador de commodities y socio comercial de buena parte de América Latina. Comprando soja, carne, cobre, litio y petróleo, China financió la fiesta de gasto público de los gobiernos que consolidaron el giro a la izquierda. Un giro marcadamente anti estadounidense.

Al mismo tiempo, China entró con infraestructura, créditos, telecomunicaciones y acuerdos estratégicos en puertos, represas y minas. Y, en casos como Venezuela, se aseguró acceso directo a petróleo y minerales a cambio de financiamiento y protección diplomática.

Estados Unidos dejó que eso ocurriera. Subestimó el alcance de China, creyó que su influencia era irreversible y compró su propia propaganda sobre el fin del comunismo. Trump es la respuesta a las consecuencias de los errores estratégicos de varias camadas de dirigentes demócratas y republicanos, que llevaron a Estados Unidos a perder poderío económico y político en América Latina y en todo el mundo.

La Doctrina Donroe: Monroe 2.0 con China en la mira

En la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, la Casa Blanca incluyó un capítulo que muchos analistas bautizaron como el “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe: un compromiso explícito de “reafirmar y hacer cumplir” la doctrina para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio, impedir incursiones hostiles y garantizar acceso a posiciones clave como el Canal de Panamá, Groenlandia y partes del Caribe.

En una entrevista con Sean Hannity, explicó que se trata de una “actualización de sentido común” de la Doctrina Monroe para el siglo XXI: América vuelve a ser “nuestro hemisferio”, los vecinos del sur son “nuestro patio trasero” y cualquier intento de China, Rusia o Irán de posicionarse militar o económicamente en la región será tratado como una amenaza directa.

El mensaje está escrito negro sobre blanco: “Negaremos a competidores la capacidad de posicionar fuerzas o controlar activos estratégicos en nuestro hemisferio”, dice la estrategia de seguridad nacional. Ahora, con Maduro capturado, esa doctrina dejó de ser PowerPoint y pasó a ser práctica: si sos un líder incómodo en el vecindario, apoyado en drogas, carteles o potencias rivales, podés terminar la noche siguiente en un avión rumbo a Estados Unidos.

Venezuela, Cuba y el verdadero alcance de la Doctrina Donroe

¿Por qué empezó por Venezuela? Porque era el caso perfecto. Una dictadura, con el principio de soberanía doblemente vulnerado. Primero, porque el soberano es el pueblo y en Venezuela está privado de decidir quién quiere que lo gobierne. Segundo, porque el aparato de seguridad estaba en manos de otros países. Los custodios cubanos de Maduro son sólo el ejemplo más burdo.

Durante años, Maduro vendió crudo con descuento a China, se financió con bancos chinos, se apoyó en Moscú para sostener a sus Fuerzas Armadas y le abrió la puerta a operadores iraníes. La captura del dictador, el bloqueo a los tanqueros sancionados y el anuncio de que Estados Unidos administrará la venta del petróleo venezolano son la respuesta directa a esa arquitectura.

La apuesta de Trump es simple: que los recursos venezolanos dejen de apuntalar a ese eje antiestadounidense y pasen a ser, directa o indirectamente, activos bajo órbita de Washington. Por eso habla de que las petroleras estadounidenses invertirán más de 100.000 millones de dólares en Venezuela y de que el país comprará “solo productos estadounidenses” con los ingresos.

Esto va mucho más allá de Caracas. Es muy difícil imaginar que Cuba pueda sobrevivir intacta si la Doctrina Donroe se consolida. La Habana es lo mismo que Maduro, con menos petróleo pero más peso simbólico. Y no es casualidad que Trump ya haya extendido el lenguaje de la Donroe a México —amenazando con ataques terrestres a carteles— y que haya vuelto a poner sobre la mesa la idea de que Groenlandia, con sus recursos y su posición estratégica, no puede seguir en manos de Dinamarca, un reino europeo.

La Doctrina Donroe también implica algo más pedestre: Estados Unidos va a seguir metiéndose en varias elecciones de la región, apoyando con recursos, declaraciones altisonantes y presión diplomática a candidatos alineados con sus intereses y castigando a quienes se acerquen demasiado a Beijing o Moscú. Ya lo vimos con el respaldo explícito a Javier Milei, con la bendición a Kast en Chile y con los guiños a la derecha brasileña frente a Lula.

El derecho internacional frente al poder de las potencias

¿Y el derecho internacional en todo esto? Las reacciones fueron previsibles. Naciones Unidas habló de una acción que “hace al mundo menos seguro”. Think tanks europeos y latinoamericanos calificaron la operación como una violación abierta de la prohibición de uso de la fuerza y compararon el caso con la invasión de Panamá en 1989 y con Irak en 2003.

Pero conviene decir las cosas como son. El derecho internacional, en buena medida, es una entelequia. No hay ley sin una fuerza superior capaz de imponerla. Y ninguna de las grandes potencias de este siglo —Estados Unidos, China, Rusia— está dispuesta a subordinar sus intereses estratégicos a un tratado o a un dictamen de la Corte Internacional de Justicia.

Rusia hace exactamente lo mismo en Ucrania: invadió, anexó territorios y luego buscó coartadas legales. China lo hace en el mar de la China Meridional: construye islas artificiales, militariza zonas disputadas y se burla cuando un tribunal arbitral la declara en violación del derecho del mar. Estados Unidos, ahora, hace lo propio en América.

¿Eso significa que van a empezar a invadir países y montar golpes de Estado como en los 60 y 70? Probablemente no. Y ahí está un punto clave: los que están realmente en problemas son, sobre todo, las dictaduras y los países que se alinean con potencias rivales de Washington. Si sos una democracia más o menos funcional, aunque critiques a Trump, es muy difícil que te conviertas en objetivo directo.

¿Está bien o está mal? No es la pregunta. La pregunta es si entendemos el mundo en el que estamos. Un mundo en el que el discurso oficial sigue hablando de derecho internacional, multilateralismo y soberanía, pero en el que las reglas de fondo las siguen marcando, como siempre, las potencias que tienen la fuerza para imponerlas. Durante mucho tiempo, Estados Unidos no quiso usar la fuerza o la usó de forma estúpida. La Doctrina Donroe vino a decirle al mundo que ya no será así.