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La decadencia de Europa: Donald Trump no la provoca, apenas la desnuda

Europa envejecía en silencio. Donald Trump apenas encendió todas las luces del salón y dejó al descubierto las debilidades de esa atildada señora acostumbrada a vivir al amparo del prestigio de su pasado.



El Viejo Continente luce más viejo y débil últimamente. La economía de la Unión Europea representa hoy una porción mucho menor del producto mundial, del que tenía hace apenas tres décadas. La población de Europa está avejentada, su productividad crece más lentamente que la de Estados Unidos y China y sus pesos geopolítico y simbólico han mermado, al tiempo que crece su dependencia estratégica en materia de defensa y energía.

Europa arrastra desde las últimas décadas grandes problemas que nacieron y crecieron a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, un segundo capítulo innecesario, una insana herencia que le dejó la Primera Guerra Mundial. Fue tal el espanto que atravesó ese continente durante la primera mitad del siglo XX, que desde entonces allí todo el mundo parece tomar decisiones con un peso moral insoportable y, por ello, se asumen posturas extremas que delatan, bajo el conservadurismo que ejerce, una falta de capacidad de imaginar un porvenir, mientras se hunde la nave.

Europa no sabe qué hacer con Europa y cómo comportarse en el mundo. El continente que ya vivió todas la vidas posibles llegó a su decadencia vital calzando un disfraz de diplomático cáustico, corto de movimiento pero no de verba esmerada, un ministro plenipotenciario inundado de sentido común, que, ahora, ya no puede quitarse el antifaz porque se le pegó a la piel. Por cierto, un fragmento del poema Tabaquería del portugués Fernando Pessoa, escrito en el vértigo y el vacío europeo de la entreguerras, delata a la perfección el malestar de ser Europa, siendo Europa:Cuando quise quitarme la máscara,/ estaba pegada a la cara./ Cuando logré arrojarla y me miré en el espejo,/ ya había envejecido”.

Ese conmovedor himno a la sensación de vacío existencial que escribió Pessoa, ilustra el proceso de Europa. Durante muchos siglos, Europa ha escogido ser muchas cosas a la vez. De hecho, siempre eligió ser las más importantes, las rectoras: dueña del credo dominante y las colonias emergentes y regidora conceptual de la construcción de la realidad, al punto de asumir para sí con toda naturalidad considerarse el centro del mundo, caldo del pensamiento filosófico universal y regente de los mundos del buen gusto, el modo de vivir y de creer y hasta el humano esclavizar.

Europa, siendo Europa. Foto Midjourney

Tan convencida de sí misma ha vivido Europa que, al no dudar en su momento, ahora se ha descubierto viviendo la adolescencia en su vejez. Llena de problemas actuales, como la falta de ímpetu productivo y de hijos genuinamente europeos que luego aporten al sistema previsional, el rechazo a los migrantes y la necesidad de ellos como fuerza laboral, la diversidad irresuelta de identidades nacionales, la incapacidad exhibida para competir con potencias menos distinguidas, tal vez, pero más potentes, como Estados Unidos, China y Rusia, el desbalance y alto costo de su transición energética, el cierre de industrias que se autoimpone en virtud del cuidado ambiental, la enorme fragmentación y hasta la debilidad que exhiben sus instituciones, como la Unión Europea, que delata el agotamiento de esta atildada señora mayor de edad que, en su retiro, depende de un hijo joven y maleducado llamado Estados Unidos, que ahora está a cargo de un hombre sin pruritos, confrontativo, personalista, ofensivo y, sí, maleducado también.

Como muestra, baste este abanico de hechos probados: Europa no tiene hoy una sola empresa entre las diez tecnológicas más valiosas del mundo. Los 27 países de la Unión Europea representan apenas el 17 % del producto bruto mundial nominal; en 1990 rozaban el 25 %. Para 2026, su crecimiento económico previsto equivale aproximadamente a la mitad del estadounidense. La fecundidad europea cayó a 1,34 hijos por mujer y casi el 22 % de la población supera los 65 años. El gas cuesta hasta cuatro veces más que en Estados Unidos y la electricidad, aproximadamente el doble, lo que favorece la huida de empresas europeas a suelo norteamericano. El propio Mario Draghi calculó que Europa necesita invertir 800.000 millones de euros adicionales por año para recuperar competitividad.

Son estos años difíciles para Europa y el despiadado Donald Trump disfruta humillándola al exhibir su deterioro biológico bajo luces escandalosamente delatoras. Lo hace Trump a través de dichos ásperos, directos y severos como eso de que la UE fue creada por perjudicar a Estados Unidos y también con decisiones que ponen la cordura europea al borde del infarto: el apoyo a rajatablas a las desalmadas acciones de Israel, la imposición de aranceles, la intención de comprar Groenlandia, el asalto a Venezuela y la extracción del presidente Nicolás Maduro y su esposa, el bombardeo a supuestas lanchas del narcotráfico, el abandono del Acuerdo de París, el desprecio hacia organismos internacionales como la ONU, la OMS y el OIEA, y, por estas horas, el ataque a Irán por sorpresa en plenas charlas hacia un acuerdo nuclear y la franca, directa, presión a la OTAN -en su gran mayoría integrada por las grandes potencias bélicas de Europa- para que compre armamento a USA e intervenga contra Irán y su bloqueo al estrecho de Ormuz. Es demasiado, es un montón.

Europa no sabe qué hacer con sí misma, porque no sabe qué hacer con Donald Trump, un hombre que desdeña la mejor herramienta que creó Europa para no tomar partido: la diplomacia permanente. Europa es diplomática porque de este modo gestiona los problemas pero no los resuelve, aunque se intuye que, puertas adentro, el Viejo Continente tiene a Donald Trump -el irritante, el abrasivo, el dañino, el grosero- atravesado en su aparato respiratorio. Ahora, Alemania y Reino Unido, siguiendo el tono de España, se han animado a plantársele un poco a Trump ante su intento de que la OTAN intervenga militarmente en el estrecho de Ormuz. Veremos hasta dónde llegan. No ha de ser para tanto. De alguna manera apoyarán al jefe. El pataleo no irá muy lejos.

Son años en que la guerra se ha vuelto un recurso, una salida hacia el abismo. Foto Midjourney

Por lo bajo, en la penumbra de sus seculares palacios, en los susurros de las catedrales, entre viñedos franceses y olivares españoles, en praderas de Suiza y Alpes italianos, en la pureza del aire escandinavo y la humedad británica brillando sobre las piedras que dan al mar, Europa deja ver su cansancio, abrumada por los horribles fantasmas que dejaron las grandes guerras. Europa se educó y educó al mundo para ser reconocida en su madurez como un ejemplo de lo razonable, lo atildado, lo pulcro y primoroso, lo indiscutible, pero, entre esos pliegos, entre líneas, a hurtadillas, puede olerse lo hábil y lo cobarde que sabe ser en eso de ocultar la basura bajo la alfombra: un solo niño muerto debiera ser suficiente y, sin embargo, mientras el esforzado lector busca llegar al final de esta columna, Unicef revela que decenas de niños por día mueren bajo impacto directo en distintas regiones del mundo, también en Europa.

Ahora, Europa está observando aquello de lo que es capaz Estados Unidos, el hijo que parió con todo esmero y resultado incierto, un crío que juega con aceros y chispazos y busca diferenciarse del aparente conservadurismo paternal, a través de las decisiones que toma el actual arrendatario de la Casa Blanca, poniendo al mundo en vilo, es cierto, pero también obligándolo a cambiar. Toda la institucionalidad que, siglos atrás, construyó Europa para regir las relaciones internacionales parece estar quebrándose. Tal vez sea algo bueno a mediano plazo o tal vez se acabe el mundo tal como lo conocemos. Quién sabe.

Europa, levántate y anda, si acaso recuerdas cómo hacerlo.

Ulises Naranjo.