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"Jamás se nos cruzó por la cabeza que iba a ser tan siniestro": familiares de desaparecidos y sobrevivientes recuerdan el día del golpe de Estado que hace 50 años cambió Argentina

El 24 de marzo de 1976 las fuerzas armadas derrocaron a la viuda de Juan Domingo Perón y establecieron un sistema represivo que se caracterizó por el secuestro, la tortura y desaparición de personas.



Aurora se despertó la mañana del 24 de marzo con el llamado de una compañera de estudios y escuchó cuatro palabras: "Por fin somos gobierno". La joven del otro lado de la línea tenía información fresca: trabajaba en el Ministerio de Defensa. Aurora respondió "ah bueno" y cortó.

"El golpe fue como a las 03:20 de la madrugada. Yo no estaba escuchando la radio. Si uno imagina que en esa época había las comunicaciones que hay hoy -con los noticieros 24 horas- se preguntaría '¿cómo no te enteraste antes?'. Pero así eran las comunicaciones en esos años".

Los diarios de la mañana no llegaron a informar del que sería uno de los levantamientos militares más anunciados de la historia argentina, que así experimentaba su sexto golpe de Estado en menos de 50 años (1930, 1943, 1955, 1966, 1973).

Desde León, España, donde se encuentra una de las misiones de su congreación, la monja Aurora Álvarez le cuenta a BBC News Mundo que desde los meses de verano se anticipaba el fin del gobierno de Isabel Perón, la viuda de Juan Domingo Perón que había asumido el poder tras la muerte de su marido en 1974.

"Yo trabajaba de preceptora en un colegio secundario y el 24 de marzo sentí que la naturalidad con la que nos relacionábamos se había vuelto un poco rara, pero ese primer momento no me pareció muy distinto a la vida cotidiana. Vi cierta inquietud en mi hermana, que militaba políticamente, pero era la misma inquietud que podía tener yo por dar catequesis en una villa miseria".

Gentileza Gabriela Poletti
Aurora (primera desde la izquierda) con otros familiares pidiendo justicia por su hermana Teresa.

La preocupación se instaló en la casa de los Álvarez, ubicada en la provincia de Buenos Aires, cuando la hermana que militaba, Teresa, le dijo a los padres que por una cuestión de seguridad era mejor que se fuera de la casa a vivir con una amiga.

"Después desaparece la hermana de un compañero de mi hermano más chico, una chica que tenía 18 años. Y ahí fue un toque de alerta. Luego una catequista cercana a la parroquia donde yo daba catequesis aparece muerta, ella y el marido. Y después una vecina..."

El 17 de noviembre de 1976 su hermana Teresa volvió por una noche a dormir al departamento familiar ubicado en la localidad de San Fernando. Esa noche, un grupo de tareas, como se les conocía a los comandos militares que secuestraban y desaparecían gente, irrumpió en la casa y se la llevó.

Aurora pasó años sin saber, siquiera, dónde militaba Teresa y adónde se la llevaron.

"Allí comienza la división de nuestras vidas, antes y después del secuestro de mi hermana. Y sentimos el aislamiento de los vecinos. Había mucho silencio. La gente no hablaba, no decía, no preguntaba. Nadie quería hacerse conocido de esta familia que pasaba a tener como lepra".

La violencia política previa

"A mi edad yo había ya vivido otros golpes e ingenuamente pensé, como creo que mucha gente pensó, que era un golpe más y que venía a terminar con la violencia para después abrir a elecciones. ¡Cómo nos equivocamos!".

Desde la ciudad de Córdoba, la periodista y exlegisladora Norma Morandini le dice a BBC Mundo cómo recibió la noticia del levantamiento militar.

La violencia a la que se refiere Norma eran los enfrentamientos dentro del peronismo entre grupos armados de izquierda (Montoneros) y grupo paramilitares de derecha conocidos como Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), además del accionar de otros grupos guerrilleros como el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), fracción armada del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).

En febrero de 1975, el gobierno de Isabel Perón decidió, a través del decreto presidencial N° 261/75, que los militares actuaran para lograr la "aniquilación de la subversión", lo cual -según la historiadora Gabriela Águila- acrecentó la presencia de los militares en la escena política convulsionada de esos meses:

"La subversión identificaban a las organizaciones político-militares y los grupos guerrilleros, pero adquirió para esta época un significado bastante más amplio: subversivos eran también activistas sindicales, estudiantes universitarios, jóvenes, intelectuales y artistas que van a ser afectados por este proceso represivo", le dice la historiadora a BBC Mundo desde la ciudad de Rosario.

Archivo del Senado de la Nación
Norma Morandini fue diputada entre 2005 y 2009, senadora entre 2009 y 2015 y candidata a la vicepresidencia de la República en 2011.

Cuando el golpe de Estado llega a los diarios el jueves 25, la noticia que se repite "es que la jornada del 24 de marzo ocurrió con total normalidad", explica la autora del libro "Historia de la última dictadura militar: Argentina, 1976-1983".

"No fue un día normal: la presidenta fue arrestada, el Congreso fue ocupado por soldados fuertemente armados, los cargos políticos en todo el país fueron depuestos, pero efectivamente había una cierta normalidad: el acostumbramiento en la sociedad argentina a que los militares, de vez en cuando, tomaran el poder".

"El darse cuenta de que ese no era un golpe de Estado como los anteriores tarda un tiempo. Y quienes efectivamente lo advierten con mayor crudeza y dramatismo son las víctimas del accionar represivo", añade Águila.

Norma Morandini supo en carne propia que no se trataba de un gobierno militar como los anteriores un año y medio después del 24 de marzo de 1976.

"En septiembre de 1977, secuestraron de mi casa a mis dos hermanos menores, Néstor y Cristina, que desaparecieron. Ahí comenzó nuestro el calvario. Ellos eran simpatizantes de la Juventud Peronista y creo que mi hermano estuvo en Montoneros".

La figura del desaparecido

La gran diferencia entre la dictadura de 1976 y todos los cinco gobiernos militares anteriores fue la desaparición sistemática de personas en un plan represivo aplicado al margen de la ley.

Se denomina desaparecidos a las personas que fueron secuestradas, torturadas y asesinadas cuyos cuerpos nunca fueron entregados a sus familiares, muchos de los cuales desconocen aún hoy qué pasó con sus seres queridos y dónde están sus cuerpos.

Cristina Aldini, quien militaba en la Juventud Peronista en los astilleros de San Fernando, rememora para BBC Mundo desde la provincia de Buenos Aires cómo fue el momento en que las personas comenzaron a desaparecer.

"Nosotros sabíamos que podía ser detenido un compañero pero que esta detención era legal, entonces se tomaban medidas: había que reclamar con los abogados y esperar a que fueran liberados o, si había algún motivo, el inicio de una acción penal. Pero cuando los compañeros que se llevan no aparecen, eso fue nuevo para nosotros".

Según las estimaciones realizadas en 1984 por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), la distribución por sectores del total de desaparecidos fue un 30,2% de obreros, un 21% de estudiantes, 17,9% de empleados, 10,7% de profesionales, 5,7% docentes y 1,3% de actores y artistas.

El hecho de que los obreros sean uno de los grupos más movilizados durante la década del 70 -y luego el grupo más castigado por el accionar represivo- debe enmarcarse en la situación económica previa al golpe de Estado.

"La economía argentina estaba sumida en una crisis muy profunda, con un enorme movimiento huelguístico que tenía que ver con la aplicación de un plan de ajuste en los primeros meses de 1975, que había afectado el salario, el empleo y el costo de vida; con una inflación disparada a niveles siderales", dice Gabriela Águila.

Por eso, el movimiento sindical es uno de los pocos que intenta una tenue resistencia el 24 de marzo de 1976, con el anuncio de un paro general que al final no se confirmó ni tuvo acatamiento.

Ese mismo día los militares, mediante la ley 21261, prohibieron el derecho a huelga.

Ese accionar militar contra sectores sindicales y obreros quedó reflejado en la historia de Iris Pereyra de Avellaneda.

Gentileza Eugenia Ponce de León
Iris Pereyra de Avellaneda en el acto de este 14 de marzo de 2026 en Campo de Mayo

A los pocos días del golpe, la cuñada de Iris recibió una llamada.

"Vivíamos tres familias en el mismo terreno en Munro (provincia de Buenos Aires) pero Margarita, mi cuñada, era la única que tenía teléfono. La llamaron unos compañeros y le dijeron: 'mirá Margarita que se viene una gorda, mejor que vos y Floreal se vayan de ahí'.

Floreal Avellaneda era miembro del Partido Comunista, pero no participaba en movimientos armados sino en la lucha sindical. Había sido delegado gremial en empresas como General Motors en los años 60 y en Talleres Electrometalúrgicos Norte (TENSA), a comienzos de los 70.

Cuando su hermana le comentó sobre la llamada él respondió "por qué nos vamos a ir si nosotros no hemos cometido ningún delito".

"Jamás se nos cruzó en la cabeza lo que nos podía pasar, nunca pensamos que sería un golpe de Estado tan siniestro. En el (golpe del) 55, cuando Floreal estuvo preso le dieron unas trompadas, unas patadas y nada más. Pero lo que hicieron estos genocidas después fue tremendo", le dice Iris a BBC Mundo desde Munro.

El 15 de abril, menos de un mes después del golpe, un grupo de tareas entró disparando al terreno donde vivían las tres familias. Como Floreal se escapó por los techos, se llevaron a Iris y a su hijo, llamado también Floreal Avellaneda y apodado "el negrito", que tenía 15 años.

"Fuimos el tercer secuestro de los compañeros de TENSA. De 27 compañeros que integraban la comisión interna hay 24 desaparecidos", recuerda la actual presidente de Liga Argentina de los Derechos Humanos y de la Asociación de Sobrevivientes de Campo de Mayo.

Madre e hijo fueron torturados en una comisaría de la provincia de Buenos Aires, donde Iris vio por última vez al "negrito" Avellaneda. Sin saberlo, ambos fueron trasladados a la guarnición militar Campo de Mayo, donde funcionaba el centro clandestino "El Campito".

"Los milicos me cagaron a palos, me torturaron, hasta un simulacro de fusilamiento me hicieron", recuerda Iris, quien a fines de abril de 1976 fue trasladada a la cárcel de Olmos y luego a la de Villa Devoto.

Hasta que salió en libertad en junio de 1978 no supo qué le había pasado a su hijo.

El golpe detrás de las rejas

El 24 de marzo de 1976 Adriana Chein estaba presa en el penal de Villa Devoto. Se enteró del golpe porque, al asomarse por las rejas, vio ametralladoras apuntando hacia su pabellón.

Había sido detenida en octubre de 1975 por la policía federal junto con su hermana. Tenía 18 años, militaba desde la adolescencia en el PRT/ERP, y estaba en la clandestinidad con su compañero porque también los buscaba la Triple A.

"En esa época ya había represión, no era como lo que fue después, pero sí ya existía. Nosotras estuvimos 20 días en condición de desaparecidas, mientras nos torturaban, hasta que nos legalizaron. En esos años todavía era más fácil legalizar: te pasaban a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN)".

Una de las grandes diferencias de ser un preso legal y estar en una cárcel común, no en un centro clandestino de detención, era que las familias sabían dónde estaban las personas que habían sido detenidas. Pero no había garantías de un trato digno.

"En diciembre del 75, cuando se empieza a preparar el golpe, se endurece muy fuerte el régimen adentro de Devoto. Para el 24 de marzo, nosotros hacía tres meses que no veíamos a nuestras familias, que no salíamos al patio, que no veíamos el sol", le cuenta Adriana a BBC Mundo desde la provincia de La Rioja, donde se encuentra temporalmente por los preparativos del 50 aniversario del golpe.

La cárcel de Devoto concentró durante la dictadura a todas las presas políticas del país. "Nosotros le llamábamos 'cárcel vidriera', porque la usaban los militares cuando venían los organismos de derechos humanos internacionales para decir que en Argentina no había campos de concentración".

Aunque a veces, la línea entre la legalidad y la ilegalidad podía cruzarse muy rápidamente. "Hubo compañeras que les dieron la libertad en Devoto y nunca más aparecieron. Eso sucedió en otras cárceles también".

Adriana estuvo siete años y medio presa. Salió de la cárcel el 10 de septiembre de 1982 y siguió bajo libertad vigilada hasta diciembre de 1983, cuando regresó la democracia.

"No estábamos en campo de concentración pero sí tenían políticas de destrucción adentro de lo que venía a ser un marco legal. Había un jefe de seguridad que nos gritaba 'ustedes de acá van a salir locas o muertas'. Nos sacaban todas las cosas. Teníamos una hora de recreo por día. Las celdas en general eran muy chiquititas y vivíamos cuatro en cada celda".

En la cárcel también habia interrogatorios y la aplicación de regímenes de conducta: "Te mandaban al pabellón de las irrecuperables, de las de vías de recuperación o de las recuperadas, pero eso era una cuestión totalmente subjetiva".

Esta clase de categorización se repitió de una forma aún más cruel en uno de los principales centros clandestinos de detención de la dictadura, la Escuela de Mécannica de la Armada (ESMA).

Gentileza María Claro
Adriana Chein bordando nombres de personas desaparecidas para el 50 aniversario del golpe de Estado.

De los tres comandantes militares que asumieron el poder el 24 de marzo de 1976 -Jorge Rafael Videla (Ejército), Emilio Eduardo Massera (Armada) y Orlando Ramón Agosti (Fuerza Aérea)- sólo uno intentó luego del golpe un proyecto político propio.

En uno de los capítulos más oscuros de la dictadura, Massera intentó utilizar para este proyecto a militantes que habían sido detenidos en la ESMA. Cristina Aldini fue detenida en 1978 en la vía pública y llevada a ese centro de torturas.

"Fue muy enloquecedor estar en la ESMA porque fue un centro clandestino muy particular por el proyecto político de Massera. Entonces se producían situaciones de una particular perversión. Nosotros estábamos inmersos en lo que era un proceso de 'recuperación' y se tornaba insoportable porque era caminar en una cornisa", le cuenta a BBC Mundo.

Parte de esa "recuperación" implicaba que, en ocasiones, Cristina era llevada a la casa de sus padres y dejada ahí, por un tiempo, para luego volver a ser detenida en la ESMA, lo que volvía a repetir una y otra vez el trauma del secuestro.

"Nuestras familias estaban de rehenes. A nosotros todo el tiempo nos amenazaban con llevarse también a mi hermana que había militado", dice la autora -junto con otras exdetenidas- del libro "Ese Infierno. Conversaciones de cinco mujeres sobrevivientes de la ESMA".

En un momento casi surreal, los militares obligaron a casarse por civil a su hermana

"Imaginate, genocidas que se llevaron puesto toda regla, todo límite humano, consideraron que estaba mal que ella estuviera en convivencia con su pareja. Entonces la obligaron a casarse por civil. Y fueron al casamiento. Es una experiencia enloquecedora, pero así se manejaban los dueños de la vida y de la muerte".

La "noche de los lápices"

Además de extender su política represiva al universo sindical y obrero -con el respaldo de amplios sectores del poder económico-, la Junta Militar también puso un especial énfasis en el sistema educativo -con el apoyo del sector civil más conservador.

No solo se erradicaron las actividades políticas de escuelas y universidades, sino que se controló el contenido de la enseñanza y fueron desaparecidos docentes y estudiantes.

En su informe del 2015, el Registro Único de Víctimas del Terrorismo de Estado (RUVTE) determinó que, en franjas etarias, el grupo de 20 a 24 fue el que más víctimas fatales (asesinatos directos y desapariciones) sufrió, con 2.749 muertos. Y también estimó que 617 de los asesinados y desaparecidos tenían entre 13 y 19 años.

"Cuando en diciembre de 1975, todavía en democracia, un compañero nuestro de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios), de 18 años, apareció colgado en un puente, vi que la edad no iba a ser ninguna barrera para la ferocidad de lo que se venía".

Emilce Moler le cuenta a BBC Mundo, desde la ciudad de Buenos Aires, lo que vivió en su juventud en la ciudad de La Plata. Hija de un policía retirado y antiperonista, ella comenzó a militar en la adolescencia en la UES, agrupación peronista y de izquierda.

"Yo estudiaba en una escuela de arte con un clima de libertad y una participación política muy fuerte. Uno no tenía la democracia como horizonte sino a la revolución social; a la vuelta de la esquina la teníamos".

En ese clima revolucionario, Emilce y sus compañeros debatían sobre el golpe que todos anticipaban: "Algunos planteaban que era mejor porque así se 'agudizarían las contradicciones', en mi grupo decíamos que con un golpe militar íbamos a seguir perdiendo libertades".

El 24 de marzo ella se enteró por la radio del levantamiento militar y ese día no hubo clases. Al otro día volvió a las aulas, pero muchos profesores ya no estaban y a los estudiantes les pedían el documento de identidad para entrar a la escuela.

Getty Images
Una marcha de las Madres de Plaza de Mayo en 1978, en plena dictadura.

El 16 de septiembre de 1976, también en la escuela, se entera de que se habían llevado a dos de sus compañeras de militancia, Claudia Falcone y María Clara Ciocchini. En la madrugada del 17 de septiembre fueron por ella.

"Hombres encapuchados entraron a mi casa buscando a una estudiante de Bellas Artes. No sabían ni mi nombre. Y aparezco yo, que soy muy bajita y a los 17 años era mínima, con mi pijamita. Los militares me vieron y dijeron: 'Esta es muy chiquita'. La despiertan a mi hermana y le dicen '¿Vos qué estudias?'. 'Filosofía'. Me preguntan a mí. 'Bellas Artes'. 'Bueno, llevemos a las dos', dijo uno. 'No, está el auto ocupado', respondió otro. 'Bueno, sos vos piba, vestite que sos vos'".

Lo último que recuerda de esa noche en su casa es que su madre la cubrió con un tapado mientras se la llevaban esposada. Su padre lo vio todo con un arma apuntándole a su cabeza, sin poder moverse.

"Y a partir de ahí, el infierno".

Emilce pasó por tres centros clandestinos. En el primero llegó a compartir celda con sus dos amigas, Claudia y María Clara.

Pero en enero de 1977, aún con 17 años, fue llevada a la cárcel de mujeres de Villa Devoto, donde estuvo presa hasta el 20 abril de 1978, cuando salió bajo libertad vigilada.

Su secuestro, junto al de otros nueve estudiantes secundarios aquel septiembre de 1976, se conoce aún hoy en Argentina con el nombre de "La noche de los lápices". Seis de ellos siguen desaparecidos, incluyendo Claudia Falcone y María Clara Ciocchini.

Cuándo, cómo, dónde

"El concepto de desaparecido no lo teníamos, lo tuvimos recién en democracia, cuando buscamos en todos los lugares donde pudieron estar y no encontramos nada", dice Emilce.

Tras el regreso a la democracia, muchos familiares de desaparecidos comenzaron a saber más sobre lo ocurrido, primero, gracias al trabajo de la CONADEP en 1984 y, luego, con el juicio a las Juntas Militares de 1985.

Aurora Álvarez no supo nada más de Teresa hasta que en 1986, cuando ya había tomado los hábitos religiosos, conoció a la amiga con quien se había ido a vivir su hermana cuando dejó la casa familiar.

"Era una sobreviviente de la ESMA que me contó, 10 años después del golpe, de su militancia en la juventud peronista en San Fernando, pero nunca supimos dónde estuvo detenida".

Durante los juicios por la violación de derechos humanos que se produjeron tras la llegada de la democracia, un abogado la situó en Campo de Mayo, pero esto nunca se confirmó.

La amiga de Teresa Álvarez era Cristina Aldini, quien fue la persona que le contó a Aurora sobre la militancia de su hermana.

Cristina, por su parte, se enteró por los mismos represores que la torturaban de la suerte de su compañero, abatido un día después de que ella fuera detenida.

En la ESMA, le mostraron la alianza que le sacaron tras asesinarlo e incluso le permitieron ver su cadáver, pero jamás le dijeron qué hicieron con el cuerpo.

Gentileza Adriana Chein
Una baldoza en el colegio donde estudió el compañero de Adriana Chein sirve como homenaje a su memoria.

Apenas se reinstauraron las visitas en el penal de Villa Devoto tras el golpe de Estado, Adriana Chein pudo recibir la visita de su madre en abril de 1976. Allí supo que su compañero había desaparecido el 29 de marzo, cinco días después del levantamiento militar. Sigue buscando información sobre lo ocurrido.

"Siempre aparece una puntita más por donde tirar el hilo, una nunca cierra la esperanza hasta no tener más datos; sabemos que los mataron, que los torturaron, que los fusilaron, pero queremos sabér cuándo, cómo, dónde, y de esta manera, cada tanto, me acerco a un dato más de él".

Norma Morandini tardó muchos años en saber que Néstor y Cristina estuvieron detenidos en la ESMA: "Yo siempre digo que si mis hermanos cometieron un delito, tenían que ser juzgados y yo, en lugar de estar en una tribuna hablando, estaría visitándolos en la cárcel. Esta es la perversión de la figura del desaparecido, alguien a quien no se ha visto morir, no tiene cruces, no tiene rezos".

El hijo de Iris Pereyra de Avellaneda desapareció dos veces.

Tres días después de su liberación del penal de Villa Devoto, en junio de 1978, su familia le contó que Floreal, tras esa última vez que lo vio en una comisaría de la provincia de Buenos Aires, había sido llevado a Campo de Mayo donde fue brutalmente torturado.

Su cadáver apareció el 14 de mayo, el mismo día que hubiera cumplido 16 años, en la costa uruguaya, producto de uno de los primeros "vuelos de la muerte", la metodología de subir detenidos a helicópteros y aviones (a veces ya muertos, a veces sedados) para arrojar sus cuerpos aguas adentro.

Tras lograr su libertad, Iris trató de repatriar el cuerpo de su hijo pero este había desparecido nuevamente y jamás volvió a aparecer.

BBC

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FUENTE: BBC