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Hormonas de Estado: polémica por el programa del Ejército de Estados Unidos

El nuevo programa del Ejército de Estados Unidos, que incluye exámenes de hormonas anuales, genera debate al contrastar con las guías médicas actuales.

Hormonas, medicina y poder: el debate sobre quién fija los límites del rendimiento humano.

Hormonas, medicina y poder: el debate sobre quién fija los límites del rendimiento humano.

Generada con IA

En julio de 2026 el secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, anunció un programa de tamizaje hormonal para las fuerzas armadas. Todos los militares de 30 años o más pasarán por un examen anual de testosterona como parte de su evaluación médica periódica, y los menores de 30 podrán pedirlo de forma voluntaria. Si el examen detecta niveles bajos, el soldado podrá recibir una terapia de reemplazo, es decir, testosterona sintética administrada bajo supervisión médica. Hegseth presentó la iniciativa en un video que él mismo tituló el Departamento de Guerra de Alta Testosterona. Prometió tropas en el filo de la letalidad, aclaró que el tratamiento sería opcional y que no se trataba de una mejora artificial.

La terapia de reemplazo de testosterona es un tratamiento legítimo, tiene indicaciones claras y beneficios comprobados en hombres con hipogonadismo confirmado, esta es la incapacidad del cuerpo para producir la hormona en niveles normales. El debate es sobre buscar la hormona en toda una población que no presenta síntomas.

El debate sobre el tamizaje hormonal en el Ejército de Estados Unidos

Ahí la medicina respondió con frialdad porque la deficiencia real de testosterona afecta a cerca del 2% de los hombres incluso hasta los 79 años, según Peter Snyder, el investigador que dirigió los mayores ensayos clínicos sobre el tema en Estados Unidos. Las guías médicas recomiendan medir la hormona solo cuando existen síntomas y tratar solo cuando tres análisis matinales confirman valores bajos. El tamizaje universal contradice esa recomendación de forma directa. El Pentágono no citó ningún estudio que respaldara el examen masivo. Tampoco aclaró qué ocurrirá con el soldado que rechace el tratamiento recomendado. El programa nace de una prioridad operacional antes que de una necesidad clínica demostrada.

Entre 1968 y 1989 Alemania Oriental ejecutó el Plan Estatal 14.25, un programa secreto de dopaje que alcanzó a unos 10.000 atletas. El instrumento principal fue el Oral-Turinabol, un esteroide anabólico fabricado por el laboratorio estatal Jenapharm. Los esteroides anabólicos son derivados sintéticos de la testosterona que aceleran la construcción de músculo. Por su parte, los entrenadores entregaban las pastillas azules como si fueran vitaminas, a pesar que muchos atletas eran menores de edad. Una proporción enorme eran mujeres y niñas, porque el efecto de la testosterona sobre un cuerpo femenino es mucho mayor que sobre uno masculino.

El resultado deportivo fue asombroso, así, un país de 17 millones de habitantes desplazó a Estados Unidos del segundo puesto en los medalleros olímpicos y en los Juegos de Montreal de 1976 las nadadoras de Alemania Oriental ganaron 11 de las 13 pruebas femeninas.

El resultado humano llegó después, cuando ya nadie miraba. Las víctimas sufrieron daños hepáticos, cánceres, infertilidad, depresión y malformaciones en sus hijos. Las mujeres padecieron una virilización irreversible con voz grave, vello facial y alteración de los órganos. El caso más citado es el de Heidi Krieger, campeona europea de lanzamiento de bala en 1986. Las dosis que recibió sin saberlo masculinizaron su cuerpo; años más tarde decidió transicionar y hoy vive como Andreas Krieger. Su historia personal es más compleja que una reacción química y él mismo lo explicó así. El estado alemán le administró sustancias que alteraron su cuerpo sin su conocimiento y le quitaron la posibilidad de descubrir por sí mismo quién era. El agravio no es la identidad que encontró, sino la decisión que le robaron.

La justicia llegó tarde porque recién en el año 2000 un tribunal de Berlín condenó al jefe deportivo Manfred Ewald y al médico Manfred Höppner por lesiones a menores. Recibieron penas en suspenso y Alemania creó dos fondos de compensación, uno en 2002 y otro en 2016, para indemnizar a las víctimas con sumas modestas. Muchos de los responsables directos nunca respondieron ante nadie.

Estos dos casos no son iguales y quien los compare sin matices comete un error. El programa alemán fue secreto, coercitivo, aplicado a menores engañados y con dosis diseñadas para superar el rendimiento normal. El programa estadounidense es público, formalmente voluntario y se presenta como la restitución de niveles normales en adultos bajo control médico. La distancia entre ambos es real.

Pero la comparación no vive en la dosis sino en la estructura, y esta repite 4 rasgos.

Prioridades institucionales vs. salud individual en programas de hormonas

Primero, en ambos casos la iniciativa nace del objetivo institucional y no de una demanda médica documentada. Alemania Oriental buscaba medallas que legitimaran al régimen y el Pentágono busca letalidad. La salud del individuo aparece en ambos discursos como instrumento del rendimiento y no como fin.

¿Qué tan voluntaria es la elección en una jerarquía militar?

Segundo, la voluntariedad dentro de una jerarquía es un concepto frágil. Una nadadora de 15 años en Leipzig no podía negarse a las vitaminas de su entrenador. Un soldado de hoy conserva el derecho formal a rechazar el tratamiento, pero la experiencia militar enseña que las decisiones formalmente libres reciben el peso de la cultura institucional, de las evaluaciones de desempeño y de las expectativas de los superiores. Cuando el jefe máximo celebra en público la testosterona alta y desprecia a los militares con sobrepeso, el costo de decir no deja de ser cero.

La política se impone al criterio médico en la administración de hormonas

Tercero, en ambos casos la política se impuso sobre el criterio médico vigente. Los médicos alemanes sabían lo que administraban y callaron por disciplina. El Pentágono lanzó un tamizaje universal que las guías de endocrinología desaconsejan de manera explícita y no presentó la evidencia que justificara la excepción; entre tanto, desconocemos los motivos de esa omisión.

Cuarto, los efectos de medicar hormonas a escala poblacional se conocen décadas más tarde. Las atletas alemanas se doparon en los años 70 y descubrieron el precio en los 90, cuando el país que las dañó ya no existía. La brecha fue de unos 30 años. Si el programa estadounidense produce consecuencias, esa misma aritmética las ubica cerca de la mitad del siglo, cuando sus autores ya no ocupen ningún cargo.

Consecuencias a largo plazo: la historia como advertencia

El caso alemán no prueba que el programa estadounidense termine mal, sino algo más contencioso, ya que nadie sabe cómo termina. La última vez que un Estado repartió hormonas a su gente la cuenta llegó una generación después y la pagaron los cuerpos que menos habían decidido. La historia no se repite, pero factura con intereses.

Las cosas como son.

*Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.