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El duro testimonio de la esposa de Germán Giuliani, uno de los argentinos secuestrados en Venezuela

Virginia, esposa de Germán Giuliani, relata el drama familiar, la incertidumbre por su liberación y el apoyo inesperado que recibió.

Virginia Rivero

Virginia Rivero

Agustín Tubio / MDZ

Virginia, la esposa de Germán Giuliani, vive una pesadilla desde mayo de 2025, cuando su marido fue detenido en Venezuela durante un viaje de trabajo. Desde entonces, enfrenta la incertidumbre, el dolor de sus hijos y una lucha diaria por lograr su liberación. En diálogo con MDZ, cuenta cómo fue enterarse por los medios de la detención, las versiones cambiantes sobre los cargos y el esfuerzo por mantenerse en pie.

A un mes de la detención de Nicolás Maduro y ante la promesa de liberación de presos políticos, Virginia mantiene la esperanza aunque no hay certezas. "Fue como una luz en este camino de oscuridad", admite. En medio del drama, destaca el apoyo de desconocidos venezolanos y convoca a una concentración en Buenos Aires para pedir por la libertad de Giuliani.

Mirá la entrevista completa a Virginia Rivero de Giuliani

Entrevista Virginia Rivero

-¿Cómo estás viviendo este momento después del anuncio de liberaciones en Venezuela?
-Es un momento muy difícil, aunque distinto al del año pasado. En enero empezamos a ver señales, pequeños movimientos. El 8 anunciaron la liberación de presos políticos, pero todo está sucediendo de forma lenta, sin orden. No hay un patrón claro, no sabemos cómo eligen a quién liberar. Y mientras tanto, Germán y Nahuel Gallo siguen detenidos. Entonces estamos entre la esperanza y la angustia. Nos ilusionamos con cada noticia, pero también nos frustramos porque los días pasan y nada cambia. Es una espera insoportable.

-¿Cómo te enteraste de la detención de Germán y qué pensaste en ese momento?
-Fue tremendo. Me enteré el 23 de mayo por una nota en un medio. A las pocas horas me llamó Cancillería para confirmármelo. Quedé en shock. La noche del 20 habíamos hablado, Germán me dijo que la semana siguiente estaría en casa. Mi hijo más chico, Timoteo, justo lo había visto en línea y lo llamó. Germán le prometió que volvía pronto. Y de repente, al otro día, nos enteramos de que estaba preso. Al principio pensé que era un error, que habían subido una imagen falsa. Me preguntaba si era algún tipo de inteligencia artificial. Vi una foto de él y ni lo reconocí: el pelo distinto, sin gel, desprolijo. Me negaba a creer que era real.

-¿Qué explicaciones te dieron sobre los cargos o las razones de su detención?
-Al principio nos dijeron que lo asociaban a María Corina Machado. Germán no tenía ni idea de quién era. Le gusta la política, pero jamás estuvo involucrado con nada allá. Después lo acusaron de narcotraficante, terrorista, mercenario. Cada vez más grave, más inverosímil. Y ahí empezamos a entender que eso pasa en Venezuela: cualquier excusa es válida para encarcelar. Conocí casos de profesores que por enseñar a votar terminan presos, o gente que sube un TikTok contra el régimen y desaparece. Es parte del sistema. Germán fue un blanco más de esa lógica.

-Sin tener contactos allá, ¿cómo lograste seguir su rastro?
-Fue gracias a la gente. Cuando lo trasladaron en diciembre, perdí totalmente el rastro. Estábamos desesperados. Y ahí empezaron a aparecer venezolanos que no conocíamos, familias que nos escribieron para decirnos que Germán estaba en Yare. Fue increíble. También me contacté con María, la esposa de Nahuel Gallo. Ella fue clave. Me dijo que la única manera de proteger a Germán era denunciando. Me dio los contactos del Foro Penal en Venezuela. Acá un amigo de Germán que es abogado se encargó de toda la parte legal en Argentina. Pero allá no se puede hacer nada. No hay justicia, no hay proceso, no hay derecho. Te das cuenta de que estás solo frente a un régimen.

-¿Pudo tener algún tipo de defensa legal? ¿Hubo audiencias?
-No. Lo llevaron una sola vez a una audiencia, pero nunca se realizó. Fue todo una farsa. El Foro Penal ya nos había advertido que eso pasa: simulan audiencias sin pruebas. Ese día fue la única vez que Germán salió al aire libre en siete meses. Siete meses encerrado en una celda con otras personas, sin ver la luz del sol, sin visitas. Ni siquiera tuvo la posibilidad de ver a su familia o cruzarse con otros detenidos como Nahuel. La falta de contacto humano fue lo más cruel. Lo sostuvieron sus compañeros de celda y, sobre todo, Ramón Centeno, un periodista venezolano que también estuvo preso y que fue liberado hace poco.

-¿Cómo vivieron esta situación tus hijos?
-Fue devastador. Tengo tres hijos: Joaquín, de 19; Uma, de 17; y Timoteo, que ahora tiene 11. Nadie está preparado para algo así. Al principio, todo era irreal. Yo hablaba con gente y decía: “Siento que estoy contando un capítulo de una serie de Netflix”. Busqué ayuda psicológica para los tres y para mí también. Timoteo fue el que más lo sufrió. Desarrolló miedos, se angustiaba todo el tiempo, preguntaba por su papá. En su colegio lo contuvieron muchísimo, tanto los docentes como las familias de sus compañeros. Eso nos ayudó a sostenernos. Pero el dolor sigue ahí, todos los días.

-¿Qué sentiste cuando detuvieron a Nicolás Maduro?
-Sentí que algo se encendía. Que se abría una puerta. Yo sabía que algo iba a pasar, pero no sabía cuándo. Venía de semanas muy duras. El 21 de diciembre habían trasladado a Germán y desde entonces no sabía nada de él. Me dijeron que cuando los trasladan a un nuevo centro, los aíslan por 21 días. No podía dormir. El 3 de enero, cuando supe de la detención de Maduro, sentí que por fin había una señal. Que no estábamos solos. Que había una oportunidad de que Germán saliera de ese infierno. Fue una luz en medio de la oscuridad.

-¿Pudiste volver a hablar con Germán? ¿Cómo fue ese primer contacto?
-Sí. El 16 y el 19 de enero nos llamó. Fue la primera vez que hablé con él desde mayo. Antes, apenas le permitieron hacer una llamada a los 15 días de ser secuestrado. Durante meses, la única información que teníamos era por familiares de otros presos que nos ayudaban desde allá. Nos decían si lo habían visto, si necesitaba algo. Gracias a ellos pudimos enviarle algo de dinero para que pudiera comer, tener lo básico: pasta de dientes, papel higiénico. Cuando lo trasladaron, perdimos el contacto total. Pasaron 26 días hasta que me llamó y me dijo: “Estoy en Yare II”. Es una cárcel de máxima seguridad. Escucharlo fue un alivio, pero también una confirmación del horror en el que está. Y sin embargo, está fuerte. Me sostiene su voz, su entereza. Él me da fuerzas a mí.