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El clima como coartada: la excusa del cambio climático frente a la industria

La crisis en la industria textil asiática, que emplea a millones, es presentada como una consecuencia del cambio climático, pero las causas reales son otras.

El cambio climático se usa como excusa ante la crisis de la industria textil.

El cambio climático se usa como excusa ante la crisis de la industria textil.

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Casi toda la ropa barata del mundo se cose en un puñado de países asiáticos. Bangladesh, un país pequeño y densamente poblado entre India y Birmania, vive de la confección. Esta representa cerca del 80% de sus exportaciones y emplea a millones de personas, en su mayoría mujeres. Lo mismo ocurre a menor escala en Pakistán, en Camboya y en Vietnam. Así, las camisetas que cuestan 5 euros en una tienda de Madrid o de Buenos Aires salieron de fábricas de Dacca, la capital bangladesí, o de Nom Pen, la capital camboyana. Entre tanto, esa industria atraviesa una crisis verdadera porque las fábricas producen menos, retienen menos trabajadores y ganan menos dinero. Sobre ese hecho no hay disputa. Sin embargo, la disputa empieza cuando alguien pregunta por la causa y la respuesta que domina los informes, las conferencias y los titulares es el clima. La queja es que hace demasiado calor para trabajar.

Conviene leer la letra pequeña de esos informes. El indicador más citado del mundo pertenece al Lancet Countdown, un consorcio académico asociado a la prestigiosa revista médica británica The Lancet que publica cada año un balance sobre clima y salud. Ese indicador no mide horas de trabajo perdidas, sino tiempo potencialmente malogrado. Y la diferencia entre ambas palabras sostiene todo el edificio.

El método es el siguiente, los investigadores toman una medida llamada temperatura de bulbo húmedo, que combina el calor, la humedad y la radiación solar para estimar cuánto sufre un cuerpo humano en un ambiente dado; luego, le asignan a ese cuerpo el esfuerzo físico típico de un obrero de cada sector. Y con esas dos variables calculan cuántas horas debería dejar de trabajar una persona teórica sometida a ese calor teórico. El resultado se multiplica por la cantidad de trabajadores de cada país y se anuncia como pérdida económica, es decir, nadie contó horas, no se visitó una fábrica con un cronómetro y tampoco se comparó la producción de un taller fresco con la de un taller caluroso. Este es un modelo fisiológico que convirtió grados en dinero y la prensa transformó la estimación en hecho consumado. Con ese método se anunció que el calor causó la pérdida de $640.000 millones de horas de trabajo en 2024, un 98% más que en los años 90. Si bien la cifra es enorme, es, en rigor, una deducción matemática. El famoso dato de que Bangladesh perdió un 92% más de horas que en aquella década pertenece a la misma familia, con horas que un cuerpo imaginario debería padecer, no horas que un trabajador real resignó.

Crisis laboral y proyecciones climáticas

Los informes específicos sobre la ropa repiten la operación y añaden un paso más audaz. El proyecto Higher Ground de la Universidad de Cornell, una de las más respetadas de Estados Unidos, toma proyecciones de temperaturas futuras en 30 ciudades textiles y calcula cuántas exportaciones y cuántos empleos se perderán en 2030 y en 2050. Es decir que aplica el modelo hipotético de hoy a un clima hipotético de pasado mañana. Son conjeturas sobre conjeturas, presentadas con la precisión contable de un balance auditado.

Mientras tanto los factores medibles, los que dejan facturas y registros, aparecen relegados al pie de página. El primero es brutal en su simplicidad, las grandes marcas internacionales de moda pagaron a sus proveedores asiáticos precios casi congelados durante 25 años. Una camiseta básica cuesta hoy en el mostrador más o menos lo mismo que a fines de los años 90, y lo que la marca le paga a la fábrica cambió aún menos. Un cuarto de siglo sin trasladar la inflación destruye los márgenes de cualquier empresa del planeta, con calor o sin él. Sin margen no hay inversión, y por ende no se hace imposible la ventilación, las máquinas nuevas y los salarios capaces de retener a nadie. El segundo factor es la crisis energética. Bangladesh sufre cortes de luz programados porque no puede pagar el combustible que alimenta sus centrales. Cuando se interrumpe la electricidad se apagan los ventiladores y se detienen las máquinas. Es decir, un apagón paraliza una fábrica a cualquier temperatura. El tercer factor es generacional. Los hijos de las costureras bangladesíes y vietnamitas estudiaron más que sus padres y ya no aceptan la línea de costura como destino. Ellos prefieren el comercio, los servicios, el reparto con motocicleta o la emigración. Ese éxodo ocurriría igual con dos grados menos, porque en todo el mundo y en toda época los jóvenes con educación abandonan el trabajo que sus padres tomaron por necesidad.

La paradoja de la narrativa del cambio climático

Cada uno de estos tres factores es verificable y cuantificable y falsable. Los precios constan en contratos y los apagones aparecen en los registros de la red eléctrica. El cambio generacional se refleja en las estadísticas de matrícula escolar y de empleo. La explicación climática descansa en cambio sobre horas hipotéticas que ningún capataz anotó jamás en ningún cuaderno. Y sin embargo la jerarquía narrativa es la inversa porque el clima ocupa el título y los contratos ocupan la nota al pie.

La pregunta obligada es por qué. No hace falta postular una conspiración, sólo basta con mirar quién produce los informes y qué gana con cada explicación. El estudio insignia sobre calor y confección fue elaborado por Cornell junto con Schroders, una gestora británica que administra inversiones por cientos de miles de millones y vende a sus clientes análisis de riesgo climático.

Su continuación fue coproducida con la Corporación Financiera Internacional, el brazo del Banco Mundial que presta dinero para proyectos de adaptación al clima. Una gestora que vende riesgo climático necesita que ese mismo riesgo climático sea el protagonista. Un banco financiando la adaptación necesita que haya algo a lo cual adecuarse. La explicación climática genera conferencias, fondos multimillonarios, métricas de sostenibilidad y carreras académicas enteras. La explicación de los precios congelados sólo genera que las marcas paguen más por cada camiseta. Entre una explicación que moviliza miles de millones ajenos y otra que exige dinero propio, la industria del informe eligió la primera. No es corrupción en el sentido penal, sino una selección natural de narrativas donde sobrevive la que financia a quien la cuenta.

Negacionismo y causas reales

El resultado es una inversión perfecta de la carga de la prueba. La correlación entre calor y crisis se acepta como causa sin demostración, porque el modelo que la produce ya asume la causalidad que dice probar. Los orígenes demostrables se degradan a factores agravantes, y quien señala la maniobra queda automáticamente del lado de los negacionistas. Y esta es la manera moderna de clausurar una pregunta legítima sin responderla.

El calor en Dacca es real y los termómetros no mienten. Pero la medida de la temperatura no explica 25 años de precios inmóviles, una red eléctrica quebrada, o una generación que ya no quiere coser camisetas para el hemisferio norte. Esos problemas tienen responsables con nombre y soluciones con precio, sin embargo el clima tiene la virtud de carecer de ambos; por eso sirve tanto. La crisis de las fábricas asiáticas tiene causas que se pueden auditar y una coartada que solo se puede creer.

Las cosas como son.

*Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.