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Cómo fue la "primera guerra de la historia" en la región donde hoy se encuentra Irán

Hace 4.500 años, dos ciudades lucharon por recursos clave. Y dejaron el primer testimonio escrito de una guerra.



Biblioteca Nacional de Israel
Mapa de Ptolomeo que muestra la región de la Luna Creciente Fértil (con ilustraciones adicionales dibujadas a mano en 1486).

Arcos y flechas, lanzas, espadas de bronce y organización táctica, con movimientos calculados y acciones planificadas. Los desacuerdos, que a menudo desembocan en la muerte, han acompañado a la humanidad desde sus inicios, señalan los expertos.

Pero fue el comienzo de lo que se ha llegado a llamar civilización lo que trajo la idea de la lucha organizada, con esfuerzos colectivos para derrotar al grupo enemigo.

Las guerras nacieron con la civilización, y el escenario de las primeras fue en la cuna de la segunda: la región conocida como la Luna Creciente Fértil, una vasta zona de Medio Oriente que abarca Mesopotamia y sus alrededores.

Fue en esta zona donde los humanos comenzaron a dominar las técnicas agrícolas y ganaderas, inaugurando un estilo de vida sedentario que condujo al surgimiento de las ciudades.

La organización bajo un poder dominante implicaba pensar tanto en estructuras de defensa, como en adquirir más riqueza y tierras, preferiblemente con mejor acceso al agua.

Según una investigación del historiador británico John Baines, existen pruebas de que los conflictos entre ciudades se producían con cierta frecuencia alrededor del año 3000 a.C. en la región que hoy comprende Irak e Irán.

En su libro "Guerra, ¿para que sirve?", el historiador y arqueólogo británico Ian Morris sitúa la creación de los primeros ejércitos mínimamente organizados aproximadamente en esa época y esa región.

Pero, como declaró en su libro "Historia de la guerra" el historiador británico John Keegan, "la historia de la guerra comienza con la escritura".

"Fechamos la 'historia' desde el momento en que el hombre comenzó a escribir o, más precisamente, desde que dejó huellas de lo que reconocemos como escritura".

Y fueron los sumerios quienes escribieron sobre batallas de la que se considera, bajo esos parámetros, la primera guerra de la historia de la humanidad.

Sumeria fue una civilización que se extendió por la región sur de Mesopotamia entre la Edad del Cobre y la Edad del Bronce, es decir, entre el 3300 y el 1200 a.C.

Durante unos 250 años, entre el 2600 y el 2350 a.C., dos ciudades-estado de este pueblo -Lagash y Umma- libraron una guerra, de la cual existe registro escrito.

En total, hay 18 inscripciones, todas ellas dejadas en tablillas de arcilla por los gobernantes de Lagash.

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Detalle de la Estela de los Buitres, una serie de grabados conmemorativos que ilustran y relatan la victoria de Lagash sobre Umma, circa 2450 a.C.

El de Umma-Lagash fue un conflicto organizado y sistemático entre dos estados, con pruebas documentadas.

Según la historiadora Katia Pozzer, profesora de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, donde coordina el Laboratorio de Estudios del Antiguo Oriente, no es posible datar la primera guerra.

Sin embargo, indica, "existe mucha documentación que nos revela que la guerra era una realidad omnipresente en el mundo mesopotámico".

"En el imaginario mesopotámico, saber cómo hacer la guerra era uno de los atributos del mundo civilizado."

Estructura militar

Morris sugiere que los primeros ejércitos de soldados disciplinados, "dispuestos a luchar y matar al enemigo cuando se les ordena", o incluso "a asaltar altas murallas, a pesar del aceite hirviendo, las lluvias de piedras y flechas", coinciden con el mismo período en el que surgieron los gobiernos centralizados.

Esto ocurrió alrededor del año 3300 a.C. en Medio Oriente. A partir de entonces, los conflictos comenzaron a resolverse mediante batallas campales, incursiones planificadas y asedios.

Lagash y Umma estaban separadas por unos 30 kilómetros. Y la disputa tenía una razón objetiva: el control de una zona fértil en la frontera entre ellas llamada Guedena.

Cuando Umma tomó posesión de ese terreno, pasó a controlar el flujo de agua que abastecía a Lagash.

Se intentó resolver el problema por vía diplomática, con el arbitraje de un rey que ejercía su poder en toda la región meridional de Mesopotamia. Este falló a favor de Lagash. Pero, sin el consentimiento del gobernante de Umma, la aprobación real solo sirvió para justificar una guerra.

"Fue una disputa fronteriza que acabó degenerando en guerra", resume el periodista Reinaldo José Lopes, autor del libro "Homo Ferox: Los orígenes de la violencia humana y qué hacer para vencerla".

"Las motivaciones parecen haber sido esencialmente territoriales y económicas, especialmente la disputa por las zonas agrícolas fértiles y los canales de riego que eran vitales para la producción agrícola en una región que dependía del control del agua", explica el geógrafo y politólogo brasileño Gunther Rudzit, profesor de la Escola Superior de Propaganda e Marketing.

"El resultado inmediato fue la victoria de Lagash y la imposición de condiciones a Umma, incluyendo el pago de tributos y la definición de fronteras".

Sin embargo, la paz no llegó. Gradualmente, el conflicto terminó involucrando a otros pueblos de la región, con tropas del reino de Hamazi, de parte del territorio actual de Irán, y del reino de Uruk, entonces la mayor potencia de la región.

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El triunfador: Sargón I de Acadia (en acadio Sharrum-kin, "rey legítimo", "rey verdadero") ante un árbol de la vida. Conocido como Sargón el Grande fue el fundador de la dinastía semítica acadia.

El penúltimo capítulo de esta sucesión de batallas llegó con las victorias de Lugalzagesi, rey de Umma, quien posteriormente conquistaría toda Mesopotamia. Su hegemonía fue finalmente quebrada por el rey Sargón de Acadia, quien en el choque final de la serie derrotó a Lugalzaguesi y fundó un imperio regional, sometiendo a Umma y Lagash, entre otras ciudades, a su dominio.

"Al parecer, fue el primero en emprender una guerra de mayor envergadura con el objetivo de expandir su territorio por medios militares. Rompió con el paradigma de las ciudades-estado para construir un imperio donde ejerció hegemonía política sobre un vasto territorio formado por varias ciudades-estado", explica Pozzer.

Conocido como Sargón el Grande (c. 2360 a.C.-2279 a.C.), era tan poderoso que, señala Morris, tenía un ejército permanente de 5.400 hombres.

"Sus súbditos les proporcionaban alimentos, lana y armas para que sus soldados pudieran entrenar a tiempo completo", afirma el arqueólogo.

Los ingredientes para la guerra

Keegan cree que las guerras no eran muy comunes desde los inicios de la civilización sedentaria hasta este período de conflicto sistemático entre Lagash y Umma, principalmente porque la densidad de población mundial aún era baja.

Aunque la población mundial aumentó de 5 o 10 millones en el año 10.000 a.C. a quizás 100 millones en el año 3.000 a.C., muy pocos lugares tenían una alta densidad de población.

"Los cazadores-recolectores necesitaban entre 2,5 y 10 kilómetros cuadrados de territorio para subsistir por persona. Los agricultores podían mantenerse a sí mismos y a sus familias en áreas mucho más pequeñas", escribe.

"En esas circunstancias tan duras y a la vez tan vastas, la necesidad de luchar no debió de ser fuerte. La tierra era prácticamente gratuita para cualquiera que quisiera caminar unos kilómetros y quemar algo de bosque", argumenta Keegan.

Además, según él, la producción probablemente era tan baja que organizar el saqueo sería de poca utilidad, a menos que ocurriera "inmediatamente después de la cosecha".

Aun así, las dificultades para transportar el producto, en una época en la que todavía escaseaban los animales de tiro y el transporte, las carreteras e incluso los contenedores, harían que la idea resultara ineficaz.

Ante este panorama, el investigador cree que la región de la Luna Creciente Fértil fue la que mejor combinó los ingredientes para el desarrollo de la guerra.

"Durante los milenios en los que el hombre aprendió a plantar y colonizar las tierras deshabitadas de Medio Oriente y Europa, hubo una única región que produjo grandes excedentes expuestos a la depredación a través de rutas de acceso que favorecían el movimiento rápido", contextualiza.

Esta era la llanura aluvial de los ríos Tigris y Éufrates, conocida por los historiadores antiguos como Sumeria.

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Uno de los ríos más célebres de la historia: el Tigris, en primavera.

Según el historiador Victor Missiato, investigador del Instituto Mackenzie, ahí radica la complejidad de lograr la estabilidad en esta región. "Se trata de una región con gran necesidad de recursos hídricos y terrestres, y con una gran diversidad de pueblos y etnias", analiza.

"Es de los sumerios de quienes tenemos la primera evidencia fiable sobre la naturaleza de la guerra en los albores de la historia escrita, y de quienes podemos empezar a percibir las características de la guerra 'civilizada'", concluye Keegan.

No fue una habilidad que se desarrollara de la noche a la mañana.

Morris comenta que quienes comenzaron a cultivar cebada y trigo en las laderas montañosas del suroeste de Asia, alrededor del 9500 a.C., eran "claramente combatientes poco organizados y con escasa tecnología".

"Todo lo que los arqueólogos han recuperado de sus tumbas y asentamientos indica que luchaban más o menos de la misma manera que las sociedades agrícolas más simples observadas por los antropólogos en el siglo XX", afirma.

"Sus armas más letales eran espadas de piedra tallada".

Según Morris, se trataba de batallas sin tácticas. Atacaban y huían según su estado de ánimo.

"Rara vez lograban prolongar sus campañas más de unos pocos días, ya que pronto se les acababa la comida", explica.

Su conclusión es que no eran pueblos belicosos. Sus movimientos de batalla eran desorganizados. Cuando se unían para derrotar a un grupo enemigo, formaban líneas irregulares con apenas unas pocas docenas de hombres, mal posicionados.

La pelea podría durar todo el día o interrumpirse por cualquier motivo: la llegada de la noche, la hora de la comida, que alguien resultara herido o incluso la lluvia.

Keegan recuerda que los humanos que dieron origen al pueblo sumerio, cuando se asentaron en la llanura aluvial de Irak, "se atrevieron a abandonar la línea divisoria de las lluvias al pie de las colinas circundantes -donde hoy se encuentran Siria, Turquía e Irán- y comenzaron a experimentar con el cultivo de cereales y la cría de animales en tierras sin bosques".

"Mesopotamia, la tierra entre los ríos, ofrecía grandes ventajas a los colonos", señala.

Como era de esperar, hacia el año 3000 a.C., las sociedades de irrigación sumerias ya estaban organizadas en ciudades-estado con una base teocrática.

Los reyes-sacerdotes ostentaban un poder derivado de la propiedad: una riqueza proveniente de la agricultura con riego natural.

La cosecha era impresionante para la época: por cada grano sembrado, se recolectaron 200 granos. Hubo un excedente.

Era una geografía privilegiada, dada la disponibilidad de agua. Los ríos estacionales garantizaban el cultivo. Las montañas al este y al norte servían de refugio a la población, con valles que alimentaban los grandes ríos.

"Los efectos políticos de esta geografía son fáciles de describir: las ciudades sumerias comenzaron desde muy pronto a disputarse límites, derechos sobre el agua y el pastoreo, todo ello sujeto a los caprichos de las inundaciones.

"Los reyes sumerios también vieron pronto desafiada su autoridad por la llegada de inmigrantes de las montañas que fundaron sus propias ciudades", resume el historiador Keegan.

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El Estandarte de Ur (excavado en el Cementerio Real de la antigua ciudad de Ur) , muestra representaciones de una campaña militar y escenas de un banquete (c.2250 a.C.).

Según él, entre el 3100 y el 2300 a.C., la guerra dominó cada vez más la vida en Sumeria.

Los primeros registros escritos demuestran un cambio provocado por este clima bélico: los reyes dejaron de ser sacerdotes para convertirse en guerreros militares. Esto se evidencia en la sustitución gradual de sus títulos, con la desaparición del prefijo "en", que indicaba "sacerdote", y la incorporación de "lugal", que significa "gran hombre".

Pozzer explica que la idea misma de un rey en ese contexto era la de alguien que encarnaba la devoción a las deidades, el suministro de alimentos y el papel heroico del guerrero.

"La motivación [para librar la guerra] era la búsqueda de territorios con mayor riqueza, es decir, con ríos y tierras fértiles", afirma Pozzer.

Al mismo tiempo, la sociedad sumeria mejoró sus técnicas metalúrgicas, desarrollando mejores armas. Y las batallas se volvieron mejor organizadas.

¿Cómo eran las batallas?

Los historiadores reconstruyen cómo fueron esas batallas basándose en hipótesis que parten del desarrollo tecnológico disponible para aquellos pueblos en aquella época y de restos arqueológicos con inscripciones y grabados. No hay mucha más información disponible.

Morris comenta que este es el desafío al estudiar civilizaciones antiguas que construyeron grandes monumentos, gestionaron elaboradas redes comerciales y fomentaron un nivel de vida cada vez mayor, pero que seguían siendo prealfabetizadas. Después de todo, la escritura era escasa, lacónica y poco común.

"Los ejércitos estaban formados por tropas permanentes, que garantizaban las llamadas misiones esenciales, como mantener el orden, vigilar las fronteras y escoltar no solo al séquito real, sino también a las caravanas de comerciantes de larga distancia", afirma Pozzer.

Según el historiador André Leonardo Chevitarese, profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro, las guerras en la antigüedad ya contaban con una organización táctica, con líneas de soldados formados en filas, uno detrás del otro.

Además de los ataques propiamente dichos, también se llevaron a cabo asedios, cortando el suministro de agua e impidiendo la entrada de alimentos en territorio enemigo.

Hubo algunos acuerdos de conveniencia. Pozzer relata que en la antigüedad, en Medio Oriente no se solía librar guerras en algunas épocas del año.

"Tuvieron en cuenta las condiciones meteorológicas", afirma.

"Durante la temporada de inundaciones, a las tropas les resultaba muy difícil desplazarse. Evitaban los conflictos militares en aquella época. La población tenía que dedicarse a la agricultura".

Por otro lado, "las guerras de la antigüedad ya incorporaban muchos elementos que todavía se utilizan hoy en día, como la infantería y la caballería", señala Missiato. "Los ejércitos ya estaban organizados".

"Desde la Antigüedad, han sido evidentes divisiones tácticas de algún tipo", indica Lopes, citando la alternancia entre lanceros con escudos, arqueros y el desarrollo de prácticas de asedio para intentar abrir brechas en las murallas de una ciudad.

Rudzit destaca que ya existía un liderazgo militar claro. Los reyes, los jefes tribales o los comandantes eran responsables de organizar las fuerzas, planificar las campañas y coordinar las batallas.

En civilizaciones más complejas, como las de Mesopotamia, existían indicios de jerarquía, disciplina y división del trabajo.

La evolución tecnológica de las armas constituye un capítulo importante.

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Un carro de guerra sumerio... los tanques de la época.

Las primeras herramientas de piedra fabricadas por nuestros ancestros más remotos, incluso en la prehistoria, eran tan rudimentarias que, subraya Keegan "no podían utilizarse como armas de caza, mucho menos como armas de guerra".

Fue apenas al comienzo del Neolítico, es decir, hace unos 10.000 años, que se produjo lo que Keegan denomina "una revolución en la tecnología armamentística". Surgieron cuatro "armas nuevas tremendamente poderosas": el arco, la honda, la daga y la maza.

Pero las armas solo ganaron en eficacia y letalidad con el dominio de los metales. Gradualmente, los soldados comenzaron a depender no solo de arcos, flechas, lanzas y piedras, sino también de espadas, dagas y escudos.

"La industria siderúrgica experimentó un avance significativo gracias a las guerras", recuerda Missiato.

Keegan señala que los materiales arqueológicos sumerios del tercer milenio a.C. muestran representaciones de soldados con capas y faldas "que parecen estar reforzadas con piezas de metal", en lo que habrían sido prototipos de armadura, "aunque debieron de ser muy ineficaces".

Las excavaciones han desenterrado además restos de cascos de metal que probablemente se llevaban sobre gorros de cuero.

"Los cascos están hechos de cobre, el primer metal no precioso con el que el hombre aprendió a trabajar", señala.

"Tiene poca utilidad militar, ya que se perfora fácilmente si se usa como protección corporal en su forma de hoja, y pierde rápidamente su filo si se golpea para convertirla en un arma".

Pero era solo cuestión de tiempo antes de que dominaran la técnica de combinar cobre con estaño para producir bronce duradero.

"A finales del tercer milenio, esta técnica ya estaba muy extendida, y en Mesopotamia, los metalúrgicos se dedicaban a inventar la mayoría de los métodos de su actividad, de los que todavía dependemos hoy en día, incluyendo la fundición de minerales, el moldeo, la unión y la soldadura", relata Keegan.

El hacha, por ejemplo, data de este período.

"Las espadas aparecen en la Edad de Bronce [entre el 3300 y el 1200 a. C.] y se popularizan con el dominio del metal", explica Lopes.

Para él, la "gran revolución militar" también data de esta Edad de Bronce. "Se trata del uso del caballo en el combate".

Inicialmente, no se utilizaban para montar. Los animales, generalmente en parejas, tiraban de carros de guerra: una plataforma con un conductor y un guerrero que normalmente empuñaba un arco para dispararle al enemigo.

"Solían arrasar; eran los tanques de aquella época", dice Lopes.

Además, "un arma de guerra muy eficaz era el terror. La práctica de decapitar soldados enemigos, por ejemplo, era extendida", dice Pozzer. "Era un elemento de terror psicológico".

Antes de Lagash y Umma

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Las murallas de Jericó según la Biblia se desplomaron tras el toque de trompetas y el grito de los israelitas, como se relata en el Libro de Josué.

Pero más allá de los registros escritos, ¿qué se consideraría una guerra? ¿Qué definiría una guerra en tiempos más antiguos, diferenciándola de un conflicto aislado o de un desacuerdo más trivial, aunque violento, entre grupos humanos?

"Hay mucha arbitrariedad en la forma en que definimos una guerra", comenta Lopes.

"Estrictamente hablando, sería un conflicto letal con víctimas mortales entre dos grupos. Pero, de forma arbitraria, solo se considera guerra cuando hay enfrentamientos entre estados o dentro de organizaciones estatales."

Para Rudzit, el concepto sigue implicando un liderazgo reconocido, preparación para el combate, uso sistemático de la fuerza y ​​objetivos que van más allá de un solo incidente, "como conquistar territorio, controlar rutas comerciales, imponer impuestos o afirmar la autoridad política".

El historiador Missiato cree que, para que un conflicto pueda considerarse una guerra, debe tener aspectos tanto territoriales como políticos: la conquista del espacio y la dominación del enemigo.

Sin embargo, los arqueólogos confirman la existencia de violencia entre asentamientos humanos mucho antes del período del primer registro escrito de guerra. Esta evidencia es la invención de fortificaciones: las ciudades amuralladas más antiguas de las que se tiene constancia.

Este es el caso de Jericó, en el valle del río Jordán, en los actuales territorios palestinos.

En aproximadamente el año 8000 a.C., sus habitantes erigieron una torre -"intimidante", según Morris- y la muralla de ciudad más antigua descubierta por arqueólogos en cualquier parte del mundo.

No hay consenso entre historiadores y arqueólogos sobre si esta estructura tenía "funciones militares".

Keegan parece no tener dudas: "Tras las excavaciones en Jericó [el descubrimiento arqueológico data de la década de 1950], quedó claro que, al menos, la guerra -¿de qué servirían murallas, torres y fosos sin un enemigo fuertemente armado, bien organizado y decidido?- había comenzado a preocupar al hombre mucho antes del surgimiento del primer gran imperio", afirma el historiador.

Para él, este es el caso más impresionante, por tratarse de un muro continuo de tres metros de espesor en la base, cuatro metros de altura y unos 650 metros de circunferencia.

Señala que, el que estuviera hecha de piedra y no de arcilla indica un "programa de trabajo intenso y coordinado". Para el investigador, se trata de "una verdadera fortaleza fortificada, a prueba de todo excepto de un asedio prolongado".

BBC

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FUENTE: BBC