China dispara contra el cielo: el polémico plan para estrellar una nave contra un asteroide
China planea impactar una nave contra un asteroide antes de 2030 y abre interrogantes sobre los riesgos y la falta de controles internacionales.
China planea desviar un asteroide mediante el impacto de una nave espacial.
Imagen generada con IAChina anunció que estrellará una nave contra un asteroide. Se trata de un plan oficial, publicado por el equipo de defensa planetaria de la agencia espacial china, con fecha de ejecución antes de 2030. Cabe aclarar que el experimento ocurre sobre nuestras cabezas y sin pedir permiso a nadie.
Un asteroide es una roca entre millones que gira alrededor del Sol, igual que la Tierra, pero sin rumbo relevante. La mayoría nunca se acerca a nosotros, sólo que algunos sí. La idea de la defensa planetaria es que si un día descubrimos una roca en curso de colisión con la Tierra, habría que desviarla. ¿Cómo se desvía una montaña que viaja por el vacío? De la manera más primitiva imaginable, con un golpe. Se lanza una nave sin tripulación, se la acelera hasta una velocidad absurda y se la hace chocar contra la roca. El golpe la empuja apenas, unos centímetros por segundo. Parece nada, pero en el espacio no hay frenos y ese empujón mínimo, acumulado durante años, mueve la roca lo suficiente para que pase de largo en lugar de caer sobre una ciudad.
Estados Unidos ya lo probó. En 2022 la nave DART de la NASA chocó contra un asteroide llamado Dimorphos y modificó su recorrido. Fue un ensayo prudente porque Dimorphos no giraba alrededor del Sol sino alrededor de otro asteroide más grande, como una luna diminuta. Golpearlo era como patear una pelota atada a un poste; esta se mueve, se mide el movimiento y no se va a ninguna parte. Todo el mundo pudo verificar el resultado con telescopios. Hubo cooperación internacional antes, durante y después; y Europa mandó luego su propia sonda a inspeccionar los restos.
El plan chino es otra cosa. Eligieron una roca solitaria llamada 2015 XF261, de unos 30 metros de diámetro, que gira alrededor del Sol en una órbita parecida a la nuestra. No está atada a ningún poste. Lanzarán dos naves juntas, una es el proyectil y volará directo hacia el asteroide embistiéndolo a más de 9 kilómetros por segundo, una velocidad que equivale a cruzar toda una ciudad en el tiempo de un parpadeo. La otra será el testigo, y rodeará a Venus, usará la gravedad de ese planeta como una honda para acomodarse para filmar el choque desde cerca. El objetivo declarado es desviar la órbita de la roca o incluso romper su estructura. Esa frase, romper su estructura, merece releerse. No hablan solo de empujar, sino de fragmentar.
La dificultad es extrema. La roca es tan pequeña y tan oscura que desde su descubrimiento en 2015 fue observada apenas 74 veces. No se conoce su forma, rotación o composición. Los propios científicos chinos admiten que recién van a saber cómo es en los meses finales antes del impacto. La nave deberá encontrarla y apuntar sola, porque a esa distancia las señales de radio tardan demasiado para corregir el tiro desde la Tierra. Es como disparar un rifle contra una mosca a kilómetros de distancia, de noche, sin haber visto nunca al insecto.
¿Puede salir mal? La física dice que el riesgo es bajo. Los fragmentos de un choque heredan casi la misma órbita y un objeto de 30 metros no destruye una civilización. Pero bajo no es cero, y la historia enseña modestia porque en 2013 una roca de apenas 20 metros, que nadie vio venir, explotó sobre la ciudad rusa de Cheliábinsk y dejó unos 1500 heridos. El cuerpo que China quiere golpear es más grande que aquella. Los cálculos que aseguran que no habrá peligro durante un siglo son cálculos chinos, de un estudio que al momento de su difusión ni siquiera terminó la revisión de otros científicos.
Sin embargo, no es la probabilidad de que caiga un objeto, sino el precedente. Por primera vez una potencia modifica deliberadamente la órbita de un cuerpo independiente del sistema solar, y hasta quizás romperlo, sin ningún marco internacional de supervisión. No existe hoy un tratado que obligue a un país a consultar antes de alterar el vecindario cósmico. El experimento estadounidense de 2022 fue verificado por telescopios de todo el mundo y auditado luego por una misión europea. Entre tanto, el experimento chino se hace solo. Habrá datos, sí, porque la nave testigo filmará todo, pero el testigo trabaja para el que dispara. El Partido Comunista decidirá qué mostrar, qué medir y qué contarnos, con un evidente beneficio propagandístico si sale bien y con silencio garantizado si sale mal. China arrastra un historial de cifras maquilladas en numerosos ámbitos, desde su economía hasta sus accidentes. Es un partido de billar jugado a oscuras donde solo el jugador tiene linterna. La pregunta que deja este plan no es científica sino política, ¿quién tiene autoridad para alterar un entorno que pertenece a todos? Hoy la respuesta es nadie, y ese vacío es una invitación. Esta vez es un asteroide, mañana puede ser un proyecto para atenuar el sol o cualquier otra idea grandiosa de ingeniería planetaria, siempre con la misma lógica: el experimento primero, la información después y la verdad nunca.
De ese vacío se desprende una consecuencia práctica. La hazaña técnica de esta misión es el tiro final, una computadora de a bordo que debe reconocer sola una roca diminuta entre las estrellas y guiar el impacto sin ayuda humana. Ese cerebro se alimenta de procesamiento de imágenes y de inteligencia artificial, exactamente el tipo de tecnología donde Occidente todavía domina y donde los controles de exportación muerden. Además, la capacidad es de doble filo, quien aprende a desviar una roca lejos de la Tierra aprende, en teoría, los rudimentos para dirigirla. No es un misil, las escalas y los tiempos son otros, pero el conocimiento acumulado apunta en ambas direcciones. Mientras no haya reglas comunes, verificación independiente y datos abiertos, cada chip y cada modelo de inteligencia artificial que cruza hacia ese programa espacial es una apuesta ciega. No se le presta el rifle al vecino que dispara sin avisar. El cielo es de todos y losexperimentos sobre el cielo, por ahora, son de un solo partido.
Las cosas como son.
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