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Un mendocino en Nueva York: "Yo soy George, vos también"

La muerte de George Floyd es un asesinato sin fin. Imposible de parar en un país donde el presidente Donald Trump alienta y honra este tipo de conducta, inflamada por discursos políticos cargados de odio.
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Nueva York, en la noche número 10 de la muerte que conmueve a Estados Unidos, las sirenas de la policía, ambulancias y helicópteros avasallan la atmósfera húmeda intentando mantener el silencio de los derechos de los hombres. 

George Floyd era un hombre de color que pertenecía a la clase social más vapuleada en historia de los Estados Unidos.
Abusados, explotados y violados durante siglos, los afroamericanos han vivido oprimidos por el hombre blanco que ha hecho alarde de su poder y crueldad desplegando una brecha racial inconmensurable.

Ya pasaron 400 años de la primera llegada de esclavos africanos al actual Estados Unidos y de pronto parece que nada ha cambiado.

Muy lejos en 1863, Abraham Lincoln aprobó la Proclama de Emancipación por la que todos los esclavos de los Estados Confederados quedaban liberados.

Todo parecía decir que la esclavitud terminaría en la guerra del Norte contra el Sur, pero la situación de la población negra no mejoraría sustancialmente.

Hoy en pleno nuevo milenio vivimos y asistimos a este crimen Racial que da la vuelta a el mundo y que nos muestra nuevamente el dolor causado por aquellos que toman las vidas de las minorías como parias descartables.

Hoy el Mundo dice Basta en un grito multitudinario. Hoy todos estamos de luto, hartos de ver tanta injusticia y violencia racial.

La muerte de George Floyd es un asesinato sin fin, imposible de parar en un país donde el presidente Donald Trump alienta y honra este tipo de conducta, inflamada por discursos políticos cargados de odio, no sólo hacia las minorías de color sino por igual a hispanos, orientales y homosexuales.

Este el valor agregado a la pandemia, la desesperación y la impotencia de vivir en un sistema donde los de abajo valen poco, donde los vulnerables soportan el abuso de poder del “Gran Hermano”.

Esta enfermedad de odio se ha encarnado en los más profundo de la sociedad y hasta ahora ha matado más gente que el coronavirus.

Además de asistir a videos, marchas y protestas, debemos aceptar la responsabilidad de promover y modificar paradigmas separatistas y entender que no podemos ser victimas de un titiritero que juega a ser Dios en un mundo lleno de paganos que esperan ser sacrificados sin omitir sonido alguno.

Este flagelo que arde en llamas en la esperanza perdida debería ser contenido por aquellos que respetan la vida y que lloran ante tan desidia.

Sólo la lucha incansable por la verdad y la fuerza que otorga el consenso que nos une podrán traer luz a las diferencia casi irreconciliables de los habitantes de este planeta.

La brutalidad de la realidad y sus demonios han hecho de nosotros que seamos insensibles, egoístas y retrógrados, pasando por alto aquellos logros existenciales y filosóficos de los cuales tanto alardeamos.

Es posible en algún rincón de nuestra humanidad podamos encontrar que las diferencias y disparidades nos unen en vez de separarnos. Y que el opresor destila veneno sólo para distorsionar la verdad y la misericordia.

Debemos apelar a la razón e inteligencia para resolver el dilema impuesto por aquellos que nos gobiernan, manipulan y atropellan nuestros derechos universales. Debemos entender que en este caso solo la muerte pudo traer claridad a tanta tiniebla.

En el décimo día de su muerte, de una u otra forma, todos somos George Floyd. 

*El autor es un periodista mendocino radicado en Estados Unidos desde hace más de 20 años
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