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Colombia le tiene miedo a la paz

¿Derrota porque ganó el no? Colombia ha dado el primer gran paso hacia una paz que no ha conocido en toda su historia.
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 La historia de Colombia no reconoce, a groso modo, momentos de convivencia pacífica. Los enfrentamientos, múltiples y muy sangrientos, la han marcado profundamente. Tanto, que no conoce otra forma de vida: la guerra es lo habitual y, aunque nadie sea capaz de reconocer que "le gusta" vivir en ese contexto, y por más que las nuevas generaciones han aprendido a pensar en "otra Colombia", el estado beligerante ha sido el motor de muchos fragmentos de sus economías formal e informal.

La tragedia de este país latinoamericano, el único que ha sostenido un conflicto interno de dimensiones monumentales y en simultáneo con una democracia de élites, lo ha partido por la mitad. Los colombianos han votado que "no" a los acuerdos de paz negociados por el Gobierno y las FARC, la mayor narcoguerrilla vigente en ese país, aunque no la única forma de violencia armada.

¿Es tan sencillo como que "los colombianos no quieren la paz"? De ningún modo puede simplificarse. No de esa forma y tampoco en la frase que viralizaron los que están enganchados del negocio de las armas (que se aprestaba a perder uno de sus principales mercados mundiales): "No se puede perdonar semejantes crímenes".

MDZ ha podido ver de cerca en Colombia su realidad. Lo hemos hecho en varios viajes a su territorio y con crónicas que fueron publicadas desde las principales ciudades, como Bogotá, Medellín y Cartagena. Pero también desde los pueblos circundantes a las ciudades, con testimonios de exguerrilleros, dirigentes de alto nivel, varios expresidentes (hablamos en exclusiva con Álvaro Uribe, Andrés Pastrana y Ernesto Samper), con alcaldes y gobernadores, con hombres y mujeres de un lado y otro del conflicto. Con las Madres de la Candelaria, que son testigos vivientes del horror. Nada de eso nos hace expertos. El conocimiento sobre Colombia no se adquiere de manera simple. Pero en forma suficiente para saber que lo que ha sucedido este domingo no es una tragedia, sino el primer paso hacia la paz.

El conflicto es tan intrincado y multidimensional y está tan metido en la piel de cada uno de los habitantes de aquel país, que para que la paz completa y duradera resulte sostenible debe suceder lo mismo con sus partidarios: apropiársela, comprenderla, darle cuerpo y sustancia. Y para eso es posible que falte tiempo.

Por ello, este proceso es un gran paso, aun en la derrota y con una Colombia partida casi exactamente a la mitad. Lo es, porque se ha erigido en muy poco tiempo en comparación con el medio siglo de vigencia de la guerra y todo lo que la rodea: un enjambre de negocios, ideas, imaginarios colectivos, historias personales e interpretaciones que no se pueden dar voto de golpe.