Maduro no sólo habla con los muertos: resucita monstruos
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, abrió las puertas del infierno este fin de semana. A la serie de despropósitos que pueden adjudicárseles, algunos de ellos simples torpezas, bravuconadas y despistes, hay que sumarle ahora su mayor obra: la habilitación a que los militares de su país, orgánicamente, respondan a los ataques de los opositores.
La sutileza de que “lo hagan por las redes sociales”, se llamó en su momento, aquí en la Argentina, durante el gobierno también democrático y elegido por el pueblo (como el de Maduro) de Juan Domingo Perón heredado por su esposa, María Estela Martínez, “Isabel”, “aniquilamiento de la subversión”.
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Aquella medida “democrática” fue el germen de la peor tragedia del país: la última dictadura, el “broche de oro” a mucho tiempo de aplicación de la Doctrina de la Seguridad Nacional. Sobre las consecuencias no vamos a hablar ahora, ya que a esta altura de los tiempos nadie discute que fueron años de imperio del horror.
Esa doctrina puede resumirse en que el gobernante determina que el “enemigo” de la seguridad del país no está afuera, sino adentro.
Por lo tanto, frente a la propia debilidad de un gobierno, insustancia, intolerancia o discapacidad de llevar adelante su gestión, no cuesta mucho –como en aquel entonces; como hoy en Venezuela- confundir a los “adversarios políticos” con “enemigos del país”.
Podríamos hablar bastante en torno a experiencias en las que los gobiernos se creyeron “el país”, o “el Estado”, queriendo perpetuarse y reclamando ser poco menos que el resultado de algún designio divino.
Pero lo que ocurre en Venezuela es demasiado grave como para desvariar: Maduro, ese “médium” que dice hablar con el ex presidente Hugo Chávez desde ultratumba, ahora aparece directamente poseído por los más crueles fantasmas del pasado: los que lo llevan a usar a los militares para reprimir al que piensa diferente, a considerarlos "enemigos de la Patria", a justificar el uso de la fuerza frente a cualquier atisbo de disidencia.
El temor de Maduro a que desde adentro de su partido lo hagan definitivamente a un lado, lo llevó a obligar a la Fuerza Armada a izar en sus cuarteles un estandarte rojo con la efigie de Chávez. Ya sabrá qué hacer con el que no lo cumpla.
Más aún: al convocar este sábado a las Fuerzas Armadas a un acto en su respaldo, volvió a envolverlas en su proyecto político (situación que, por otro lado, está abriendo una fuerte grieta entre las filas). Pero no solo eso. Maduro las instó a “responder los ataques”, en una situación que representa directamente habilitar una espiral de violencia y enfrentamiento que será difícil de frenar.
Esto es así, en primer término, porque es generada desde el propio Estado: nadie tiene más poder que él, por más que Maduro meta en el mismo cóctel a la tapa de Clarín, a John Kerry, Panamá, Colombia, los opositores Leopoldo López y Henrique Capriles y el nuevo “demonio” intangible de este tiempo para gobiernos como el suyo: Twitter y Facebook.
Y luego, porque exige que quien no esté de acuerdo con sus políticas -que incluyen desabastecimiento, improductividad, inflación y 25 mil muertos al año por la inseguridad- concurran a sus convocatorias de “paz y amor”, de rodillas y con la cabeza gacha.
Finalmente, porque aunque reclama como bandera haber sido votado en elecciones libres (cosa que es verdad), olvida que el triunfo no le otorga el derecho a subsumir, eliminar y quitarle los puestos ganados en comicios de igual calidad al que lo llevó al Palacio de Miraflores, a opositores y disidentes.
Aquel “socialismo del siglo XXI” que logró articular como idea el primer (e inseguro en el inicio) proyecto de Chávez, que pasó por el caudillismo militar latinoamericano típico, un “peronismo a la venezolana”, el “carapintadismo” internacional hasta pasar por una versión “con Dios” del clásico comunismo cubano, se ha transformado en una gelatina ideológica cuyo único factor común con todas sus etapas anteriores es el autoritarismo.
En ese marco, los sectores que fueron víctimas de la Doctrina de la Seguridad Nacional de otrora y que, así y todo, no pueden colgar sus ilusiones o su fanatismo en el placard para analizar lo que está pasando en Venezuela, se rinden ante una evidente epidemia del Síndrome de Estocolmo.
No podemos desde aquí nada más que opinar. Nadie busca que ningún otro país invada Venezuela ni que su gobierno caiga, y mucho menos que se suma en una guerra civil, ya que todos sabemos quiénes llevan las de perder si las armas están de un solo lado. Pero –como muchos de los que ahora aplauden a Maduro recordemos a Bertold Brech- es importante que no suceda lo que pasa con nuestro silencio, sin debate, con desinterés o con tomas apresuradas de posición; con fanatismo Tupperware o andanas de opiniones “chirles”, sin sustento.
Maduro abrió las puertas de un infierno que ya conocemos y al que nadie debería volver a entrar, ni siquiera, si pudiéramos identificar cada uno al peor de nuestros enemigos. Es una opinión. Ojalá esté equivocada. Si alguien ve un futuro esperanzador con ese “modelo”, que diga cuál es, cómo, cuándo y a qué costo en vidas.