Bolivia: falleció hace cinco años y su perro lo sigue esperando
Luego de fallecer con su moto, luego de ser embestido por un taxi, desde hace años su perro acude al lugar donde perdió la vida, en el centro de Cochabamba.
En Cochabamba, Bolivia, existe una historia de conmovedora fidelidad sobre un perro de raza criolla, que logró unir a vecinos y comerciantes de un barrio, en la zona noreste de la ciudad.
Según describe el diario boliviano La Opinión -quien dio a conocer esta historia- una vendedora de periódicos llamada Aida es la testigo principal de esta historia, desde el principio. Ella cuenta que hace cinco años, desde su puesto de trabajo en la jardinera de la avenida Papa Paulo y Aniceto Arce (de Cochabamba), solía ver a un perro correr todos los días detrás de una motocicleta conducida por un joven universitario que le gritaba que se fuera a casa. El can lo seguía unas dos cuadras y luego retornaba a su hogar.
Una mañana, la motocicleta del universitario fue embestida por un taxi, enfrente del puesto de la vendedora de diarios. El perro aullaba, como clamando auxilio para su amo desvanecido en la calzada. Una ambulancia se llevó al joven, pero lamentablemente murió en el trayecto al hospital. Desde ese día y por los últimos cinco años, el perro se quedó en la jardinera de la avenida Papa Paulo casi Aniceto Arce, esperando el retorno de su dueño.
La familia del universitario intentó llevárselo a casa, pero el can huyó y se niega a moverse del lugar donde falleció. Martha García, que ayuda en la venta de periódicos hace cuatro años, corrobora la historia y añade que varios vecinos intentaron convertir en su mascota a Hachiko, como lo bautizaron en la calle, pero él no se mueve.
“Da pena porque llora por horas en la jardinera, unos turistas norteamericanos se enteraron de la historia en el mercado y querían llevárselo, pero como si supiera, Hachiko nunca se dejó agarrar”, narra.
Comerciantes y vecinos se encariñaron con él, lo alimentan, le dan agua, se preocupan cuando se enferma y hace poco, cuando un vehículo lo golpeó lastimándole una de sus patas, regañaron al chofer e hicieron una colecta para llevarlo al veterinario. Todos están pendientes del perro y se ha convertido en parte de la vida, de la cotidianeidad del barrio. Ha hecho que los vecinos se conozcan mejor y que se tiendan lazos de solidaridad entre ellos.
Los comerciantes del mercado Papa Paulo, situado a una cuadra de la intersección de las avenidas donde suele quedarse Hachiko, echan del lugar a los canes que pululan por allí en busca de comida, pero con el perro de ojos tristes tienen consideración.
Las amas de casa le llevan pan y salchichas, pero a Hachiko le gusta el menú que le sirven en el frial Marcela, al lado del mercado. Todos los días a las ocho de la mañana, el dueño, Román Bilbao, le da un plato lleno de agua y cuellos de pollo crudo.
El perrito bebe el agua, toma una presa y vuelve a la jardinera donde vio caer a su amo, para comer allí, como si no quisiera perderse el posible retorno de su dueño.
Más tarde, retorna por más comida y repite su rutina. Cuando ya está satisfecho, cruza hasta la esquina de la Papa Paulo y Aniceto Arce y aulla lastimeramente. Sus orejas llevan las huellas de los ataques de otros canes, tienen varias cortaduras y cicatrices. Pero lo que en verdad conmueve, a propios y extraños, es la tristeza de su mirada.
Comerciantes y vecinos se encariñaron con él, lo alimentan, le dan agua, se preocupan cuando se enferma y hace poco, cuando un vehículo lo golpeó lastimándole una de sus patas, regañaron al chofer e hicieron una colecta para llevarlo al veterinario. Todos están pendientes del perro y se ha convertido en parte de la vida, de la cotidianeidad del barrio. Ha hecho que los vecinos se conozcan mejor y que se tiendan lazos de solidaridad entre ellos.
Los comerciantes del mercado Papa Paulo, situado a una cuadra de la intersección de las avenidas donde suele quedarse Hachiko, echan del lugar a los canes que pululan por allí en busca de comida, pero con el perro de ojos tristes tienen consideración.
Las amas de casa le llevan pan y salchichas, pero a Hachiko le gusta el menú que le sirven en el frial Marcela, al lado del mercado. Todos los días a las ocho de la mañana, el dueño, Román Bilbao, le da un plato lleno de agua y cuellos de pollo crudo.
El perrito bebe el agua, toma una presa y vuelve a la jardinera donde vio caer a su amo, para comer allí, como si no quisiera perderse el posible retorno de su dueño.
Más tarde, retorna por más comida y repite su rutina. Cuando ya está satisfecho, cruza hasta la esquina de la Papa Paulo y Aniceto Arce y aulla lastimeramente. Sus orejas llevan las huellas de los ataques de otros canes, tienen varias cortaduras y cicatrices. Pero lo que en verdad conmueve, a propios y extraños, es la tristeza de su mirada.
Según relatan los medios locales, varias personas han intentado adoptar al perro, incluso familiares de su difunto amo se lo llevaron a su casa, al otro lado de la ciudad. Pero la nostalgia de "Hachi" es mayor, y siempre logra escapar para regresar a la esquina a esperar a que su dueño aparezca, como solía hacer, sobre su motocicleta.

