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Sombras sobre Rousseff, Blatter y Brasil 2014

El gobierno de Dilma Rousseff y la FIFA buscaban hoy minimizar el impacto de las imágenes de los disturbios, difundidas en todo el mundo.
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Nadie lo esperaba. Las protestas que estallaron en todas las regiones de Brasil durante la Copa Confederaciones -el "ensayo general" para el Mundial de 2014- tomaron por sorpresa al gobierno, a los políticos y a la FIFA.

El movimiento alcanzó su punto culminante -hasta ahora- este lunes, cuando las manifestaciones convocadas a través de las redes sociales movilizaron a al menos 250.000 personas de norte a sur del país, e incluyeron invasiones del Congreso Nacional, en Brasilia, y de la Asamblea Legislativa de Río.

El gobierno de Dilma Rousseff y la FIFA buscaban hoy minimizar el impacto de las imágenes de los disturbios, difundidas en todo el mundo, y destacaron las protestas como una prueba de la democracia vigente en Brasil.

Según el coordinador de Responsabilidad Social de la FIFA, Federico Addiechi, el derecho a protestar "es algo grandioso".

"Brasil es un país democrático y aunque esto suceda durante la Copa Confederaciones, o si sucede en el Mundial o en cualquier otro momento, las personas, en democracia, tienen el derecho de protestar y debemos aplaudir esa oportunidad", agregó.

En el mismo tono, Rousseff elogió hoy en un discurso las manifestaciones: "Brasil amaneció hoy más fuerte. La grandeza de las manifestaciones de ayer comprueban la energía de nuestra democracia, la fuerza de la voz de la calle y el civismo de nuestra población".

Fueron las primeras reacciones "orgánicas" a un movimiento que empezó en la semana anterior al inicio del torneo, con protestas en Sao Paulo contra un aumento en los precios de los pasajes de autobús. Se imaginó que se trataba de un incidente aislado y local.

Luego, en la víspera de la apertura de la Copa Confederaciones, se iniciaron en Brasilia protestas en contra de los millonarios gastos de dinero público para organizar la cita y el Mundial de 2014. "Es una minoría", aseveraron las autoridades.

Pero los abucheos a la presidenta, Dilma Rousseff, por parte los 60.000 hinchas que asistieron al debut de la selección brasileña en Brasilia, el sábado, dejaron en claro que algo sí andaba mal.

En los días siguientes, como apunta hoy el analista político Clovis Rossi, los silbidos del Estadio Nacional de Brasilia "salieron a la calle", y se convirtieron en una ola de descontento que se diseminó como fuego sobre pólvora por todos los rincones del país.

Rousseff no es el único blanco, pero es sin duda la más afectada por las protestas que reflejan una creciente insatisfacción del pueblo con los políticos, a los que se responsabiliza tanto del bajo crecimiento económico como de la mala calidad de los servicios públicos de un país que invierte miles de millones de dólares en la construcción de estadios y en otras obras para el Mundial.

Los abucheos en Brasilia convirtieron además en aliados no esperados de la mandataria a Blatter y al presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) y del Comité Organizador del Mundial (COL), José Maria Marin.

El jefe de la FIFA regañó al público y pidió "respeto" a la presidenta, mientras que Marin -un antiguo aliado de la dictadura militar, durante la cual Rousseff fue presa y torturada- la aplaudió y se sacó una foto en la que festeja con la mandataria un gol de Brasil en la victoria por 3-0 sobre Japón.

La situación empujará a Rousseff, Blatter y Marin a compartir el mismo "barco" en los 12 meses que faltan para el Mundial.

De no haber una salida para la situación actual, será un año largo y difícil para Rousseff y para Blatter, quien apostó todo a la fiesta popular que supondría realizar la cita en el "país del fútbol" y por ello toleró con paciencia los retrasos en las obras y las pulseadas con el gobierno en torno a la organización.

La primera fase del suizo sobre las protestas fue al menos polémica: "El fútbol es más fuerte que la insatisfacción de la gente", aseveró Blatter, quien opinó que los manifestantes "están usando la plataforma del fútbol y la presencia de la prensa internacional para dejar en claro ciertas protestas".

Esto puede ser cierto, pero también es cierto que el Mundial de 2014 será un escenario aún más favorable para que los insatisfechos hagan oir su voz y reiteren su demanda de tener en Brasil, entre otras cosas, "salud y educación con nivel FIFA".

Para Rousseff, quien "heredó" de su antecesor Luiz Inacio Lula da Silva la tarea de organizar el Mundial, Brasil 2014 empieza a convertirse en una pesadilla, especialmente porque coincide con la campaña a los comicios presidenciales de octubre de 2014, en los que buscará la reelección.

Pero Brasil sigue siendo el "país del fútbol", y nadie puede descartar que el descontento popular se convierta en fiesta en caso de que la "seleçao" dirigida por Luiz Felipe Scolari logre concretar el sueño de conquistar en casa el "hexacampeonato" en 2014.

El futuro de Rousseff y de los actuales líderes políticos brasileños podría estar entonces en las manos -o en los pies- del astro Neymar y de "Felipao" Scolari.