Por qué Justina Bustos estuvo 33 días presa en África
Una escapada fugaz a un terreno maravilloso, que regala unas playas paradisíacas. Una aventura en medio de la experiencia profesional más trascendente de su carrera. Todo eso se desmoronó en un santiamén para Justina Bustos, que quedó atrapada.
Corría el 2020, la actriz se encontraba en España para filmar una producción audiovisual con artistas de renombre y lograba dar su primera paso en una industria gigante como la ibérica, para codearse con los mejores de habla hispana y abrir una puerta enorme.
De repente, una amiga tuvo la idea de cruzar a la isla Mauricio, un país africano que posee bellezas naturales descomunales. Ahí se hallaba Justina, disfrutando el momento, el entorno y la compañía. No obstante, todo cambió repentinamente.
El coronavirus ingresó en su cuerpo, las autoridades locales la sumergieron en un hospital y por las reglamentaciones vigentes le prohibieron abandonar ese espacio, prácticamente estuvo presa en ese nosocomio, en un terruño con una cultura totalmente distinta, otro idioma y otras costumbres.
Un panorama sombrío. Además, los testeos seguían arrojando positivo, así Bustos permaneció recluida, sola, en ese sanatorio durante 33 días interminables. Una pesadilla jamás imaginada. El miedo, la angustia, la desesperación se apoderaron de su mente.
Todo esto lo registró a su modo, a partir de su experiencia en cine, y hoy construyó un documental que denominó “Sola en el paraíso”. En diálogo con Telefe Noticias, Justina relató su calvario: “Al principio estás acompañada, tratas de olvidar que estás encerrada, que no podés salir e, incluso, que nadie te trata como una persona”.
En cuanto a las dificultades de sus pensamientos y el modo de abordar ese encierro, la actriz narró: “Bailás, te olvidas, rezás, te acordás y te levantas pensando en ‘mañana quizás me vaya’. Pero mañana te vuelven a decir mañana y así te vas quedando sola en un hospital que se va vaciando”.
A la hora de contar sus motivaciones para filmar toda la experiencia, Bustos contó: “Desde el momento uno me pareció surrealista. Estar encerrada en una isla, en un hospital, con mujeres que tenían una historia muy particular de vida. Inconscientemente registré todo para tener una actividad ahí dentro y no estar sola pensando”.

Para la producción del documental, Justina dispuso de la colaboración abierta de la gente, que aportó desinteresadamente para la realización de la pieza. En ese sentido explicó: “Esto hace que los socios participen activamente en el proceso. Trata de la soledad. Es un documental de la vida donde se muestra la desilusión, la ilusión y la fragilidad de las cosas. Cómo el miedo nos paraliza”.


