Los Mammones: luces y sombras del éxito de Jey Mammon

Los Mammones: luces y sombras del éxito de Jey Mammon

En una televisión argentina tan infectada de cinismo y arrogancia, este éxito liderado por el talentoso humorista devenido en lúcido conductor, conquistó un entrañable vínculo con el público a puro motor de equilibrio entre calidez, frescura, astucia y empatía.

Laureano Manson

Laureano Manson

A meses de su debut, Los Mammones (América), se ha convertido con toda justicia en uno de los programas más llamativos de la televisión argentina, y uno de los más vistos en su canal de emisión. El estreno de esta amable propuesta conducida por Jey Mammon se produjo en verano, temporada en la que generalmente aterrizan ciclos de relleno en la grilla de la pantalla chica, aunque algunos finalmente logran hacerse un lugar en la programación anual.

Hay que decirlo sin vueltas, el éxito de Los Mammones no reside en la originalidad de su formato, sino en la calidad y calidez de su anfitrión. En una televisión que languidece de frescura e identidad, el envío que encontró su pertinente espacio en la franja de medianoche y que luego fue mudado al prime time tras la baja de TV Nostra (América); se ha transformado en uno de los pocos ejemplos de la televisión abierta que genera un entrañable vínculo con la platea.

En términos de estructura, no hay nada demasiado nuevo. Cada noche una figura invitada comparte una charla distendida con el conductor, hay un momento en el que el personaje convocado recibe un mensaje de algún allegado, también una sección de preguntas que se responden por sí o no, y un simpático instante con Jey Mammon al piano interpretando clásicos populares con cada personalidad agasajada en el ciclo.

La clave del triunfo de Los Mammones reside en la impronta de su conductor, quien logra balancear condimentos prácticamente ausentes en la televisión argentina. Calidez, frescura, astucia y empatía, son las coordenadas sobre las que el humorista devenido en notable anfitrión de late night show, orquesta su relación con los invitados y por extensión con el público. Eso es lo que transforma a este programa en un querible hallazgo en medio de una televisión argentina cada vez más infectada de cinismo y arrogancia. El hecho de que varias figuras que habitualmente no asisten a otros programas, se muestren cómodas en el ida y vuelta con Jey, es un gran mérito del líder de este ciclo que entiende de pudor y respeto por la privacidad del invitado, valores prácticamente inexistentes en la carnicería de la pantalla chica.

Si Mammon despunta como gran conductor, ganándose la atención del público frente a todo tipo de entrevistado, resulta llamativa la inesperada barrida de Estelita, el desfachatado personaje con el que el actor se hizo conocido públicamente, y que tenía una sección en el envío con un tono más picante al que suele barajar el anfitrión. Está claro que bajo una caracterización es más sencillo hacer preguntas o comentarios sin filtro, y si bien es un tanto desprolijo que en cada apertura, los créditos anticipen un momento de Estelita que finalmente nunca llega; es una conquista para Jey Mammon sostener el programa completo sin ser apuntalado por su irreverente creación humorística.

En una propuesta plena de luces y aciertos, hay algunas pequeñas sombras que subsisten en  Los Mammones con el paso de los meses. La presencia de panelistas resulta un tanto forzada, ya que no tienen su espacio de lucimiento. Tanto Silvina Escudero como Gabriel Schultz, en estos últimos días reemplazado por Malena Guinzburg, ofician de relleno decorativo; metiendo algún bocadillo cuando pueden. Da la impresión de que no hubo la suficiente determinación como para concebir el programa con el conductor a solas junto a sus invitados, entonces quedó ese limbo indefinido de panelistas que casi no intervienen.

Otro aspecto que ha puesto en evidencia una que otra instancia desafortunada en el ciclo, tiene que ver con los monólogos de apertura con noticias del espectáculo y de color sobre la actualidad. Al no estar escritos por el conductor, en alguna oportunidad se ha deslizado un chiste ofensivo que el propio Jey ha repudiado inmediatamente después de su lectura. Es entendible que en un late night show en el que su líder estudia con detalle a cada entrevistado, y en que seguramente participa en el proceso creativo de las secciones especiales y las canciones; surja cada tanto un desajuste. Pero estando todo tan orquestado alrededor de la figura de Jey, deberían ajustarse las clavijas para cohesionar todos los ingredientes del programa a la esencia de su anfitrión. Además, el hecho de que constantemente el frontman pida que en el piso aplaudan en diferentes momentos de cada envío, también refuerza cierta situación de falla en la fluidez del equipo, o tal vez de raptos de inseguridad de Jey; cosa entendible tratándose de su debut como cabeza de una propuesta para televisión abierta.

De todas formas, los aspectos señalados anteriormente son detalles que no empañan para nada la calidad y calidez del producto final. En el desabrido menú de la tele argentina, donde sobra el divismo pero faltan los buenos programas, el merecido éxito de Los Mammones es un cariño a las castigadas retinas de los televidentes, y la confirmación de que si a la renovación de caras, los canales le suman más empatía que odio a sus contenidos; habrá un buen número de espectadores dispuestos a acompañar esas nuevas propuestas dándoles un caluroso encendido de rating.

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