Conocé a Luisa Casati, la primera Lady Gaga
Si existe una celebritie que sepa acaparar como nadie flashes, focos y columnas en el denominado papel couché esa es, sin duda alguna, la diva americana del pop Lady Gaga.
Se trata de Luisa Casati, celebridad por excelencia de la Belle Époque y cuyo propósito en la vida se podría resumir con una frase que ella misma no dudó en repetir hasta el fin de sus días: ser una obra de arte viviente.
Su matrimonio con el Marqués de Roma, de quien acertadamente tomó el apellido que conservaría hasta el día de su muerte, abrió a Luisa las puertas de un mundo, el de la aristocracia, que hasta entonces desconocía pero del que pronto aprendió a sacar partido. Tras un divorcio más que anunciado de Camilo Casati, Luisa decidió ubicar su residencia definitivamente en Venecia y consiguió hacer de la ciudad de los canales su particular paraíso en el que, sin que nadie pusiera coto a su imaginación, siempre dio rienda suelta a sus locuras.
La marquesa, como hogaño hiciera la diva del pop, logró dar un cambio radical a su apariencia física con el fin único de convertirse en alguien inmitable: el cabello rojo como el fuego, unos ojos verdes cuyo brillo aumentaba gracias a la belladona y sus ropas, dignas de una diosa sin miedo a que se intuyeran sus curvas, hicieron de ella un personaje envidiado y deseado al mismo tiempo por varones y féminas.
Luisa Casati, obsesionada con que el mundo entero supiera de su existencia, adoptó un comportamiento cuando menos excéntrico y poco común que la llevó a, entre otros muchos hechos documentados, pasear casi desnuda por las calles de Venecia, acompañarse de guepardos que hacían las veces de mascotas o portar, como si de un collar se tratase, una serpiente viva enroscada a su cuello.
La vida de la musa de la Belle Èpoque no tardó en ser lo más comentado entre la aristocracia. No solo eso sino que Luisa, quien con su apariencia y actitud pronto logró ser esa obra de arte viviente en la que siempre soñó convertirse, consiguió ser la mujer más retratada del mundo después de Cleopatra y la virgen María.
Sin embargo, la obsesión de Luisa Casati por perdurar en el tiempo jamás podría haberse hecho realidad de no ser por la fuerte base económica que permitió a la marquesa concederse el privilegio de adquirir todas las propiedades, joyas y obras de arte que siempre le vinieron en gana. A