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Los colmillos de Drácula, un invento del cine

Hasta 1958, ningún vampiro de la gran pantalla los llevaba tan largos. Desde entonces, cada chupasangres de la ficción aparece con colmillos más llamativos.

Cualquier disfraz de vampiro que se precie ha de tener obligatoriamente una capa oscura, uñas, tez blanca y, por supuesto, una dentadura con colmillos largos. Pero el lector se sorprenderá al conocer que, hace 60 años, a nadie se le hubiera pasado por la cabeza dotar de llamativos dientes caninos a ningún chupasangre.

El origen de la imagen icónica de vampiro hay que buscarlo en Hollywood y, más concretamente, en el actor Christopher Lee. Él fue el primero de los dráculas más famosos del cine se calzó los colmillos para dar una imagen más terrorífica, pese a la dificultad que suponía para un actor poder vocalizar con ellos en la boca. Afortunadamente para él, en Drácula (1958), la primera película que protagonizó con este papel, solo tenía trece líneas de guión.

Para ser justos, el primer actor en colocarse esta icónica dentadura fue el turco Atif Kaptan en su Drakula Istanbul'da (en la imagen de abajo), una de las primeras producciones de terror en Turquía, que data del año 1953 y que ya adelantaba la tendencia dental -un tanto rudimentaria- en cuanto a filmes de vampiros, pero que no tuvo repercusión más allá de las fronteras otomanas.

La literatura vampírica, en la que se inspira para sus personajes el cine de Hollywood, ya citaba en el siglo XIX la existencia de dentaduras poco frecuentes en estos monstruos nacidos de la imaginación humana. Porque, según las novelas clásicas, los vampiros poseen dientes para poder morder a sus víctimas, en las que suelen dejar dos pequeñas incisiones en el cuello.

Con las novelas de Bram Stoker en pleno auge, llegó el invento del cine y las primeras adaptaciones no tardaron en llegar. Sin embargo, estos vampiros primigenios no acertaban a ponerse colmillos. Uno de los Drácula más famosos de la historia del cine, Bela Lugosi, no mostraba más que una dentadura humana normal y corriente. Nosferatu (1922), el vampiro alemán, tenía dos incisivos prominentes, además de una desigual mandíbula en la que le faltaban varias piezas dentales.

Hubo que esperar hasta el año 1958, con el citado Christopher Lee, cuando se vistió a Drácula con unos lustrosos y alargados colmillos, fabricados por el técnico dental Sean Mulhall

Desde entonces la industria audiovisual ha fabricado vampiros con todos los dientes afilados (Supernatural), sin ninguno prominente (Crepúsculo) o con los colmillos cambiados de sitio, como en la serie True Blood. Merece la pena pararse en este último caso porque inventaron con gran éxito una nueva ubicación para este arma letal. Y lo justificaron.


«Creamos unos colmillos retráctiles, que se alojaban en la boca y, cuando el vampiro estaba en peligro o a punto de comer, se colocaban en su sitio», explica Alan Ball, creador de la serie. «Luego los colocamos en los incisivos laterales, porque funcionan mejor y son similares a los de serpientes como la de cascabel».

«Los caninos -colmillos- eran muy típicos y masculinos», explicaba también el dentista Clint Herzog. «Colocándolos al lado, en los incisivos, que son dientes más femeninos, otorgan a los vampiros de True Blood un look mucho más agresivo, que encaja perfectamente a sus personajes».

Fuente: hoycinema.abc.es