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Fantasmas mendocinos: El auto maldito

El Peugeot que no respondía a sus mandos naturales y, por lo tanto, sí lo hacía cuando fuerzas ajenas a este mundo lo decidían. Una historia mendocina.

Siempre viajaba sólo en su Peugeot 504 modelo 86. Era experto conocedor de todas las banquinas. Nunca pasaban más de 10 días sin que el auto sufriera algún desperfecto mecánico. La pata del motor, las mangueras, el arranque, los carbones, el escape, la llave arranque y algunas otras falencias se despertaban a menudo en el coqueto vehículo.

Adrián soportaba estoicamente las vueltas que le proponía el coche, aunque no dejaba de sorprenderle que cuando viajaba con su esposa y sus hijos nunca le pasaba nada extraño. No entendía porqué en tan sólo dos meses, se le habían roto tantas cosas a un vehículo que aparentemente venía cuidado por sus dueños anteriores.

Acostumbrado a sortear las constantes desgracias, no dramatizó demasiado cuando le falló el arranque en una mañana de enero. A fuerza de brazos propios y ajenos, logró ponerlo en marcha y decididamente lo llevó a un electricista.

El mecánico que no arregla, rompe

Era martes y Adrián golpeó el portón de chapa de la calle Pizurno y Serpa de Luján. De punta en blanco y con más estirpe de empresario que de mecánico apareció Aníbal, el primo de su esposa. El extraño electricista se encargaría de solucionar un problema que a priori era sencillo: “Esto es el burro, por eso no arranca, pero el viernes lo tenés listo”. Adrián acomodó por esos días su vida a la vertiginosa aventura de viajar en el transporte público mendocino.

Cumplido el tiempo estipulado, volvió a golpear la puerta metálica del taller de Aníbal. La tarea estaba cumplida y el Peugeot arrancó casi con la mirada. Adrián probó varias veces y todo funcionó a la perfección, sacó casi 300 pesos del bolsillo y pagó por el trabajo. “Saldré a comer con la familia, hoy es un buen viernes para celebrar”, pensó y volvió a su hogar.

Al día siguiente, el mismo camino para llegar al trabajo. Bajada por Carrodilla, Acceso Sur, Vicente Zapata hasta llegar a la óptica en donde Adrián se gana el pan todo los días. Al salir de su trabajo y con la sola idea de volver al hogar para disfrutar el sábado vivió un nuevo e inesperado revés: con el primer contacto de la llave en el tambor de arranque, un humo negro comenzó a salir a borbotones desde la parte inferior del volante e inundó el auto. Con la desesperación en las manos, Adrián paró el coche en plena avenida España, un sábado al mediodía.

La gente miraba con asombro el dantesco espectáculo, pero sólo uno se acercó para ayudar al desconcertado piloto que veía como su vehiculo seguía humeando.

Ya en un costado y con el control de luces achicharrado, volvió a su casa para almorzar y luego regresar a lo de Aníbal para pedir una explicación razonable de lo ocurrido. Después de todo, aun no se cumplían 24 horas de haber sacado el auto del electricista.

La puerta metálica lo volvió a recibir en la tarde húmeda del sábado, pero la sorpresa de Adrián fue  mayor que la sensación agobiante del clima. “No se que pasó, esto no tiene nada que ver con mi trabajo”, dijo el coqueto mecánico, lavándose por completo las manos de lo sucedido. Adrián a punto de quemar su propio termostato le pidió que arreglara lo dañado y Aníbal aseguró el compromiso.

De nuevo al crudo mundo de esperar a que los colectiveros quieran frenar en las paradas adecuadas. A viajar amontonado en los horarios pico y discutir con los jóvenes que no ceden los asientos ante las abuelas y las embarazadas.

Metido de lleno en el día a día, una llamada de Aníbal lo sacó de ritmo: “Mirá… se quemó el comando de las luces, pero el problema es la llave del arranque; hay que cambiarlo todo”. Y Adrián lo cambió.

Los días pasaban pastosos y una vez más el teléfono explotó en sus orejas en plena siesta: “Che…. El problema es la batería, no carga bien hay que cambiarla”. Y Adrián consiguió una batería nueva.

Los problemas parecían sucederse en cadena. Ya llevaba una semana la segunda intervención del mecánico en su auto y los pronósticos no eran buenos, aunque una nueva llama de Aníbal, trajo calma. “Ya está listo, pero lo tengo que armar, para el miércoles lo tenés”.


Adrián marcó los días en el calendario para poder volver a disfrutar de la comodidad horaria que le da manejarse en auto. El miércoles se levantó radiante y feliz por volver a contar con el coche, pero Aníbal, una vez más se encargó de amargar el desayuno. “Mira, ya está listo, pero…..no arranca”. Adrián se olvidó por un segundo del parentesco que tiene el  mecánico con su mujer y explotó sin perder el libreto.

Cargado de bronca e impotencia volvió al portón de chapa del taller, aunque esta vez los golpes no fueron suaves. Un nuevo mecánico, lleno de grasa y con mameluco azul le abrió gentilmente. Aníbal no estaba, pero el Peugeot sí, por eso Adrián junto a su amigo Raúl intentaron darle marcha, pero fue en vano. El coche no quería arrancar.

A los empujones y con la vena aorta a punto de estallar, lo sacó del taller. Lo enganchó en el auto de Raúl y se lo llevó al viejo mecánico familiar  de Rivadavia.

Casi por arte de magia, el experimentado mecánico del Este tocó algunas cosas, sopló por largas mangueras y el Peugeot arrancó. “Ya está nene, se habían olvidado de poner una tapa y el auto chupaba aire”, soltó.

Adrián regresó contento. Miró su auto y era una costra de polvo, casi 20 días parado, con lluvias y vientos. Decidió llevarlo a lavar.

Tras una hora con espuma y agua el auto lució brillante. Adrián se arrimó a la caja del lavadero y se llevó una sorpresa. El encargado lo llamó a su oficina privada y le entregó una extraña foto de su auto con  alfileres clavados y extraños dibujos. Según el personal del lavadero la habían sacado hecha un rollo de un lugar poco accesible entre el tapizado del coche.

Adrián agradeció el gesto, rompió la foto y se subió al coche. Arrancó bien y notó que su andar era más suave. Sonrió por haber llegado al fin del cuento y decidió ir a visitar a unos amigos para celebrar el cierre de un a mala etapa.

En pleno viaje el auto comenzó a subir de temperatura en forma acelerada, entonces volvió al viejo hábito de tirarse a la banquina.

Con agua intentó sin éxito bajar el calor que emanaba el coche. Un camionero que andaba cerca se arrimó a Adrián y tras examinar el motor y el bidón del agua soltó: “Se te quemó la junta de tapa, sale como una luca”. Y Adrián se dejó caer sobre el respaldar del asiento delantero, mordiéndose los labios.