Una mirada íntima bajo la noche de Serrat y de Sabina
Una de las características esenciales de la belleza es la sorpresa. Una de las características esenciales de la sorpresa es lo instantáneo. Una de las características esenciales de lo instantáneo es que es vida y muerte en la consagración del instante. Finalmente, podemos concluir, bajo esta noche eterna, en que la belleza, para serlo, debe hacer confluir la vida y la muerte en un instante, como la rosa, el beso, la sílaba de un niño, el verbo del poema o el final de una canción.
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Ahí, sobre un escenario de oro, Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina nos estiran el instante más allá de lo imaginado, logran que la belleza –en el marco de lo inaudito– dure más de dos horas. Y todos terminamos agradeciendo.
Con uno, el Nano, descubrimos la duda existencial cuando éramos adolescentes y al final nos quedamos solos como su Pueblo Blanco. Con el otro, Joaquín, nos hicimos amigos para cometer todos los excesos debidos. Y resulta que anoche se juntaron, para remontarnos 25 años en el tiempo y, como la memoria colectiva es selectiva, las veinte mil personas que había en el recital eligieron recuerdos gratos, recuerdos bellos (con la vida y la muerte en el instante), o sea, recuerdos de lo perdido, único paraíso posible.
La idea no era ver el recital para escribir. La idea era ver el recital, pero más temprano que tarde, buscamos en los bolsillos y apareció la copia de una multa gravísima, detrás de la cual, comenzamos a amontonar imágenes de una noche que, en verdad, no prometía tanto. Ya saben, por aquello de que es mejor ver a Serrat o ver a Sabina, pero no a Serrat y Sabina. Sin embargo, hubo sorpresa: belleza, vida y muerte y un resultado de alegría reposada colgando del cuello, como un éxodo de oscuras golondrinas, claro, pero inmóvil.
La noche y las canciones se despliegan como un gitana en el colchón. Ya olvidamos que no teníamos ganas de venir, pero vinimos y que ya no sabíamos cómo cantar pero cantamos. A nuestro alrededor, veinte mil personas cantan y no puede haber nada más esperanzador que tanto humano involucrado en una faena tan noble. Si la gente cantara más a menudo, pensamos, el mundo sería mejor.
El show se muere, porque sólo dura un instante. Y decimos: quisimos ser como ellos y no pudimos. Por eso, elegimos admirarlos y darles nuestra pulsión indómita, para que ellos la tradujeran en imágenes que son de todos: desde la espera de Penélope, hasta la agonía de dos peces de hielo en un whisky on the rock.
A fin de cuentas, nos salvarán las canciones. En ellas, habita todo el amor que perdimos: el que murió de joven. Así, transcurrimos levemente en el último rincón habitado de este tremendo universo: cada día más Serrat, cada vez menos Sabina.
El resto, todo aquello que no es canción bajo la noche, es el pasto del olvido.

