El abanico, el accesorio indispensable hace 100 años
La Reina María Antonieta decía: “Una dama sin abanico, es como un caballero sin espada”. Hoy podríamos decir lo mismo reemplazando esos antiguos objetos por nuestros actuales celulares, ¿verdad?
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Se dice que el abanico es uno de los objetos más antiguos con que las mujeres se han adornado. Hace un siglo atrás, era considerado como el arma femenina perfecta al ser artístico, cómodo, elocuente, encantador y además jamás fallaba. Utilizado en los bailes, en el teatro, de paseo, en todas partes, servía para aumentar y acentuar la elegancia de las damas que los portaban.
Empleado en la antigüedad para impedir que los insectos mancharan o contaminaran las ofrendas sagradas, no tardó en convertirse en un atributo del poder soberano. En Persia se confeccionaban con plumas de avestruz, en Grecia con plumas de pavo real y los primeros abanicos chinos fueron hechos de plumas.
Pero fue durante el siglo XVII que se puso de moda en Francia, la capital de la moda, y de allí fue copiado y adoptado en incontables lugares. Sus varillas lujosísimas ostentaban el uso del marfil, del nácar, de las conchillas de mar delicadamente trabajados.
Este fue el abanico que utilizó la Infanta española María Rafaela en ocasión de su boda con el delfín de Francia, Luis Fernando. Una verdadera joya
Muchos fueron intervenidos por grandes pintores de la época como Watteau y Boucher quienes además dejaron estampadas en ellos sus valiosas firmas. Augusto Renoir, el pintor impresionista dedicó uno de sus cuadros a una mujer ataviada con uno de estos hermosos objetos.
Hasta junio del año pasado, se podía visitar en España la exposición “59 abanicos de 59 artistas”. Los cincuenta y nueve abanicos de la muestra tenían un mismo origen: en 1971 el grupo de artistas y escritores fueron instados a trabajar y personalizar un abanico con motivo de una subasta benéfica. Este es el que hizo Joan Miró, inmortalizando su marca de gran pintor.
El para qué de los abanicos
Su objetivo principal era airear, es decir formar alrededor de quien lo agitara una agradable atmósfera de frescura, pero los artistas que los construyeron parecen no haber tenido en cuenta esta idea nunca. Algunos demasiados grandes producían excesivas corrientes de aire, otros agitaban el viento sin ningún provecho y en muchos casos permanecían cerrados en la linda mano de su dueña quien jugaba con él a su antojo.
Este magnífico ejemplar francés se llamó “Alegoría de las artes” .
El abanico y su lenguaje
Las mujeres del siglo pasado conocían y practicaban este lenguaje y los hombres lo vislumbraban. Por ejemplo: algunas damas osadas lo dejaban caer intencionalmente en el salón de baile suplicando que alguien lo recogiera, dando pie quizás una futura presentación; podía esconder graciosamente el rubor de su propietaria al escuchar un comentario o noticia escandalosos; también podían disimular la pérdida del hilo de la conversación cuando lo movían conjuntamente con la cabeza en señal de estar perfectamente al tanto de lo que se estaba hablando; incluso las damas podían acompañar las palabras con suaves golpecitos de sus abanicos cerrados para dar firmeza a los propios pensamientos (¿Acaso no hemos visto estas escenas en varias películas de época?).
Más allá de su vulgar fin como un aliado refrescante, este accesorio, indispensable para toda dama distinguida del 1.900, servía en incontables circunstancias de eficaz, elegante y discreta ayuda.
Alejandra Cicchitti, propietaria de “Alejandra Cicchitti Antigüedades”.
www.alejandracicchitti.com.ar