Inteligencia Artificial: paren el mundo que me quiero bajar
Ya sabemos lo que quizá nunca el mundo quería saber: la Inteligencia Artificial es un método de destrucción tan rápido y certero como la eutanasia.
El mundo ingresa a nuevo debate alrededor de la Inteligencia Artificial, más dramático y necesario.
La Inteligencia Artificial se ha perfilado como el mayor prodigio en los ultimos siglos de la humanidad y también como el mismo rostro de la muerte por su carácter incontrolable, el que ha quedado en evidencia en las últimas horas por parte de los que están al mando del asunto.
Ha comenzado otra discusión en torno a la Inteligencia Artificial de forma abrupta y urgente: cómo utilizar una tecnología que guarda, en poco tiempo, nuestros nombres y apellidos pa las lápidas que se requerirán en un seriado muy prolijo y sin errores.
Si los gurús vienen afirmando que el 2026 sería el año bisagra para esta tecnología, todo indica que estaban en lo cierto. Pero no advirtieron que también todo podría irse al demonio. Y no es metáfora. Hasta los interesados ya lo han admitido.
Mundo
El grado destructivo de la IA escaló en la agenda pública del mundo hace menos de una semana. Y desde entonces ha subido la intensidad y el rigor de las revelaciones.
La salida polémica de joven ingeniero de la IA Antrhopic el martes último ha sido crucial en esta historia de carácter apocalíptico. Han comenzado a salir de la oscuridad casi todos los capitanes de este nuevo mundo, voraz y sin control. Hasta el propio Trump ha dado su opinión.
¿Cómo creer en ellos si ellos han sido los que han puesto al mundo patas para arriba? ¿Cómo establecer confianza en este sistema cuando un personaje de escasa sofisticación y bastante vulgaridad como el citado norteamericano está en la línea de fuego?
Yuval Noah Harari
Hace dos semanas el historiador Yuval Noah Harari mantuvo una extensa y profunda entrevista para The Economist, en la que presentó los problemas que hoy son de público conocimiento,
El intelectual que fue uno de los furores en la pandemia, como pensador de un mundo que se avecinaba, dejó el uso del potencial y reafirmó las condiciones distópicas de este siglo XXI.
Harari analiza la aceleración de la Inteligencia Artificial: ya no es un mero avance tecnológico o una amenaza futurista al estilo Terminator. Es un proceso inminente de transferencia del control y de la confianza humana hacia sistemas algorítmicos no conscientes.
Es la idea que durante el fin de semana ha sido confirmada por aquellos que tienen la última palabra: los propios dueños de las IA y hasta el poco fiable presidente de Estados Unidos Donald Trump, mientras va provocando incendio tras incendio.
El historiador discute los argumentos de la narrativa que emplea Silicon Valley (y muy en especial a Elon Musk). Los tecnócratas sostienen que la toma del control institucional por parte de la IA en un horizonte de 10 años es un destino inevitable.
Para Harari, esta postura es una forma de eludir la responsabilidad política actual: la IA avanza a este ritmo porque se sigue invirtiendo masivamente en aumentar su potencia mientras la regulación permanece rezagada.
Me permito explicar algunas ideas de Harari, para simplificar el impacto dramático y definitivo de la IA, que, en realidad, es la Inteligencia Artificial General (AGI, por sus siglas en inglés).
Así como los seres humanos desarrollamos sistemas financieros que los animales no entienden pero que regulan sus vidas, la IA está creando instrumentos y lenguajes económicos tan complejos que escapan a la comprensión humana.
Pero hay otro aspecto todavía más peligroso y que también aumenta el riesgo de transformar al género humano.
Plantea Harari que, a diferencia de las tiranías del siglo XX, que dependían de discursos unidireccionales de masas emitidos por radio y televisión, la IA posee "la capacidad inédita de relacionarse de manera individualizada con millones de personas a la vez".
El historiador iraelí insiste en separar la inteligencia (capacidad de resolver problemas y alcanzar objetivos) de la conciencia (capacidad de sentir dolor, placer o compasión).
"Por primera vez en la historia, la IA hace posible industrializar e intimizar masivamente las relaciones. Se pueden tener millones de IA operando en red, entablando una relación personal con cada individuo, convirtiéndose en su mejor amigo o pareja, y luego usando el poder de esa intimidad para persuadirlo".
Papa
La voz del Papa ha sido una de las pocas y de las más influyentes en advertir estos riesgos que ya son una amenaza cierta para la humanidad. Sus preocupaciones en sumar personas y organizaciones hasta de modo laico han superado lo que podría ser un refugio religioso.
El Papa está siendo depositario de un activo más valioso que el petróleo, los microchips, el dinero o cualquier otra industria: "la confianza". Si en esta historia los interesados nos invitan a profundizar el recelo y a sospechar hasta de lo mínimo, en el extremo opuesto, el Papa León XIV ha mantenido la línea ética correcta.
Su visión a la que se puede conocer en su encíclica Magnifica Humanitas se centra en el humanismo y la protección de los trabajadores. Este modo conceptual para enfrentar a los ahora "arrepentidos" de la carrera tecnocrática, surgió en mayo de este año.
La encíclica Magnifica humanitas se dedica específicamente a la orientación moral sobre el uso de la IA y el impacto de las nuevas tecnologías en la dignidad de la persona humana.
Es casi una utopía abrazar su mensaje, pero una verdadera necesidad para frenar a un grupo de empresarios y un par de gobiernos chiflados (el estadounidense y el chino) en su afán de llevarse el mundo puesto.
Hay una zona de equilibrio a transitar cuando se conocen posiciones tan extremas como autodestructivas: utilizar la tecnología al servicio de una mejor vida humana.
Cualquier otro uso es ser un asesino. O un cómplice de asesinato. O un chiflado inimputable.


