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La inteligencia artificial no te va a reemplazar: te va a delatar

La IA automatiza tareas, pero también expone la falta de criterio, empatía y capacidad de decisión que muchas empresas todavía no saben desarrollar.

Durante años llamamos habilidades blandas a un conjunto de capacidades, la empatía, la escucha, la regulación emocional y la lectura del contexto

Durante años llamamos habilidades blandas a un conjunto de capacidades, la empatía, la escucha, la regulación emocional y la lectura del contexto

Archivo.

Vamos a situarnos por un momento en un comité de dirección, en cualquier ciudad de América Latina, un gerente comercial proyecta un informe impecable. Los gráficos son prolijos, la redacción es clara, las conclusiones suenan contundentes. Lo escribió la inteligencia artificial en cuatro minutos. El director hace una pregunta simple: por qué esta estrategia y no otra. El gerente duda. Repite, casi textual, una frase del informe. No tiene una respuesta propia, tiene la respuesta de la máquina, prestada. Ese medio segundo de silencio dice más sobre el futuro del trabajo que cualquier informe de tendencias que se publique este año.

Pero atención, no es un problema de la IA, es un tema que la inteligencia artificial dejó a la vista. Durante los últimos tres años, buena parte de las empresas invirtió fortunas en enseñarle a su gente a usar IA, cursos de prompting, certificaciones, comités de innovación, políticas de uso responsable. Invirtió mucho menos, y a veces nada, en enseñarles a decidir bajo incertidumbre, a sostener una conversación incómoda, a leer lo que no se dice en una reunión, a regular la propia ansiedad antes de mandar ese mail que después no se puede desmandar. Aprendimos a hacerle preguntas a un chatbot con una precisión asombrosa. Muchos perdimos práctica en hacerle preguntas difíciles a un colega, a un jefe, a nosotros mismos. Esa es la paradoja incómoda de esta etapa: cuanto más inteligente se vuelve la tecnología que usamos, más torpes nos volvemos en exactamente aquello que la tecnología no puede hacer por nosotros.

La IA expone el verdadero valor humano

La ventaja que no se automatiza y sin embargo, esto no es un motivo para desconfiar de la IA, ni para escribir una oda nostálgica a lo humano. La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria y las organizaciones que no la incorporen van a quedar afuera de la conversación en pocos años. El punto no es frenarla, es que, cuanto mejor responde la máquina, más caro sale un líder, un equipo, una empresa entera, que no sabe decidir, vincularse ni sostener un desacuerdo. La IA no reduce el valor de lo humano, lo aumenta, porque encarece brutalmente todo lo que antes se podía disimular con buena redacción o con un informe prolijo. El Foro Económico Mundial lo viene marcando con números desde hace dos años. En su informe sobre el futuro del empleo de 2025, liderazgo e influencia social es la competencia que más creció en importancia para los empleadores, veintidós puntos porcentuales en apenas un par de años. El pensamiento analítico sigue siendo la habilidad más buscada, siete de cada diez empresas la consideran esencial, pero justo debajo, empujando fuerte, aparecen la empatía y la escucha activa. No es casual, son las capacidades que no se automatizan con un mejor prompt.

Un gerente comercial proyecta un informe impecable, Los gráficos son prolijos, la redacción es clara, las conclusiones suenan contundentes. Lo escribió la Inteligencia Artificial

Un gerente comercial proyecta un informe impecable, Los gráficos son prolijos, la redacción es clara, las conclusiones suenan contundentes. Lo escribió la Inteligencia Artificial

Microsoft encontró algo parecido en su relevamiento global de 2026 sobre el mundo del trabajo. Cuando preguntaron qué se vuelve más importante a medida que la IA asume tareas de ejecución, la mitad de los encuestados respondió que controlar la calidad de lo que la máquina produce, y otro 46% mencionó el pensamiento crítico para evaluarlo. El 86% de los usuarios de IA dijo tratar cada respuesta como un punto de partida, nunca como una respuesta final. La máquina generó el borrador. La responsabilidad, la que no se delega, siguió siendo humana.

Duras, nunca blandas

Durante años llamamos habilidades blandas a un conjunto de capacidades, la empatía, la escucha, la regulación emocional, la lectura del contexto, la negociación, que en realidad están entre las más difíciles de desarrollar que existen. Se aprenden mal en un curso de dos horas. No tienen atajo, cuestan años de ensayo y error, de conversaciones que salieron mal antes de empezar a salir bien, de aprender a tolerar la incomodidad de no tener la respuesta inmediata. Llamarlas blandas fue, quizás, la forma que encontramos de no admitir cuánto costaba desarrollarlas. La evidencia de que esto no es un asunto sentimental sino de negocio no es nueva. En el Proyecto Aristóteles, Google estudió a ciento ochenta equipos internos durante años para entender qué distinguía a los más efectivos. No fue el talento individual, ni la antigüedad, ni siquiera los recursos. Fue la seguridad psicológica, la posibilidad de que alguien diga no entiendo, me equivoqué o no estoy de acuerdo, sin pagar un costo social por eso. Los equipos donde eso puede pasar deciden mejor, corrigen más rápido y producen más. TalentSmart, que construyó su modelo sobre una muestra de cientos de miles de evaluaciones corporativas, encontró que la inteligencia emocional explica, por sí sola, el 58% del desempeño de un líder, y está presente en el 90% de quienes más se destacan en sus equipos. Ese dato no mide qué tan simpática es una persona. Mide su capacidad de autorregularse bajo presión, de leer una situación y de decidir sin que la ansiedad tome el volante.

Las habilidades “blandas” que ya no son blandas

Ahí aparece el costo concreto de no invertir en esto. En septiembre de 2025, Harvard Business Review publicó un estudio de BetterUp Labs y Stanford sobre lo que empezó a llamarse workslop, contenido generado con IA que parece completo pero carece de sustancia, y que alguien más tiene que rehacer. Cuatro de cada diez trabajadores encuestados dijeron haber recibido workslop de un colega en el último mes, y cada episodio les costó, en promedio, casi dos horas de trabajo extra para arreglarlo. Ese tiempo perdido no es un problema de la tecnología. Es un problema de criterio, alguien aceptó una respuesta de la máquina sin hacerse las preguntas que hacía falta hacerse. El MIT llegó a una conclusión parecida por otro camino. En su informe sobre el estado de la IA en los negocios de 2025, encontró que el 95% de los proyectos piloto de IA generativa en empresas no genera un retorno medible. La tecnología funciona. Lo que falla, casi siempre, es el criterio humano que la rodea.

Durante años llamamos habilidades blandas a un conjunto de capacidades, la empatía, la escucha, la regulación emocional, la lectura del contexto

Durante años llamamos habilidades blandas a un conjunto de capacidades, la empatía, la escucha, la regulación emocional, la lectura del contexto

En América Latina esta tensión se siente todavía más fuerte. Según el índice global de adopción de IA de IBM, el 67% de los profesionales de tecnología en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú dijo que sus empresas aceleraron la adopción de IA en los últimos dos años, por encima del promedio global del 59%. Pero cuando se les preguntó cuál era el principal obstáculo, no fue el costo ni la infraestructura, fue la falta de criterio y de experiencia para usarla bien. La región corre rápido detrás de la tecnología y, al mismo tiempo, corre despacio detrás de las capacidades que hacen que esa tecnología sirva para algo. Trabajamos, además, en organizaciones cada vez más frágiles, ansiosas, poco lineales y difíciles de explicar del todo, y en ese terreno el criterio y el vínculo importan más, no menos. Nada de esto se arregla con una capacitación de tres horas ni con una frase en la cartelera que diga que las personas son lo más importante de la organización. Se construye distinto. Se construye reconociendo que negociar un aumento, sostener una conversación difícil con alguien que se equivocó, leer el silencio incómodo en una reunión o decidir con información incompleta nunca fueron habilidades menores. Eran, y son, de las más duras que existen.

Criterio y decisión frente a la automatización

Vuelvo al gerente del comité, al que le preguntaron por qué y no supo responder. La próxima vez que alguien se quede en silencio así, no va a ser porque la tecnología falló. Va a ser porque, mientras aprendía a usarla, dejó de practicar lo único que ella no puede hacer en su lugar. La inteligencia artificial ya sabe responder casi cualquier cosa. La pregunta incómoda es otra, y no tiene un curso online que la resuelva: cuando la máquina conteste todo, ¿qué es, exactamente, lo que usted seguirá sabiendo hacer que ella no pueda copiar?

* Verónica Dobronich es especialista en inteligencia emocional y neurociencias aplicadas al liderazgo y al mundo del trabajo.