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Verano entre viñedos y montaña: dos experiencias para conocer Mendoza desde el paisaje y el vino

Alojamiento entre viñedos en Gualtallary y recorridos biodinámicos en Agrelo: dos propuestas distintas para explorar el enoturismo mendocino en verano.

Este verano, Andeluna ofrece propuestas especiales para disfrutar del imponente paisaje de la montaña, la gastronomía y sus vinos.

Este verano, Andeluna ofrece propuestas especiales para disfrutar del imponente paisaje de la montaña, la gastronomía y sus vinos.

El verano en Mendoza es mucho más que altas temperaturas y vendimia en ciernes: es una temporada clave para el enoturismo, cuando bodegas y fincas abren sus puertas con propuestas que combinan paisaje, gastronomía, cultura del vino y formas diversas de habitar el territorio.

En ese marco, dos proyectos ubicados en regiones muy distintas -Gualtallary, en el Valle de Uco, y Agrelo, en Luján de Cuyo- ofrecen experiencias que permiten entender cómo el turismo del vino puede leerse desde miradas complementarias: una centrada en la alta montaña y el alojamiento entre viñedos; otra, en la agricultura biodinámica y la relación con la naturaleza como sistema vivo.

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Chakana cultiva uvas, pero también una forma de estar en el mundo. Practica una agricultura que respeta los ciclos y acompaña sin imponerse.

Chakana cultiva uvas, pero también una forma de estar en el mundo. Practica una agricultura que respeta los ciclos y acompaña sin imponerse.

El vino como experiencia de altura

Ubicada a 1.300 metros sobre el nivel del mar, en una de las zonas más reconocidas del Valle de Uco por la calidad de sus vinos, Andeluna desarrolla su propuesta enoturística en torno a un concepto que atraviesa todo el proyecto: el de “vinos de montaña”. Esa idea se traduce no solo en el perfil de sus etiquetas, sino también en la manera en que el visitante se vincula con el paisaje, el clima y el ritmo de la finca.

Uno de los rasgos distintivos es el Andeluna Winery Lodge, un pequeño complejo de ocho unidades independientes, cada una de 45 m², con deck y jardín propio, implantadas entre viñedos y con vistas directas a la Cordillera de los Andes. El diseño apunta a una experiencia inmersiva, donde el descanso se integra al entorno productivo, sin perder privacidad ni confort. Durante el verano, el alojamiento se vincula además con propuestas asociadas a la vendimia y a la vida cotidiana de la bodega.

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En términos de actividades, la bodega mantiene un programa integral de turismo que abarca visitas guiadas por las instalaciones, degustaciones técnicas y propuestas participativas como el Juego del Blend -donde los visitantes experimentan con cortes de vino- o el Taller de Vinos y Chocolates, pensado para explorar combinaciones sensoriales. La lógica no es solo mostrar el producto final, sino explicar procesos, estilos y decisiones enológicas.

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La gastronomía es otro de los ejes de la experiencia. El restaurante de la bodega, ubicado dentro del predio y con vista directa a los viñedos, ofrece distintas modalidades de servicio a lo largo del día. Entre las opciones formales se encuentra el Menú Pasos por la Montaña, una propuesta de cuatro pasos con maridaje específico para cada plato, seleccionado por el equipo enológico. Para quienes buscan una experiencia más relajada, existen formatos como Sabores Andinos o las llamadas Tardecitas, pensadas para disfrutar de productos caseros y vinos al atardecer, cuando la cordillera cambia de color y baja la temperatura.

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En el plano productivo, Andeluna se encuentra bajo la conducción de la familia Barale desde 2013, con una orientación que prioriza la identidad de origen y prácticas de responsabilidad ambiental. Gualtallary, como subregión, se ha consolidado en los últimos años como uno de los territorios más buscados por el turismo especializado, no solo por la calidad de sus vinos, sino por la combinación de altitud, suelos calcáreos y amplitud térmica, factores que también se traducen en el atractivo del paisaje.

El enoturismo desde la biodinámica y la calma

A diferencia del perfil de alta montaña de Gualtallary, Agrelo ofrece un paisaje más abierto, con fincas amplias y una relación histórica con la vitivinicultura. Allí, en la Finca Nuna -“alma” en quechua- se desarrolla la propuesta enoturística de Chakana, una bodega que basa su identidad en la agricultura orgánica y biodinámica y en una filosofía de trabajo asociada al concepto andino del Ayni, la reciprocidad.

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Para Chakana, el vino no se explica únicamente por la uva o el clima, sino por la interacción entre suelo, plantas, animales y personas. La finca funciona como un organismo: hay viñedos, olivos, huertas y animales, y cada componente cumple un rol en el equilibrio general. Este enfoque se traslada directamente a la experiencia del visitante, que no recorre solo una bodega, sino un sistema productivo en funcionamiento.

Las visitas incluyen caminatas por los viñedos, paso por el corral de animales, la sala de preparados biodinámicos y el área de elaboración, antes de llegar a la degustación. La propuesta busca que el visitante entienda cómo se traduce la biodinámica en decisiones concretas, desde el manejo del suelo hasta el momento de la cosecha.

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En materia de degustaciones, la bodega ofrece tres recorridos diferenciados, todos con visita guiada y cata de cuatro vinos. “Nuna Mía!” se enfoca en vinos jóvenes y expresivos de la finca, con un perfil fresco y frutado. “Los Singulares” propone explorar pequeñas parcelas que, con el tiempo, demostraron características propias, permitiendo comparar cómo cambian los vinos según microsectores del mismo viñedo. “Querido Malbec” recorre distintas fincas de la bodega para mostrar cómo se expresa la variedad insignia según el origen, la altura y el tipo de suelo.

La propuesta gastronómica mantiene la misma lógica de integración con el entorno. En “Chin Chin”, el visitante recibe una canasta, dos copas y bicicletas para recorrer la finca y elegir su propio lugar para brindar, en formato de picnic. En “Mesa Nuna”, el almuerzo se comparte alrededor del fuego, con vinos que acompañan una comida pensada para favorecer la conversación o el silencio, en un ambiente de casa abierta. “Mesa Ayni”, por su parte, incorpora vinos íconos y botellas magnum, con una experiencia que apunta a grupos reducidos y tiempos más prolongados.

Chakana trabaja además otras dos fincas -Ayni y Kuyay, en Altamira- que forman parte de su identidad productiva, aunque la experiencia turística se concentra en Finca Nuna. La bodega abre de lunes a viernes y los sábados por la mañana, siempre con reserva previa, lo que permite sostener un ritmo de visitas acorde al enfoque de calma y contacto directo con el entorno.

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Dos territorios, dos maneras de vivir el vino en verano

Aunque ambas propuestas se inscriben dentro del enoturismo mendocino, las diferencias entre Andeluna y Chakana reflejan la diversidad de enfoques que hoy conviven en la provincia. En Gualtallary, la experiencia se articula alrededor de la alta montaña, la arquitectura integrada al viñedo y la gastronomía de maridaje, con un fuerte protagonismo del paisaje como espectáculo natural. En Agrelo, el eje está puesto en la vida de la finca, los ciclos agrícolas y la idea de producción consciente, con recorridos más introspectivos y tiempos menos estructurados.

Para el visitante, esta variedad permite elegir no solo qué vinos probar, sino qué tipo de vínculo establecer con el territorio: desde la contemplación de la cordillera al atardecer hasta la caminata entre parcelas, animales y huertas; desde una cena en bodega hasta un picnic entre viñas.

En un contexto donde el turismo busca cada vez más experiencias auténticas y conectadas con el entorno, estas propuestas muestran cómo el vino puede ser una puerta de entrada a historias productivas, culturales y ambientales distintas, pero igualmente representativas de Mendoza. El verano se convierte así en una oportunidad privilegiada para recorrer bodegas no solo como espacios de degustación, sino como paisajes vivos donde el vino se entiende mejor cuando se lo camina, se lo observa y se lo comparte.