Vendimias cortas, Vendimias eternas: por qué la duración del acto central nunca fue un detalle menor
De funciones austeras a relatos escénicos extensos, la duración del acto central de la Vendimia reflejó crisis, bonanzas y transformaciones culturales.
Durante nueve décadas, la Fiesta Nacional de la Vendimia no solo cambió de guion, sino que también modificó su duración, un detalle que marcó profundamente la manera en que el público vivió cada edición. El tiempo del espectáculo fue, a lo largo de los años, una decisión artística y política a la vez.
Hubo Vendimias más breves, como las primeras ediciones de fines de los años treinta y cuarenta, y otras extensas, pensadas como relatos inmersivos que ocuparon la noche mendocina durante horas, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX. Esa oscilación nunca fue caprichosa, sino que respondió al contexto económico del país, al presupuesto disponible y a la ambición creativa de cada equipo artístico.
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La duración de los actos centrales en cada Vendimia:
En las primeras décadas posteriores a su institucionalización en 1936, el acto central se desarrolló en formatos mucho más acotados. Las crónicas de época describieron celebraciones concentradas en cuadros simbólicos, números folclóricos y momentos protocolares, sin un guion argumental continuo ni una duración extendida. El público asistió a funciones ágiles, donde el foco estuvo puesto en la cosecha y la coronación, con tiempos contenidos y una puesta sencilla acorde a la Mendoza de aquel momento.
El punto de inflexión llegó en 1963, con la consolidación del Teatro Griego Frank Romero Day como escenario central. A partir de entonces, la Vendimia se permitió crecer en duración y complejidad. Los guiones comenzaron a articular relatos más extensos, con escenas encadenadas, transiciones coreográficas y una estructura narrativa que exigió más tiempo en escena. El espectáculo dejó de ser una sucesión de cuadros para pensarse como un viaje simbólico desde el origen de la tierra hasta el vino como identidad cultural; una transformación que acompañó el crecimiento del evento como atractivo turístico y como marca de Mendoza hacia el país y el mundo.
La historia, sin embargo, también mostró el movimiento inverso. En contextos de crisis económicas, la duración volvió a achicarse. Un ejemplo es 2002, cuando, atravesada por la crisis nacional, la Vendimia no se realizó en el Frank Romero Day y adoptó un formato reducido, con menor despliegue escénico y un relato más sintético.
En otro extremo, 1956 quedó marcado como el año en que la fiesta directamente no se realizó, un caso límite que suele citarse para entender cómo el contexto político y económico condicionó incluso la existencia misma del espectáculo. En estos períodos, la Vendimia se volvió más austera, pero también más íntima al contar con menos escenas, elencos compactos y un tiempo narrativo ajustado que obligó a una mayor precisión en cuanto a lo simbólico.
En contraste, los años de mayor respaldo económico y apuesta artística permitieron que el reloj volviera a estirarse. Las Vendimias de las décadas de 1990 y 2000, en pleno auge turístico, fueron descritas por la prensa como espectáculos “monumentales”, con múltiples cuadros, transiciones largas y desarrollos musicales amplios. Un caso emblemático fue 2010, en el marco del Bicentenario, cuando el guion histórico se volvió más ambicioso y la duración del espectáculo acompañó esa intención épica, incluso con actividades que trascendieron el escenario mendocino.
Así, el tiempo del acto central funcionó como un reflejo fiel del momento histórico; más breve o más extenso, el espectáculo siempre tuvo que ver con su contexto y con la sensibilidad de cada época.




