Por qué la Vendimia del Bicentenario fue una de las más intensas de la década
Entre manifestaciones frente al palco oficial y un libreto poético que marcó diferencia, la Vendimia del 2010 dejó una huella en la historia mendocina.
La historia detrás de la Vendimia del Bicentenario.
Mendoza se preparó para celebrar la Vendimia del Bicentenario con todo. En 2010, la provincia se vistió de celebración patria, pero también arrastró tensiones internas que esperaron el escenario ideal para hacerse visibles. Como en otras oportunidades, los actos vendimiales se convirtieron en caja de resonancia de reclamos y realidades que excedieron lo artístico.
A eso, se sumó un golpe externo imposible de ignorar: el devastador terremoto y posterior tsunami que azotaron a Chile a fines de febrero obligaron a más de cuatro mil turistas trasandinos a modificar sus planes. La consecuencia fue una pérdida económica importante para Mendoza en plena temporada alta.
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El Carrusel, siempre el evento más convocante, fue también el más áspero. Apenas iniciado el desfile, el gobernador Celso Jaque enfrentó una situación compleja; un numeroso grupo de manifestantes integrado por trabajadores de ATE (Asociación de Trabajadores del Estado), junto a partidos de izquierda y ambientalistas, se plantó frente al palco oficial. Hubo gritos, cánticos e insultos con reclamos que mezclaron pedidos de mejoras salariales y condiciones laborales con críticas a la política minera.
Sin embargo, la Vendimia también desplegó su costado más glam, puesto que en el palco oficial se concentraron políticos y funcionarios provinciales y nacionales, junto a una invitada habitué de la fiesta: la actriz y conductora Mirtha Legrand, presencia recurrente en el calendario mendocino. En paralelo, un jurado eligió el mejor carro vendimial y el ganador fue Malargüe, distinguido por su calidad y diseño, con un premio de quince mil pesos.
El acto central llevó por nombre “Cantos de Vino y Libertad”. El texto fue escrito por el actor y autor Aristides Vargas, con puesta y dirección general de Vilma Rúpolo. El arquitecto Luis Gattás diseñó el escenario, mientras el artista plástico Eduardo González creó las cajas lumínicas. La dirección musical estuvo a cargo de Oscar Puebla; Enzo de Lucca asumió la coreografía y Guillermo Troncoso la dirección actoral. La utilería fue responsabilidad del arquitecto Damián Belot y el vestuario quedó en manos de Leonardo Peralta y Joana Ortega.
El libreto marcó una diferencia con guiones anteriores, y es que cualquier espectador pudo emocionarse y captar la verdadera esencia del espectáculo incluso sin abrir los ojos. Los recursos técnicos quedaron en segundo plano porque fue la poética, la manera de hilar las palabras, lo que caló hondo. La puesta evocó aquellas coloridas fiestas de Abelardo Vázquez y aprovechó al máximo el marco natural de los cerros, donde se montaron escenarios que ampliaron la dimensión del relato.
La utilería brilló con caballos gigantes que narraron la historia, miriñaques coloniales sobredimensionados, carruajes y rostros huarpes que emergieron como símbolos. El espejo de agua volvió a sorprender; las acrobacias arriesgaron; las tradicionales cajas lumínicas cedieron protagonismo frente a pantallas Led; y las canciones propias dieron una identidad sonora renovada.
En la elección final, María Flor Destefanis, representante de Santa Rosa, fue coronada Reina Nacional de la Vendimia. Tamara Otero, de Junín, fue elegida Virreina.





