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La Pichona y una entrevista que emociona: 93 años, sigue atendiendo su panadería y vende una delicia sin igual

Si, tiene 93 años y sigue al frente de la histórica panadería de Las Heras que lleva su apodo: La Pichona. Atravesó crisis económicas, un terremoto y pérdidas familiares, pero nunca bajó la persiana. “En Confianza”, habla de esfuerzo, libertad y de la certeza de que nada de lo que perdura se construye de un día para el otro.


Hay lugares que terminan siendo mucho más que un lugar. Se vuelven parte de la memoria de una ciudad, de sus aromas, de sus encuentros y de esas pequeñas costumbres que pasan de padres a hijos. En Las Heras, la panadería San Martín —para todos, simplemente La Pichona — es uno de esos lugares.

Pero si hay algo que hace verdaderamente especial a esta antigua confitería no está solamente en su horno a leña, en sus famosas palmeritas, en sus empanadas o en las recetas de origen libanés que sobreviven al paso del tiempo. Está detrás del mostrador. Está en una mujer que, con 93 años, todavía se pone el delantal, ordena una mesa, recibe a un cliente, saluda a un proveedor, revisa los papeles del banco y, cuando tiene ganas, vuelve a meterse en la cocina.

Georgina Medaura de Romero es La Pichona. Y La Pichona es, desde hace décadas, parte de la historia de Las Heras.

Al entrar a su panadería, primero aparece el aroma. Después, el ambiente cálido. Y enseguida ella. Pequeña, vital, sonriente, con una energía que parece desafiar al calendario. La misma mujer que comenzó a ayudar a sus padres cuando todavía era una niña y que, en los años 60, pasó de jugar entre los pasillos del negocio familiar a atender a los clientes y aprender a hacer el pan.

Desde entonces pasó de todo.

Pasaron gobiernos, crisis económicas, generaciones de clientes y momentos de prosperidad y de incertidumbre. Pasó también el terremoto de 1985, que dejó al edificio seriamente dañado y obligó a la familia a reconstruir buena parte de lo que había levantado con esfuerzo. Murió su madre. Hubo épocas en las que el negocio estuvo al borde de desaparecer. Y, sin embargo, la puerta siguió abriéndose cada mañana.

La panadería nunca cerró.

Quizás por eso, cuando se le pregunta cómo se hace para sostener durante más de siete décadas una empresa familiar, una vocación y una forma de vida, Georgina no necesita elaborar una respuesta demasiado larga. La resume en una frase que parece sencilla, pero que contiene buena parte de su historia:

“La receta es la fe y la perseverancia”.

Hay algo profundamente conmovedor en verla trabajar a esta edad. No porque su edad sea una rareza ni porque haya que convertir la vejez en una hazaña, sino porque en su caso el trabajo sigue siendo una elección, una fuente de identidad, de independencia y de realización personal.

La Pichona sigue recibiendo a sus clientes, todos los días, en la panadería.

Georgina pertenece a una generación que aprendió que las cosas se construyen de a poco. Que detrás de cada logro hay horas de trabajo. Que una crisis no necesariamente significa el final. Que cuando algo no funciona hay que volver a intentar. Y que para salir adelante, además de tener un sueño, hay que estar dispuesto a trabajar por él.

Hija de inmigrantes libaneses, lleva también en su historia familiar una tradición de esfuerzo, hospitalidad y encuentro alrededor de la mesa. El Líbano está presente en los sabores de la panadería, en sus comidas y postres árabes y en esas recetas que se mantienen como parte de una identidad que Georgina nunca dejó de reivindicar.

Pero quizá su legado más importante no esté en ninguna receta. Está en la manera de recibir a quien entra.

Para La Pichona, un cliente nunca fue simplemente alguien que compra algo y se va. Es una persona a la que hay que atender, escuchar, conversarle, ofrecerle, explicarle. Hacerla sentir cómoda. Recordarle, de algún modo, que detrás de un mostrador también hay un vínculo humano.

Es una enseñanza que parece elemental y que, sin embargo, adquiere otra dimensión cuando se escucha de alguien que lleva más de 70 años viendo entrar personas por la misma puerta.

También está allí su idea sobre el trabajo de las mujeres. Georgina tuvo seis hijos, construyó una familia, trabajó durante toda su vida y encontró en el trabajo una forma de libertad. Nunca aceptó que ser mujer fuera una razón para resignarse o correrse a un segundo plano. Para ella, esa libertad no se declama: se construye en los actos cotidianos.

Y quizás eso explique por qué, después de tantos años, sigue estando allí. Porque La Pichona no habla del trabajo como sacrificio. Habla del trabajo como una forma de dignidad. Como una manera de sentirse útil, de mantenerse de pie, de cuidar lo construido y de dejarles algo a los que vienen detrás.

En tiempos en los que todo parece suceder demasiado rápido, Georgina representa otra velocidad. La de las cosas hechas a mano. La de las recetas que se conservan. La del cliente que entra y merece unos minutos de atención. La de quien sabe que una reputación no se construye en un día y que tampoco se sostiene sin esfuerzo.

Su panadería ha visto pasar la historia. Pero ella también la ha visto pasar desde el mismo lugar: detrás del mostrador.

Y todavía está allí. Con el delantal puesto, el café servido, las palmeritas sobre la mesa y esa sonrisa que parece decir que, mientras haya ganas, siempre se puede volver a empezar.

En el siguiente video podés ver la charla completa con La Pichona. Y si te gusta leer... ¡podés seguir haciendo scrol, porque está transcripta!

Es momento de la entrevista. Hoy, cuando muchos imaginan la jubilación como una frontera definitiva con el mundo del trabajo, yo me siento a charlar con una mujer de 93 años que continúa poniéndose el delantal, atendiendo a los clientes, ocupándose de cuestiones administrativas y, cuando puede, participando también de la producción de una panadería... y con la misma disposición con la que comenzó cuando era una niña.

— ¡Qué lindo saludarla y que podamos charlar un rato! Cuénteme: ¿de dónde viene ese nombre que terminó siendo mucho más famoso que Georgina: La Pichona?

—Me lo puso mi papá cuando era chica. Era muy cariñoso conmigo. Me tenía alzada, yo era chiquita, y en esa época se usaban mucho los apodos. Me puso Pichona y me quedó para siempre. Hoy vienen chicos de 10 años y me preguntan por qué me pusieron así. Ya casi nadie me dice Georgina.

—Tus padres fueron inmigrantes libaneses. ¿Qué historia hay detrás de ellos?

—Mis padres eran inmigrantes libaneses, y toda mi familia, tanto de parte de mi mamá como de mi papá, era libanesa. Mi papá primero se instaló en San Rafael. Después vino a Las Heras a visitar a un tío y acá conoció a mi mamá. Mi abuelo tenía una bomba de nafta y mi papá se detuvo ahí. La conoció, se enamoró a primera vista, regresó a San Rafael y bien rápido se volvió a Mendoza para casarse.

—¿Qué aprendiste de tus padres sobre el trabajo?

—Mi papá tenía un almacén de ramos generales y era muy conocido en Las Heras porque le gustaba ayudar a las personas y también a la municipalidad. Los libaneses generalmente se dedicaban al comercio. Yo creo que de ellos aprendimos mucho eso de trabajar, de ayudar, de estar cerca de la gente.

Una carretela de Confitería San Martín, con ls que repartian pan. Foto: gentileza.

—¿Y cómo termina esa familia llegando a una panadería si tus padres no eran panaderos?

—Mi papá conoció este lugar cuando era una panadería antigua, de esas de antes, con una construcción de adobe. Con decirte que en la puerta del horno a leña figura el año 1890. Y bueno... y se animó. Nosotros llegamos sin saber nada de panadería. Empezamos haciendo solamente pan. Después mi mamá aprendió a hacer facturas porque le gustaba mucho cocinar y era muy prolija. Después vinieron las tortitas, las medialunas y, más adelante, las palmeritas.

—Vos eras la mayor de las hermanas. ¿Sentiste alguna vez que tenías que quedarte al frente?

—Cuando murió mi padre, se hizo la herencia y la parte comercial mi mamá me la dejó a mí. ¿Por qué? Porque yo era la mayor, como si hubiera sido un varón: era la que tenía que estar con ella, ayudar y trabajar. Pero no lo hice de mala gana, porque a mí me gustaba el comercio. Fui a la Escuela de Comercio y eso me ayudó muchísimo.

—¿Alguna vez pensaste que tu vida podría haber sido completamente distinta?

—Sí. Me gustaba mucho la contabilidad y podría haber estudiado en la Universidad, como mis hermanas. Pero me quedé trabajando con mis padres. Después me enamoré y me casé muy joven, a los 23 años.

Georgina Medaura: La Pichona. Foto: Gentileza.

—¿Cuándo te diste cuenta de que la panadería ya no era solamente un negocio familiar, sino un lugar importante para la gente?

—Cuando empezamos a hacer empanadas. En aquella época en Mendoza ninguna confitería o panadería hacía empanadas. Mi mamá, aunque era libanesa, se las arreglaba para hacer de todo en la cocina. Empezamos con las empanadas y fue increíble la cantidad de gente que venía. Los domingos llegábamos a tener cientos de clientes y para las fiestas hacíamos miles.

—Y todo eso sin publicidad.

—No había publicidad. La publicidad era el boca en boca. La gente venía, probaba y después recomendaba. Así fue como fuimos creciendo. Y de golpe, después se produjo la locura de las palmeritas.

—Entonces el primer gran éxito de La Pichona no fueron las palmeritas.

—No. Primero fueron las empanadas. Después empezaron las palmeritas, porque nadie las hacía como nosotros.

Las palmeritas de la Pichona: irresistibles.

—¿Cuál es el secreto de esas palmeritas que terminaron convirtiéndose en una marca de la casa?

—La manteca, principalmente. Hay que mantener la calidad. Si esto lleva manteca y le ponés margarina para abaratar costos, ya no son las verdaderas palmeritas. También importa la forma de hacer la masa, cómo se cortan y cómo se cocinan. Las nuestras se cortan a mano, se cocinan en el horno y se dan vuelta una por una.

—La panadería atravesó momentos muy difíciles. ¿Cuál recordás especialmente?

—Sí, hubo épocas muy difíciles. En los años 50 mi papá tuvo problemas económicos y entró en convocatoria de acreedores. Pero la gente lo ayudó. Y después estuvo el terremoto de 1985, que nos destruyó buena parte del edificio. Tuvimos que reconstruir.

—Sin embargo, nunca cerraron.

—No. Nunca cerramos.

Cuando el terremoto tiró la panaderia abajo, quedó en pie el horno a leña. Foto: Gentileza.

—Hay algo muy particular en tu historia: muchas cosas que empezaron hace décadas todavía las siguen haciendo las mismas personas o personas que aprendieron de ellas.

—Sí. Tenemos un confitero que llegó acá siendo adolescente. El primero que hacía las palmeritas le enseñó y después él aprendió. Hace alrededor de 40 años que viene a hacerlas. Es una continuidad.

—¿Te acordás de alguna situación particularmente insólita de todos estos años?

—En 1985, cuando empezamos a reconstruir después del terremoto, hubo un congreso en Mendoza. Como ya nos conocían por las empanadas, nos recomendaron y vino una persona de Rosario. En una semana hicimos 20 mil empanadas. Éramos varios trabajando y cada uno tenía una función. Llegamos a hacer mil empanadas en una hora.

—Me enteré que las palmeritas llegaron muy lejos... Incluso al Vaticano. ¡Contame por favor cómo ocurrió!

—Nosotros acostumbrábamos mandar algunas palmeritas a distintas instituciones. Un día se me ocurrió preguntarle al arzobispo de Mendoza si podía llevarle unas al Papa Francisco. Me dijo que sí, preparé una caja con una carta y se las llevó. Dicen que el Papa las convidó a varios. Después volvimos a mandar y, según me contó, el Papa se las guardó para él porque ya le habían gustado. Más adelante también llegaron al Papa León XIV y recibí una carta agradeciendo las palmeritas. Fue algo impresionante.

Definitivamente, el producto más icónico de esta panadería lasherina.

—Después de tantos años detrás de un mostrador, ¿qué aprendiste sobre cómo hay que tratar a una persona que entra a un negocio?

—Aprendí que tiene que haber una relación muy importante con el cliente. Cuidar los vínculos, interesarse, mostrarse amable y cercano. Si vos no lo atendés, no le ofrecés, no le conversás un poquito, no le explicás qué tenés, estás perdiendo algo fundamental. Hay que decirle: “Mirá, nosotros tenemos estos productos”, y también preguntarle por su vida. Hay que atenderlo, estar con él.

—¿Y cuánto tiene que ver esa manera de atender con tus raíces libanesas?

—Mucho. Hace tiempo también empezamos a hacer comida libanesa y postres árabes. Y hemos tratado de mantener la misma calidad que tenemos con las palmeritas. La gente viene de distintos lugares de Mendoza a buscar nuestra comida.

¡Manos a la obra en la confitería San Martín!

—Si hoy tuvieras enfrente a un chico o una chica que quiere empezar un emprendimiento, ¿qué le dirías?

—Primero, que nunca se desanime. Después, que trate de mantener la calidad de los productos que utiliza. No hay que cambiar un ingrediente por otro solamente para abaratar costos si eso modifica el resultado. Y finalmente, que hay que tener una relación muy importante y cercana con el cliente. Hay que atenderlo, ofrecerle, conversar con él y explicarle lo que uno hace. Hay que saber de comercio, pero en realidad la palabra clave es hospitalidad.

—¿Y qué lugar ocupa la palabra perseverancia?

—Uno muy grande. Hay que seguir siempre. Hay que mantenerse firme, constante y enfocado en una meta a pesar de los obstáculos, los fracasos o el cansancio. Hay que tratar de continuar y hacer las cosas bien. No hay que abandonar nunca algo solo porque aparezca una dificultad. Por eso yo siempre digo que la mejor receta, es la unión de la fe con la perseverancia.

—¿Cuál es hoy la mayor satisfacción que te da este lugar?

—A pesar de haber vivido problemas, mi mayor satisfacción es poder dar testimonio de todo esto. Haber sido una persona honesta y trabajadora y no haber renunciado nunca a los valores y principios que me inculcaron. Creo que ahí está la clave para llegar a mi edad en estas condiciones.

Una foto más de La Pichona y sus épicas palmeritas.

—Después de una vida tan larga, ¿hay algo que hayas aprendido y que hoy consideres especialmente importante?

—Si: que a esta edad hay que vencer cualquier tipo de rencor. Superar los resentimientos. Y hay que vivir el minuto a minuto como si fuera el último.

—¿Te imaginás la panadería sin vos?

—Yo ya puse mis cimientos. Si es para el bien de la familia, ojalá siga mi hija Gabriela con la panadería. Pero si es para malograr su vida, prefiero que la cierren.

—¿Qué tendría que pasar para que un negocio familiar realmente continúe?

—Los hijos tienen que ver, vivir, disfrutar y sufrir por igual lo que significa mantener una empresa. Si las cosas les vienen de arriba, seguro que al día siguiente de que muere el fundador, la empresa desaparece.

Me vuelvo de esta panadería lasherina pensando que a esta altura de su vida, Georgina no necesita demostrar nada. Sin embargo, cada día vuelve a hacerlo: se pone el delantal, se para detrás del mostrador y recibe a quien entra.

Quizás allí esté la verdadera enseñanza de La Pichona. No en haber conseguido atravesar más de siete décadas de historia, ni en haber convertido unas palmeritas en una marca reconocida por generaciones de mendocinos. Está en algo más simple y, justamente por eso, más profundo: seguir haciendo. Seguir intentando. Seguir trabajando. Y hacerlo sin perder el respeto y la simpatía por el otro.

Porque para Georgina, trabajar nunca fue solamente ganarse la vida. Fue también una manera de vivirla.

Quizás esa sea la última y más profunda enseñanza de La Pichona: nada de lo que perdura se construye de un día para otro. Hay que insistir cuando las cosas salen mal, volver a empezar cuando hace falta, cuidar lo que se hace, respetar a quien llega y entender que el trabajo también es una forma de dejar una huella.

Georgina sigue allí. En Las Heras, detrás del mostrador, entre el aroma del pan, las empanadas, los postres árabes y esas palmeritas que se hicieron famosas mucho más allá de Mendoza. Con más de 90 años, continúa haciendo algo que aprendió cuando era apenas una niña: abrir las puertas, trabajar y recibir a quien entra como si fuera alguien que merece, antes que nada, una buena bienvenida.