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La élite del vino, esa que empuja a los consumidores hacia afuera

El mito del "derrame" en el vino argentino falló. Obsesionada con la alta gama y el lujo, la industria se desconectó del consumidor real.


El vino argentino, nos dijeron, debía seguir el camino de la alta gama europea, adoptar sus modales, sus etiquetas prohibitivas y sus conceptos elitistas.

Hoy, al hacer un balance de esa estrategia, la realidad es tozuda: el derrame nunca ocurrió. O mejor dicho, lo que ocurrió fue un efecto rebote que nos terminó dejando, a muchos, fuera de juego.

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Copas vacías, la imagen más dura para el vino argentino.

La vitivinicultura nacional se dejó encandilar por las luces de los cien puntos, los puntajes astronómicos y la obsesión por el fine dining. Empezamos a hablar un idioma que el consumidor de a pie —ese que sostenía las ventas en el día a día— dejó de comprender. Mientras las bodegas se disputaban el favor de los grandes gurúes internacionales, emulando estructuras de lujo que poco tienen que ver con nuestra idiosincrasia, la brecha entre el vino y el ciudadano común se hizo un abismo.

La desconexión del vino con sus consumidores

El problema de fondo es la desconexión. Al centrarse casi exclusivamente en la alta gama, la industria descuidó la base del consumo. Se intentó imponer un modelo de consumo europeo en un país con una realidad económica y cultural propia. Se puso el foco en la exclusividad, cuando el vino, en su esencia, debería ser el compañero de nuestra mesa.

El resultado está a la vista: una oferta de lujo que languidece esperando un cliente que escasea, y un consumidor que, al no encontrar propuestas honestas, accesibles y, sobre todo, empáticas, simplemente eligió dejar de beber vino o buscar alternativas en otras bebidas que sí supieron interpretar sus necesidades.

La élite, en su afán de escalar, terminó empujando hacia abajo, pero no para elevar el nivel, sino para expulsar al mercado masivo. La lógica del derrame falló porque el vino no se mueve por gravedad, sino por cercanía. Si el sector sigue obsesionado con la punta de la pirámide, corre el riesgo de convertir al vino argentino en un objeto de museo: algo que todos admiramos en una vitrina, pero que cada vez menos gente se atreve a descorchar.

Es hora de volver a mirar hacia adentro. La vitivinicultura argentina necesita recuperar la frescura y la honestidad que la hicieron grande. Necesitamos menos soberbia de etiqueta y más coherencia con el bolsillo y el estilo de vida de los consumidores. De lo contrario, esa élite que hoy se siente cómoda en la cima, terminará reinando en un desierto de botellas sin abrir.