Jazmín Marturet: la cocinera que convirtió su historia, sus viajes y la cocina de todos los días en un libro
Jazmín, reconocida por la Guía Michelin con un Bib Gourmand por su trabajo al frente de MN Santa Inés, presentó Comida Fusión Popular, su primer libro. Una obra que recorre su historia personal y profesional y reúne recetas atravesadas por los recuerdos, los viajes, las especias y una idea tan sencilla como poderosa: la comida es, ante todo, una forma de compartir.
Jazmín Marturet, una cocinera diferente, un libro de cocina distinto. Foto: Maru Mena.
Hay cocineros que construyen su identidad a partir de una técnica, una escuela o una tradición. Y hay otros que parecen cocinar con todo lo que les pasó. Jazmín Marturet pertenece a este último grupo. En su cocina conviven las recetas de sus abuelas, los sabores que descubrió viajando, las influencias de distintas culturas y una manera muy argentina de entender la mesa: reunirse, comer, conversar y hacer lugar para todos.
Esa historia acaba de convertirse en libro. Hace pocos días, en la tradicional librería mendocina García Santos, Marturet presentó Comida Fusión Popular, su primera publicación, editada por Grupal dentro de la colección Huevos al Plato. La presentación formó parte del capítulo Cuyo de una gira federal que busca llevar el libro por distintas regiones del país y, al mismo tiempo, ponerlo en diálogo con cocineros, productores y referentes gastronómicos de cada territorio.
El libro reúne su historia, su recorrido profesional y varias recetas que sintetizan su particular manera de cocinar. Hay cocina hogareña, sabores americanos, asiáticos y europeos, especias, picante, memoria y mucha intuición. La publicación cuenta además con un texto de Narda Lepes y testimonios de colegas y periodistas especializados que ayudan a mirar la trayectoria de Marturet y su lugar dentro de la nueva gastronomía argentina. La edición es de tapa dura, a color, y tiene 240 páginas.
Una cocinera que aprendió haciendo
Antes de que su nombre quedara asociado a MN Santa Inés, ese singular restaurante escondido en la llamada “isla” de La Paternal, Marturet construyó su carrera desde abajo y a fuerza de trabajo. Estudió en el Instituto Argentino de Gastronomía y pasó por diferentes tareas vinculadas con la cocina: fue camarera, ayudante, organizó servicios, preparó viandas y comida congelada y, durante años, desarrolló un importante servicio de catering.
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También viajó y trabajó en distintos lugares, acumulando experiencias que después terminarían apareciendo, de una manera u otra, en sus platos. Antes de tener un restaurante propio llegó a ocuparse del catering de grandes eventos e incluso de bandas musicales, incluyendo los primeros Lollapalooza realizados en Argentina.
Su camino, sin embargo, no estuvo marcado por una gran inversión inicial ni por una estructura empresarial detrás. Más bien ocurrió lo contrario. Jazmín aprendió a resolver, a administrar recursos y a construir proyectos con lo que tenía a mano.
En 2017 decidió que quería dar el paso hacia un restó. Tenía una gran cocina de catering, pero estaba lejos de la Ciudad de Buenos Aires y no conseguía habilitarla como restaurante. Entonces empezó a buscar otro lugar. Y encontró una antigua panadería abandonada en La Paternal.
El lugar era enorme: unos 650 metros cuadrados, con humedad, habitaciones, depósitos y un gigantesco horno de panadería en el centro. La casa había quedado prácticamente detenida en el tiempo. Y todos le decían lo mismo: que era demasiado, que era una locura.
Ella decidió hacerlo igual.
La transformación llevó meses. Con su padre, al que llama -ella y todos en el local- cariñosamente “El Capitán”, hicieron buena parte de los trabajos. Él, un artista y habilidoso con la carpintería y la soldadora, se convirtió en una pieza fundamental de aquella aventura. Pintaron, arreglaron, soldaron, construyeron, derribaron paredes y transformaron espacios.
“Mi viejo me dijo: ‘Jazmín, esto es una locura’. Yo le dije: ‘Pero se puede’”, recuerda.
La frase resume bastante bien una manera de encarar la vida.
El antiguo local conservó su nombre: Santa Inés. Al principio, Marturet dudaba. Le parecía demasiado solemne para un proyecto que tenía una estética artística, bohemia y descontracturada. Fue su abuela Diana quien le dio la respuesta definitiva: “Al barco no se le cambia el nombre”.
Y así fue.
Hoy MN Santa Inés funciona en aquella antigua panadería y conserva buena parte de su historia: el viejo horno, objetos de época y diferentes elementos que fueron recuperados para construir un espacio que parece más una casa habitada que un restaurante convencional. La propia Guía Michelin destaca precisamente ese carácter bohemio, el antiguo horno a la vista, las mesas recuperadas y los objetos vintage que forman parte del lugar.
“Somos como los guardianes del horno y del nombre”, dice Jazmín.
No es una frase menor. Porque buena parte de su cocina parece construirse desde ese mismo lugar: tomar algo que ya existe, respetarlo y transformarlo sin borrar su historia.
De una panadería de barrio a un restaurante Michelin
MN Santa Inés abrió sus puertas en 2019 y, con el tiempo, se convirtió en uno de los espacios gastronómicos más singulares de Buenos Aires. La pandemia fue un momento decisivo para el proyecto, que logró sostenerse en buena medida gracias a la relación que ya había construido con los vecinos del barrio.
La propuesta de Marturet tampoco responde a una fórmula rígida. Su carta cambia con frecuencia y puede pasar de una pasta de inspiración italiana a un plato con sabores asiáticos, de una preparación criolla a una receta vegetariana o vegana. El picante y las especias aparecen como parte de su sello personal. La propia Guía Michelin describe su cocina como actual, ecléctica y de fusión, atravesada por los sabores descubiertos durante sus viajes.
Ese recorrido fue reconocido con la distinción Bib Gourmand de la Guía Michelin en 2025 y nuevamente en 2026, una categoría que distingue restaurantes por ofrecer una muy buena relación entre calidad y precio.
Pero si algo deja claro Comida Fusión Popular es que el reconocimiento no constituye el punto de partida de la historia de Jazmín. Es, en todo caso, una consecuencia de un camino mucho más largo.
¿Por qué “Comida Fusión Popular”?
El título del libro funciona casi como una declaración de principios.
“Comida” porque, sencillamente, se trata de comida. “Fusión” porque su cocina nace del encuentro entre distintas culturas, pero también porque la propia identidad argentina es una enorme mezcla de historias, familias, inmigraciones y costumbres.
Marturet evita la idea de una fusión entendida como mezclar indiscriminadamente ingredientes de distintos lugares en un mismo plato. Para ella, el respeto por las culturas y sus tradiciones es fundamental. La verdadera fusión ocurre, muchas veces, de una manera mucho más natural.
Porque cada familia argentina tiene su propia combinación de influencias. Hay abuelos italianos, españoles, turcos, judíos, árabes, criollos. Hay recetas que llegaron de otros países y terminaron transformándose en algo propio. Hay empanadas que se comen con azúcar y otras que jamás llevarían ese acompañamiento. Hay formas distintas de preparar un mismo plato según la casa.
“Nosotros mismos como argentinos estamos muy fusionados”, explica.
Y allí aparece la palabra del título que quizás es la más importante: popular.
Para Jazmín, la comida no debería convertirse en un territorio reservado para unos pocos. "Todos tienen que comer, y para todos tiene que haber". La cocina puede ser sofisticada, creativa y técnicamente compleja, pero no tiene por qué perder su capacidad de reunir.
“Pienso que la comida es compartir y que es para todos”, sostiene.
Esa frase podría funcionar, incluso, como la síntesis de todo el libro.
Cocinar a pulmón
Hay algo curioso en Comida Fusión Popular: por su estética, por la calidad de sus fotografías y por la cuidada edición, podría parecer el resultado de un proyecto construido con una gran inversión. La historia que cuenta Jazmín es bastante diferente.
“Mi vida ha sido a pulmón”, reconoce.
Cuando comenzó a levantar MN Santa Inés, buena parte del equipamiento provenía de su etapa de catering. Lo demás se fue resolviendo. Su padre construyó y reparó. Llegaron albañiles para algunos trabajos específicos. Ellos mismos pintaron, soldaron y transformaron espacios.
Esa lógica también está presente en su cocina.
Marturet reivindica el trabajo manual. No porque desconozca las ventajas de la tecnología o porque no pueda acceder a equipamiento profesional, sino porque considera que primero hay que aprender a cocinar. Una arrocera puede hacer un buen arroz, explica, pero si un cocinero no sabe hacerlo en una olla común, el conocimiento está incompleto.
Por eso todavía hay muchas cosas que en su cocina se hacen a mano. “Las cosas se hacen con tiempo y a mano”, dice. Hay en esa frase una defensa de cierta cocina que parece estar desapareciendo: la de la paciencia, la del aprendizaje por repetición, la de entender qué sucede con un producto antes de delegar el proceso en una máquina.
El padre, el equipo y la comunidad
En la historia de Jazmín también aparecen las personas.
Su padre ocupa un lugar central. Fue quien la acompañó durante la construcción de MN Santa Inés y quien continúa vinculado al espacio. Pero también está el equipo que trabaja con ella y, especialmente, una comunidad de clientes que fue creciendo alrededor del restaurante.
Jaz -ya a esta altura de la nota, es Jaz- habla de compartir el éxito con quienes trabajan todos los días a su lado. Pasar tantas horas juntos, atravesar problemas, resolver servicios y sostener un restaurante termina generando vínculos que exceden lo estrictamente laboral. Y eso se traslada al salón.
Su padre conoce a los clientes, sus historias y hasta los acontecimientos familiares. Sabe quién está embarazada, quién tuvo un hijo, quién volvió después de un tiempo. Recibe fotos de bebés recién nacidos. El restaurante, poco a poco, se convirtió también en una pequeña comunidad.
Quizás allí esté una de las claves para entender por qué la palabra “popular” tiene tanto peso en el título del libro. No se trata solamente de precios o de recetas sencillas. Se trata de pertenencia. De sentir que una mesa puede ser propia. De entender que un restaurante puede ser mucho más que un lugar donde se sirven platos.
Un libro que cuenta una vida a través de la comida
La gira de presentación de Comida Fusión Popular comenzó el 27 de julio en Buenos Aires, en MN Santa Inés, y continuará por distintas regiones del país. Después de Mendoza, el recorrido llegará a Córdoba, Bariloche y Mar del Plata, con encuentros que combinarán el libro con cocineros, productores, bodegas y referentes gastronómicos locales.
En ese sentido, el formato de la gira tiene bastante de la propia filosofía de Marturet: viajar, encontrarse, cocinar, conocer territorios y descubrir qué sucede cuando distintas historias se sientan alrededor de una misma mesa.
Porque Comida Fusión Popular no parece querer ser solamente un recetario.
Es la historia de una cocinera que empezó trabajando con lo que tenía, que armó un catering, que buscó un lugar para abrir un restaurante y terminó enamorándose de una vieja panadería abandonada. La historia de una mujer que decidió conservar un horno que podría haber sido demolido, mantener un nombre que al principio no la convencía y convertir aquel espacio en una casa gastronómica.
También es la historia de una familia, de un padre que ayudó a levantar paredes y construir muebles, de un equipo que creció junto al proyecto y de una comunidad de clientes que terminó haciendo propio el restaurante.
Y, por encima de todo, es la historia de una manera de cocinar.
Una cocina que mira al mundo pero vuelve siempre a casa. Que puede usar especias, picante y sabores del Sudeste Asiático sin dejar de lado una receta de abuela. Que entiende que viajar también es una forma de aprender. Y que sostiene una idea que, en tiempos de tanta sofisticación gastronómica, resulta sorprendentemente sencilla: cocinar es dar de comer, pero también es invitar a compartir la vida alrededor de una mesa.