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El pueblo de Córdoba que es ideal para un fin de semana de calma total

A una hora de la capital, en el Valle de Calamuchita, un pueblo con calles empedradas, balneario en el arroyo y museo histórico para bajar un cambio.


Mañanas silenciosas, calles casi desiertas y paisajes rurales con arroyos y pequeños espejos de agua: los pueblos cordobeses son un imán para quien busca descanso. A poco más de una hora de viaje, a unos 115 km desde la ciudad de Córdoba, existe un pueblo que es perfecto para desconectar. Se trata de Amboy.

En pleno Valle de Calamuchita, sobre la RP 23 y al pie de las Sierras Grandes, Amboy conserva el pulso de otro tiempo. Fachadas de adobe, viejos almacenes y calles empedradas sostienen una tranquilidad que sus vecinos describen como “magia”: la que dejaron los antiguos comechingones, la que despliega la naturaleza y la de quienes nacieron aquí e hicieron de este rincón del sur cordobés un sitio especial.

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Amboy es uno de los pueblos históricos de Córdoba.

Qué hacer en este pueblo

El arroyo y el balneario de Amboy marcan el plan del verano: agua mansa para refrescarse y, a pasos de la ribera, mesas y asadores para coronar la jornada con un asado bajo la sombra. Más allá del caserío, el murmullo del agua se mezcla con el canto de los pájaros y los aromas del monte. Desde la localidad también se accede al embalse Cerro Pelado, ideal para buceo y actividades náuticas, y se pueden encarar caminatas cortas hacia una caverna cercana.

Un angosto sendero invita a ir más lejos: despierta la curiosidad y, al final, sorprende con un alero de pinturas rupestres y morteros tallados en piedra, legado tangible de los comechingones que habitaron estas sierras.

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Córdoba enamora con sus pequeños pueblos.

Huellas de historia (y esa “magia” que todos mencionan)

Amboy guarda una historia mayor a su tamaño. Aquí nació en 1800 Dalmacio Vélez Sarsfield, autor del Código Civil argentino de 1869. El Museo Histórico Regional que lleva su nombre reúne documentos y objetos para recorrer su vida pública y privada. A pocos metros, la capilla San José —patrono del pueblo— resguarda recuerdos desde 1885; su construcción demandó más de una década y, según la tradición local, fue levantada por una sola persona.

Entre historia viva y naturaleza cercana, Amboy se deja envolver por la luz de cada estación: colores de otoño, brillos de verano, verde de primavera y cielos limpios de invierno. Es un pueblo pequeño que lo tiene todo para bajar un cambio y, simplemente, ser feliz.