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El desierto de sal de San Luis que vale la pena conocer y que está muy cerca de Mendoza

No todo el turismo se trata de recorrer pueblos históricos o descansar en playas. En San Luis existe un paisaje completamente distinto.


El turismo muchas veces se asocia a recorrer ciudades antiguas, visitar pueblos coloniales o pasar días en playas de arena. Sin embargo, también existe otra forma de viajar: descubrir lugares poco comunes, paisajes que parecen irreales y escenarios naturales que sorprenden por su singularidad. Uno de esos sitios se encuentra en el centro del país. Se trata de las Salinas del Bebedero, un enorme salar ubicado en el centro-oeste de San Luis, a poco más de 40 kilómetros de la capital provincial y relativamente cerca de Mendoza. El lugar se presenta como un desierto blanco que rompe con la idea tradicional de destino turístico.

Las salinas se formaron en una depresión tectónica originada durante la era Cenozoica. Durante miles de años, esta zona albergó una gran laguna conocida como la Laguna del Bebedero, que llegó a tener más de 25 metros de profundidad durante períodos climáticos antiguos.

A fines del siglo XIX el paisaje era muy diferente. La laguna tenía aguas profundas, oleaje y una vegetación abundante en sus alrededores, además de fauna que aprovechaba el ecosistema acuático. Con el paso del tiempo, el río Bebedero dejó de aportar agua al lago y la evaporación comenzó a transformar el lugar.

Ese proceso natural dio origen a las actuales salinas. Con el descenso del nivel de agua y la evaporación constante, los minerales se fueron acumulando en la superficie hasta formar una enorme capa de sal. Hoy las Salinas del Bebedero ocupan unas 6.500 hectáreas, con un paisaje blanco que puede extenderse hasta 15 kilómetros de largo por cinco de ancho. Durante el invierno, la capa de sal puede alcanzar cerca de un metro de espesor, creando un escenario visual impactante que parece salido de otro planeta.

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La extracción de sal comenzó a principios del siglo XX con trabajadores conocidos como salineros.

Además del fenómeno natural, el lugar también tiene una fuerte historia industrial. La explotación de sal comenzó a principios del siglo XX, cuando los trabajadores conocidos como salineros realizaban la extracción manual utilizando palas y carretillas. En aquella época incluso existió un pequeño pueblo salinero en la zona. Contaba con iglesia, comisaría, escuela y una institución deportiva, reflejo de la importancia económica que tenía la actividad.

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El brillo de la sal y las montañas que rodean el salar convierten a las Salinas del Bebedero en un escenario visual único del centro argentino.

Actualmente el antiguo poblado se encuentra casi abandonado, aunque en el área todavía funcionan instalaciones vinculadas a la producción de sal. La empresa CIBA, conocida por la marca Dos Anclas, explota el yacimiento desde 1917 y produce sal gruesa, fina y extra fina para consumo doméstico. Hoy la extracción se realiza con maquinaria especializada y en temporadas específicas, cuando las condiciones climáticas permiten que se forme una costra de sal limpia sobre la superficie.

El paisaje es uno de los grandes atractivos para quienes visitan el lugar. Al atardecer, las montañas de sal pueden adquirir tonos rosados que contrastan con el blanco del salar y el cielo abierto de la región.

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El salar se formó a partir de la antigua Laguna del Bebedero que se secó con el paso del tiempo. En menos de 3 horas llegas a este fantástico sitio en San Luis.

Aunque el terreno pertenece a una propiedad privada, los responsables permiten el ingreso de turistas para recorrer el área y conocer el proceso de producción de sal, siempre respetando las zonas señalizadas debido a la inestabilidad de algunos sectores del terreno.

Llegar al lugar es relativamente sencillo. Desde la ciudad de San Luis se toma la Ruta Nacional 7 en dirección a Mendoza y luego la Ruta Provincial 15, que conduce directamente al ingreso de las salinas tras recorrer los últimos kilómetros pavimentados.

Las Salinas del Bebedero se presentan así como un destino distinto dentro del mapa turístico argentino. Un lugar donde naturaleza, historia e industria conviven en un paisaje que sorprende por su magnitud y su apariencia casi irreal.